viernes, 7 de julio de 2017

La voluntad de Lars

Sólo puedes haber oído hablar de ella. No es posible entender esa sensación, porque no se parece a ninguna otra. Para Lars había llegado el momento. Supo que iba a morir. Cuando dura un segundo, se puede considerar buena fortuna. Pero Lars llevaba días con esa certeza y le había dado demasiado tiempo a recrearse. Esa sensación, cuando hace poso en el subconsciente, destroza los nervios. La vida pasa ignorando esa inevitable marcha y, cuando llega el momento, casi nadie quiere que acabe. La naturaleza obliga a aferrarse a la vida y luchar por esa supervivencia que se anhela eterna. Esa eterna mentira.

Lars, en cambio, no podía soportarlo más. Quería que todo acabara de una vez por todas. Al principio se negó a perder la esperanza de sobrevivir y se le dio bien mentirse. Tanto, que las esperanzas que había albergado le destrozaron cuando le abandonaron. La voz de su verdugo en el exterior le demostraba lo que estaba disfrutando de su victoria. Porque podía acabar con él cuando quisiera, pero había decidido no hacerlo todavía, para que Lars saboreara bien el fracaso. Había desoído las señales, las advertencias, y se había lanzado al desastre por su propia voluntad.

Cuando el manuscrito llegó a sus manos, no fue consciente de su valor. Como tantas cosas en la vida, llegó de casualidad. Lars vivía en la Viena de mediados del siglo XIX y trabajaba para un periódico pequeño, escribiendo una columna semanal sobre curiosidades históricas de la ciudad. Muchas veces, buscaba inspiración en anticuarios, rebuscando entre los rincones de sus tiendas y hablando con los dependientes largo y tendido. Aquella mañana, entró en el laberinto que el señor Ackermann tenía por tienda. La fortaleza del anciano olía a años acumulados.

—¡Buenos días, señor Ackermann! —saludó con entusiasmo al entrar.

—¿Lars? ¿Eres tú? —preguntó Matthias Ackermann con la voz amortiguada desde el altillo.

Lars se acercó a la trampilla y miró desde abajo con el cigarro en una mano y el sombrero en la otra. La cara afable y arrugada del anticuario se asomó con una sonrisa.

—Cada día estás más viejo —le dijo el señor Ackermann con una risa socarrona mientras bajaba por la escalerilla de mano lentamente.

—No como usted. He estado a punto de preguntarle si estaba su padre.

Lars le ayudó a bajar los últimos peldaños y le colocó bien la chaqueta.

—Gracias, gracias —dijo el anciano dándole unas palmaditas en el hombro—. Me alegra que hayas venido. Tengo ahí una caja enorme llena de basura de la que te gusta husmear.

—Suena delicioso.

El anticuario cogió la caja y la dejó encima del mostrador. No era nada espectacular, pero a Lars se le aceleró el pulso. Dejó el sombrero en el mostrador y empezó a rebuscar entre los cachivaches descartando varios objetos inservibles y estropeados. Todo lo demás eran papeles de contabilidad, facturas y un gran sobre de color más amarillento. El papel del sobre era apergaminado, grueso, no sabría decir cuánto tiempo tenía pero parecía muy antiguo.

—¿No sabe usted qué es esto? —preguntó al señor Ackermann con el cigarro en la boca mientras examinaba el sobre de cerca.

—Ni idea. Te puedes llevar la caja entera. No me interesa nada de lo que hay ahí.

—Tiene como… una inscripción —dijo Lars acercándose más el sobre para ver las diminutas grafías—. ¿En qué idioma está esto?

El anticuario se encogió de hombros. Lars le dio las gracias y cogió la caja para examinarla en su apartamento con más tranquilidad. La información que le dieron las facturas no ayudó a esclarecer qué podía contener ese sobre. En su interior parecía haber más papeles, de un dedo de grosor. No sabía si se trataba de un libro o de más documentación. Pero lo que más le llamaba la atención era esa extraña inscripción que no lograba descifrar. Prefirió intentar abrir ese sobre cuando supiera qué ponía en la inscripción. Parecía ser sólo una frase, pero se repetía una y otra vez en espiral, rodeando todo el sobre.

