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| http://greg-opalinski.deviantart.com/art/MTG-Briarbridge-Patrol-597482166 |
El aire congelaba todo lo congelable. Los árboles,
aparentemente secos, permanecían inmóviles en el mismo letargo invernal que
permanecía todo. Sólo oía sus pasos apresurados sobre la nieve virgen y su
respiración, que desprendía una bocanada de humo blanco con cada jadeo. Era
dolorosamente consciente de que había bajado el ritmo, pero seguía dejándose el
alma en ir lo más rápido posible. Krishta sentía el bosque pasar con rapidez
por sus laterales, pero su vista estaba centrada en el punto más lejano que la
niebla le dejaba alcanzar, casi deseando que mirar más lejos le hiciera ir más
rápido. Se esperanzó al no oír nada más que sus botas desde hacía rato, hasta
que crujió algo bajo su pie derecho. Pegó un grito cuando el cepo le agarró el
tobillo y cayó de bruces al suelo, sin querer siquiera retorcerse de dolor por
miedo a que se lo arrancara de cuajo. Apretó los dientes con fuerza sabiendo
que eso era todo. Hasta ahí había llegado. La sangre caliente emergía de la
herida, empapándole las pieles del pantalón y la bota, y le mantuvo el pie
caliente por primera vez en meses. Rio para sí intentando mirarse el pie.
-Aun tendré que estar agradecida y todo…- masculló con un
hilo de voz.
Los otros pasos no se hicieron esperar. Eran dos. Uno de
cuatro patas, que olisqueaba la nieve y se movía con rapidez, con la certeza de
que el rastro era el correcto. La otra era de dos patas. Sus pasos eran pesados
y lentos. Sabía que aquello que perseguía no iba a llegar muy lejos. Primero apareció
el de cuatro patas. El sabueso le llegaría a la cintura si Krishta estuviera de
pie. Empezó a ladrar con fuerza sin llegar a acercarse a ella, quedándose a un
par de metros de distancia. La dueña no se apresuró por alcanzarlo y el perro,
frustrado, miraba hacia atrás continuamente, instándola a darse prisa. Cuando
la vio aparecer, Krishta tragó saliva, sin querer mover un músculo para que el
cepo no se moviera. Su perseguidora, Dorna, era una mole cubierta de pieles de
animales, con el rostro de piel oscura y el pelo negro trenzado, que no parecía
molestarle el frío lo suficiente para ponerse la capucha. Tenía la espada en la
mano, bien preparada, para que el frío no le impidiera sacarla de la funda. Chistó
al perro con suavidad y se quedó callado al instante, mirando a Krishta con
curiosidad mientras jadeaba. La mujer le apuntó con la espada, clavándole los
ojos negros con la suficiencia que la situación le regalaba. El rostro
blanquecino de la muchacha destacaba entre las pieles marrones que la
abrigaban, y sus mejillas y su nariz tenían un vivo tono rosado por el esfuerzo
de la carrera.
-Te dije que era peor huir.- su voz tenía la oscuridad de su
piel y la profundidad de sus ojos.
-Prefería intentarlo de todas formas.- le costaba alzar la
voz y vencer el dolor que sentía en el pie.
-Te va a doler más. Vas a tener que volver andando. No
pienso cargar contigo.
-Bueno, también puedo negarme.- se señaló el tobillo con un
cabeceo. –Motivos no me faltan.
Dorna se acercó con un suspiro, ladeando una sonrisa. A
pesar de todo, apreciaba esa cara dura y esa actitud desafiante que siempre
había tenido, incluso cuando las circunstancias confabulaban más en su contra.
Dejó la espada en la nieve y le abrió el cepo apretando la mandíbula por el
esfuerzo.
-Ponte de pie.- ordenó haciendo ella lo propio después de
volver a coger su arma. Haberla liberado la intranquilizó y se mantuvo más
alerta.
