miércoles, 23 de noviembre de 2016

Imágenes que inspiran #01

http://greg-opalinski.deviantart.com/art/MTG-Briarbridge-Patrol-597482166

El aire congelaba todo lo congelable. Los árboles, aparentemente secos, permanecían inmóviles en el mismo letargo invernal que permanecía todo. Sólo oía sus pasos apresurados sobre la nieve virgen y su respiración, que desprendía una bocanada de humo blanco con cada jadeo. Era dolorosamente consciente de que había bajado el ritmo, pero seguía dejándose el alma en ir lo más rápido posible. Krishta sentía el bosque pasar con rapidez por sus laterales, pero su vista estaba centrada en el punto más lejano que la niebla le dejaba alcanzar, casi deseando que mirar más lejos le hiciera ir más rápido. Se esperanzó al no oír nada más que sus botas desde hacía rato, hasta que crujió algo bajo su pie derecho. Pegó un grito cuando el cepo le agarró el tobillo y cayó de bruces al suelo, sin querer siquiera retorcerse de dolor por miedo a que se lo arrancara de cuajo. Apretó los dientes con fuerza sabiendo que eso era todo. Hasta ahí había llegado. La sangre caliente emergía de la herida, empapándole las pieles del pantalón y la bota, y le mantuvo el pie caliente por primera vez en meses. Rio para sí intentando mirarse el pie.

-Aun tendré que estar agradecida y todo…- masculló con un hilo de voz.

Los otros pasos no se hicieron esperar. Eran dos. Uno de cuatro patas, que olisqueaba la nieve y se movía con rapidez, con la certeza de que el rastro era el correcto. La otra era de dos patas. Sus pasos eran pesados y lentos. Sabía que aquello que perseguía no iba a llegar muy lejos. Primero apareció el de cuatro patas. El sabueso le llegaría a la cintura si Krishta estuviera de pie. Empezó a ladrar con fuerza sin llegar a acercarse a ella, quedándose a un par de metros de distancia. La dueña no se apresuró por alcanzarlo y el perro, frustrado, miraba hacia atrás continuamente, instándola a darse prisa. Cuando la vio aparecer, Krishta tragó saliva, sin querer mover un músculo para que el cepo no se moviera. Su perseguidora, Dorna, era una mole cubierta de pieles de animales, con el rostro de piel oscura y el pelo negro trenzado, que no parecía molestarle el frío lo suficiente para ponerse la capucha. Tenía la espada en la mano, bien preparada, para que el frío no le impidiera sacarla de la funda. Chistó al perro con suavidad y se quedó callado al instante, mirando a Krishta con curiosidad mientras jadeaba. La mujer le apuntó con la espada, clavándole los ojos negros con la suficiencia que la situación le regalaba. El rostro blanquecino de la muchacha destacaba entre las pieles marrones que la abrigaban, y sus mejillas y su nariz tenían un vivo tono rosado por el esfuerzo de la carrera.

-Te dije que era peor huir.- su voz tenía la oscuridad de su piel y la profundidad de sus ojos.

-Prefería intentarlo de todas formas.- le costaba alzar la voz y vencer el dolor que sentía en el pie.

-Te va a doler más. Vas a tener que volver andando. No pienso cargar contigo.

-Bueno, también puedo negarme.- se señaló el tobillo con un cabeceo. –Motivos no me faltan.

Dorna se acercó con un suspiro, ladeando una sonrisa. A pesar de todo, apreciaba esa cara dura y esa actitud desafiante que siempre había tenido, incluso cuando las circunstancias confabulaban más en su contra. Dejó la espada en la nieve y le abrió el cepo apretando la mandíbula por el esfuerzo.

-Ponte de pie.- ordenó haciendo ella lo propio después de volver a coger su arma. Haberla liberado la intranquilizó y se mantuvo más alerta.

Krishta alargó una mano para que la ayudara y Dorna respondió alejándose medio paso y volviéndole a apuntar con el arma.

-Te he visto sacar fuerzas en situaciones peores.

Era lo malo de que el enemigo te conociera demasiado. Krishta hizo una mueca de fastidio y se puso en pie de un impulso.

-¡Joder, qué daño!- espetó con un gruñido.

Dorna esperó paciente a que se repusiera del dolor y se hizo a un lado sin dejar de apuntarle con la espada, dándole paso para que empezara a caminar. Kirshta se demoró un segundo, mirando a su alrededor, y se cogió a un árbol joven que crecía junto a ella. Tenía grosor perfecto para un bastón y la altura idónea para dos. Dorna resopló poniendo los ojos en blanco y se acercó al árbol. Llamó al perro y le dijo una frase en un idioma que Krishta no entendía. El sabueso movió la cola y se colocó entre Dorna y Krishta, ladrando a la muchacha para que retrocediera. Krishta reculó a la pata coja y, cuando el sabueso consideró que la distancia era la correcta, se calló y se quedó mirándola con el cuerpo tenso y la cola dando tumbos de un lado a otro. Dorna había sacado una pequeña hacha y cortaba el árbol joven con facilidad bajo la atenta mirada de la muchacha. Cuando Krishta dio un pequeño salto para recolocar la postura, el perro ladró con los belfos retraídos.

-No te muevas, niña. A Kaneel le da igual que te duela el pie.- le advirtió Dorna, acabando de hacer una muleta con el tronco y algo de cuerda.

-Ya que estás, podrías hacerme dos.

-Con una te basta.- guardó el hacha y cogió su espada de nuevo. –Kaneel, bure.

El perro se relamió y se separó de Krishta, deambulando por los alrededores con desinterés. Dorna lanzó la muleta a los pies de la muchacha y esta se agachó con esfuerzo para cogerla. La marcha era desesperante. La muleta se clavaba en el suelo, por debajo de donde sus pies pisaban la nieve. Era increíblemente incómoda. Pero si no fuera por ese apoyo, no podría dar un paso. El pie le palpitaba y sentía que pesaba una tonelada. Dorna la observaba caminar delante de ella, sin perder de vista ni un solo movimiento de la figura menuda. El aire gélido agitaba los finos cabellos rubios, casi blancos, de la chica por fuera de su capucha.

-No vamos a llegar nunca…- se lamentó jadeando por el esfuerzo, apoyando todo el peso en la muleta con las dos manos.

-Descansaremos un momento.

Kirshta se dejó caer en la nieve, notando el alivio de la pierna sana cuando dejó de cargar con su peso. Dorna cogía algunas ramas secas, dispuesta a encender un fuego, pero una flecha silbó y se clavó en su hombro haciendo que volviera a dejarlas caer. El grito de la mujer alertó al perro, que corrió hacia ella con un ladrido. Se colocó a su espalda, como le había entrenado, pegando los cuartos traseros a sus pantorrillas, poniendo ojos donde los de ella no llegaban. Otro silbido cruzó el aire desde lo alto de un árbol y la segunda flecha se clavó en el muslo de Dorna. Una tercera se clavó enseguida en sus costillas, bajo su pecho, y la hizo caer de rodillas en la nieve. Krishta miraba a todos lados con la muleta agarrada como si fuera a servirle de algo. Notó cómo unos brazos la cogían de las axilas y la alzaban en volandas.

-Tranquila, ya te tenemos.- reconoció la voz serena de Feur bajo la capa de matorrales secos y pieles blancas que lo cubrían.

-Habéis tardado una eternidad, cabrones.

-Ya bueno, nuestra arquera tenía que moverse por los árboles para que el perro no la detectara.

-Ya, ya… No corras tanto. Me estás haciendo polvo el pie.

-Por una vez, no pienso hacerte caso.