Por suerte, era un hombre de recursos y conocía a mucha gente. Se adentró por las callejuelas poco transitadas de lugares que la gente decente no debía conocer. A pesar de ser cerca del mediodía, la luz se negaba a penetrar en esa atmósfera y todo estaba en una penumbra blanquecina. El eco de sus zapatos resonaba en la estrecha calle adoquinada y a ese eco, sólo se unía la voz melosa de alguna prostituta que le invitaba a sus servicios entre susurros. Se detuvo en la puerta de madera medio podrida observando el dibujo de la talla; un dragón con las alas extendidas hacia arriba que miraba al visitante con las fauces de par en par, retándolo a entrar. Llamó tres veces y esperó. El silencio le pesó en el cuerpo conforme pasaban los largos segundos. Sin haber oído pasos al otro lado, la puerta se abrió y Karen lo miró contrariada.

—No tendrías que haber venido aquí —le espetó apoyándose los nudillos en la cintura.

—¿Cómo? —preguntó Lars sin entender.

Ella suspiró largamente y miró a los lados de la calle.

—Entra, rápido.

Se apresuró a entrar, cerrando la puerta tras de sí, siguiéndola por el interior. Karen era una mujer a la que todos identificaban como bruja, aunque ella jamás se hubiera atribuido tal cargo. Desde luego, la palabra la definía bastante bien, según la experiencia de Lars. Sabía cosas que no tenía por qué saber. Conocía remedios para casi cualquier dolor. Más de los que estarían dispuestos a reconocerlo, acudían a ella en busca de consejo porque poseía una sabiduría que solo el paso de varias vidas podía haberle dado. Sin embargo era una mujer que pasaba desapercibida. Vestía con sencillez, igual que cualquier mujer de recursos limitados de la zona, con corpiño y falda amplia de telas con colores discretos, de materiales sencillos pero en buen estado. El lugar era una casa modesta, llena de estanterías con infinidad de frascos de todos los materiales, colores y con todos los contenidos posibles. No se había atrevido a examinarlos por las cosas que podía encontrar ahí. Tomaron asiento el uno frente al otro en una pequeña mesa redonda con una tela bordada amarilleada por el tiempo.

—Déjame verlo —dijo ella mirándolo con gravedad, con los ojos verdes clavados en los de él.

Lars tragó saliva y se sacó el sobre de debajo del abrigo. Lo depositó en la mesita despacio mientras veía cómo los ojos de la mujer seguían el movimiento del sobre. Karen se quedó unos segundos quieta, con las dos manos apoyadas en la mesa y un porte solemne. Cerró los ojos bajando la cabeza y susurró unas palabras inaudibles para él. Lars había aprendido a guardar silencio cuando iba a consultarle algo. Acudía a ella siempre que llegaban a sus manos objetos extraños. Unas veces le ofrecía algo a cambio para quedárselos sin darle más explicaciones. Otras le contaba magníficas historias sobre los poderes que ocultaban algunos objetos, cómo habían sido encantados y porqué. Karen abrió los ojos y se quedó mirándolo.

—No debes abrir este sobre, Lars. Es lo que te protege de lo que hay en su interior.

—Señorita, tengo que saber lo que hay dentro —dijo él encogiendo los hombros—. Si no debo abrirlo, al menos tenga la bondad de decírmelo.

—Esa necesidad de saberlo es el claro reflejo de su poder. El contenido de este sobre quiere ser liberado y te está llamando. Pero eso sólo te traerá desgracias. Dentro hay un manuscrito incomprensible para ti, como la inscripción del sobre. De ser extraído de este sello, será detectado por fuerzas que están en su búsqueda desde hace décadas. Creerás que no te encontrarán,  que cuando lleguen a ti, podrás desprenderte de él sin problemas. Pero te aseguro que no va a ser así. Preferirás sufrir torturas a que te lo arrebaten.

Lars la escuchó en silencio, mirando el sobre apesadumbrado. Lo que ella llamaba el reflejo de un poder, él lo llamaba curiosidad. A pesar de su escepticismo, volvía a ella para oír esas historias. Pero no necesitaba creérselas.

—Ya sé que vas a intentar abrirlo de todas formas —murmuró la mujer con aire resignado—. Te diré cómo has de abrirlo para darte un tiempo de cordura, porque si te dejara a tu aire, acabarías desquiciado en dos semanas. Y quiero que tengas muy presente que, cuando lo hagas, estarás perjudicándome a mí también. Pero ya me encargaré de las consecuencias en su momento.