Krishta alargó una mano para que la ayudara y Dorna
respondió alejándose medio paso y volviéndole a apuntar con el arma.
-Te he visto sacar fuerzas en situaciones peores.
Era lo malo de que el enemigo te conociera demasiado.
Krishta hizo una mueca de fastidio y se puso en pie de un impulso.
-¡Joder, qué daño!- espetó con un gruñido.
Dorna esperó paciente a que se repusiera del dolor y se hizo
a un lado sin dejar de apuntarle con la espada, dándole paso para que empezara
a caminar. Kirshta se demoró un segundo, mirando a su alrededor, y se cogió a
un árbol joven que crecía junto a ella. Tenía grosor perfecto para un bastón y
la altura idónea para dos. Dorna resopló poniendo los ojos en blanco y se
acercó al árbol. Llamó al perro y le dijo una frase en un idioma que Krishta no
entendía. El sabueso movió la cola y se colocó entre Dorna y Krishta, ladrando
a la muchacha para que retrocediera. Krishta reculó a la pata coja y, cuando el
sabueso consideró que la distancia era la correcta, se calló y se quedó
mirándola con el cuerpo tenso y la cola dando tumbos de un lado a otro. Dorna
había sacado una pequeña hacha y cortaba el árbol joven con facilidad bajo la
atenta mirada de la muchacha. Cuando Krishta dio un pequeño salto para
recolocar la postura, el perro ladró con los belfos retraídos.
-No te muevas, niña. A Kaneel le da igual que te duela el
pie.- le advirtió Dorna, acabando de hacer una muleta con el tronco y algo de
cuerda.
-Ya que estás, podrías hacerme dos.
-Con una te basta.- guardó el hacha y cogió su espada de
nuevo. –Kaneel, bure.
El perro se relamió y se separó de Krishta, deambulando por
los alrededores con desinterés. Dorna lanzó la muleta a los pies de la muchacha
y esta se agachó con esfuerzo para cogerla. La marcha era desesperante. La
muleta se clavaba en el suelo, por debajo de donde sus pies pisaban la nieve. Era
increíblemente incómoda. Pero si no fuera por ese apoyo, no podría dar un paso.
El pie le palpitaba y sentía que pesaba una tonelada. Dorna la observaba
caminar delante de ella, sin perder de vista ni un solo movimiento de la figura
menuda. El aire gélido agitaba los finos cabellos rubios, casi blancos, de la
chica por fuera de su capucha.
-No vamos a llegar nunca…- se lamentó jadeando por el
esfuerzo, apoyando todo el peso en la muleta con las dos manos.
-Descansaremos un momento.
Kirshta se dejó caer en la nieve, notando el alivio de la
pierna sana cuando dejó de cargar con su peso. Dorna cogía algunas ramas secas,
dispuesta a encender un fuego, pero una flecha silbó y se clavó en su hombro
haciendo que volviera a dejarlas caer. El grito de la mujer alertó al perro,
que corrió hacia ella con un ladrido. Se colocó a su espalda, como le había
entrenado, pegando los cuartos traseros a sus pantorrillas, poniendo ojos donde
los de ella no llegaban. Otro silbido cruzó el aire desde lo alto de un árbol y
la segunda flecha se clavó en el muslo de Dorna. Una tercera se clavó enseguida
en sus costillas, bajo su pecho, y la hizo caer de rodillas en la nieve.
Krishta miraba a todos lados con la muleta agarrada como si fuera a servirle de
algo. Notó cómo unos brazos la cogían de las axilas y la alzaban en volandas.
-Tranquila, ya te tenemos.- reconoció la voz serena de Feur
bajo la capa de matorrales secos y pieles blancas que lo cubrían.
-Habéis tardado una eternidad, cabrones.
-Ya bueno, nuestra arquera tenía que moverse por los árboles
para que el perro no la detectara.
-Ya, ya… No corras tanto. Me estás haciendo polvo el pie.
-Por una vez, no pienso hacerte caso.