—Señorita, disculpe, pero no es mi intención desoír vuestros sabios consejos.

Lars miró a su alrededor asustado cuando las llamas de las lámparas de aceite titilaron a la vez que Karen tensaba el cuerpo y se inclinaba hacia delante con suavidad.

—Ahórrate las disculpas, Lars. No lo lamentas en absoluto, pero como que el día es claro que lo lamentarás. Sólo por el mal que vas a traer, esta vez la información te va a salir más cara de lo normal —Lars fue a sacarse el dinero del abrigo y ella alzó una mano para detenerlo—. No. El dinero no tiene valor en esta ocasión. Has de darme algo que tenga un valor real para ti. Algo que no pueda ser reemplazado en tu vida.

La miró frunciendo el ceño. Quería irse de ahí pero se quedó clavado en la silla, apretando las mandíbulas con frustración. La mujer le sostenía la mirada sin esfuerzo, con serenidad. Eso hizo que empezara a inquietarse y el corazón le golpeó en el pecho con fuerza.

—Le traeré lo que me pide —le dijo levantándose de un salto, con un súbito temor a quedarse atrapado.

—Lo sé —murmuró ella siguiéndolo con la mirada.

Se colocó el sombrero y caminó hacia la salida con nerviosismo, cogiendo el sobre y abrazándolo con recelo. Se sobresaltó al oír el portazo tras de sí cuando salió a la calle y miró la puerta, que parecía haberse cerrado sola. Caminó con rapidez calle arriba, empujado por el miedo. No necesitaba a esa bruja. Él mismo abriría ese maldito sobre, sacaría la información necesaria para escribir algo interesante y se olvidaría de todo eso.


Sujetó las grandes tijeras de podar con dificultad. Desde su ventana, se podía ver la calle gris en la que habían empezado a caer con suavidad unos diminutos copos de nieve. El fuego no ardía en la chimenea desde hacía dos días y la casa estaba helada pero Lars no dejaba de sudar. Su camisa estaba sucia, los tirantes le colgaban del pantalón y se había despeinado al tirarse del pelo intentando encontrar la forma de abrir ese sobre. Apretó las tijeras con fuerza dejando escapar un gruñido, pero el papel sólo se marcó con una leve muesca. La observó entre jadeos, exhausto por el esfuerzo, pero el pliegue empezó a desaparecer lentamente. Se dejó caer de rodillas en el suelo empezando a sollozar.

Cada vez que había conseguido ocasionarle un mínimo desperfecto a ese papel, éste se recuperaba solo. Nada había resultado, ni siquiera las llamas cuando lo tiró a la chimenea en un acceso de rabia. El fuego se había elevado alrededor del sobre con orgullo, sin ocasionarle una sola quemadura. Aquella mañana, desesperado y sin haber dormido durante días, había salido a la calle caminando a grandes zancadas. Le había arrebatado esas tijeras a un jardinero y ya no recordaba cómo había vuelto a casa.

Yació en el suelo entre sollozos, rodeado por el desorden, durante largas horas, hasta que el sol se puso y todo quedó arropado por la más absoluta oscuridad. Quería dormir. Dormir para siempre y no volver a despertar. Karen sabía cómo abrirlo y no tenía más remedio que acudir a ella. Sólo necesitaba darle a cambio una cosa. Se levantó con dificultad y empezó a rebuscar entre el caos, moviéndose errático por toda la casa, vaciando los cajones. Al fin lo encontró. Sujetó el delicado peine de caoba. La pieza era sencilla y no tenía ni engastes ni grabados, pero era de su madre, y con él la había peinado cada día durante su larga enfermedad, hasta que murió.

Se tropezó con su abrigo, tirado en el suelo, y aprovechó para colocárselo antes de salir a la calle. Recorrió la ciudad a trompicones sin fijarse en el camino que estaba tomando. Cuando llegó a la puerta de Karen y miró a los ojos del dragón, algo le dijo que había sido ella la que lo había guiado hasta allí. La puerta se abrió suavemente sin que él hubiera llamado y el calor del interior lo envolvió amorosamente invitándolo a adentrarse. Su cuerpo se movió hacia el interior atraído por esa atmósfera. Vio la mano abierta de Karen extenderse hacia delante para que le diera el peine. Lo depositó en su palma con la cabeza agachada, haciendo esfuerzos para mantenerse en pie. Ella guardó con cuidado ese valioso objeto para sortilegios futuros, le tomó por el brazo y lo dirigió hacia la mesa para que se sentara, pero él la detuvo cogiéndola de los hombros.

—Por favor, dígame ya qué tengo que hacer. ¿Cómo he de abrirlo?

—No te preocupes, Lars, te lo diré. Pero antes siéntate y come algo. Recupera fuerzas. Vas a necesitarlas.

Cuando llegó a sus fosas nasales el aroma de un guiso que humeaba sobre la mesa, recuperó una consciencia que no sabía que había perdido. Miró a la mujer sorprendido y ella cabeceó hacia el plato servido, invitándolo a sentarse. Cuando acabó de comer tenía la fuerza suficiente para escucharla. No soportaba la incertidumbre ni un segundo más.

—Escucha con atención, Lars —dijo Karen. Su voz empezó a tomar consistencia, densificando el aire alrededor de él, y sintió las palabras entrar físicamente en su cuerpo a través de sus oídos—. Debes poner en un recipiente ovalado agua de río. La forma es muy importante —puntualizó Karen—. Ese río tiene que fluir y desembocar hacia el norte. Has de dejar el recipiente, con el sobre sumergido dentro, cerca de la orilla de ese mismo río, a los pies de un álamo blanco que tenga más de tres décadas de edad. Tiene que permanecer ahí durante tres noches sin que ninguna persona pase cerca durante ese tiempo. Ni siquiera tú. Has de alejarte del lugar todo lo que puedas y volver cuando todo haya acabado. Recuerda que la luna ha de estar menguando.

Cuando ella pronunció las últimas palabras, Lars sintió que la presión de su alrededor se disipaba y el aire recuperaba su consistencia normal. Un ligero aroma a canela y clavo se había quedado en el aire, donde aleteaba un suave eco que se extinguía.


A pesar de ir bien abrigado, la brisa que llevaba el río se le calaba hasta el alma. El viaje había sido incómodo, pero le pesaba más haber tenido que esperar a que la fase lunar fuera la adecuada. Libotenice era una villa simple, cerca del río Elba, en una parte del curso que fluía hacia el norte. Había llegado allí al mediodía y, sin llegar a sacar el escaso equipaje de sus bolsas, se había puesto rumbo al río de inmediato. Cuando encontró un lugar donde poder acceder al agua, ya estaba atardeciendo. Por suerte, las orillas estaban repletas de bosques de álamos blancos. En aquella época del año no tenían hojas y los troncos pálidos erguidos creaban un paisaje fantasmagórico al reflejar la luz de la luna. Se encogió con un leve temblor cuando una ráfaga de aire se coló dentro de su ropa mientras asentaba bien el recipiente con el sobre sumergido en su interior. Se puso en pie mirando el sobre con desconfianza y pidió en su interior a las fuerzas que estuvieran interviniendo, que todo aquello funcionara.

Los tres días se sucedieron a una velocidad desesperantemente lenta. Trató de entretenerse y dar largos paseos por los alrededores de la villa, alejándose del lugar donde estaba el sobre. Pero una necesidad imperiosa por ir a visitar el lugar luchaba en contra de su voluntad cada segundo. Llegó la hora de la verdad y sus pasos fueron con urgencia hasta el lugar. Se hincó de rodillas sobre la hojarasca y abrió los ojos de par en par al ver el sobre sumergido en el agua intacto.

—¡No! ¡No puede ser! —gritó con desesperación.

Cogió el sobre con rabia y, al salir del agua, ésta resbaló por su superficie y se quedó completamente seco. Maldijo con un grito a la bruja, sintiéndose engañado. Pero bajo sus dedos, sintió como el papel empezaba a resecarse en demasía. Miró confuso el sobre y acarició la superficie del papel sintiendo cómo cambiaba su textura. Una escama se desprendió y se desintegró en el aire. Se le encogió el pecho y empezó a arañar la superficie con desesperación, pero el papel se estaba cuarteando y descamando a su ritmo, sin que sus gestos aceleraran el proceso. Poco a poco, el sobre fue desintegrándose en un resto ceniciento, y el manuscrito que había en su interior se revelaba ante sus ojos.

Estalló de júbilo en una carcajada, abrazándose al manuscrito y rodando por la hojarasca húmeda. Se levantó y corrió hacia su hospedaje en la villa para poder ver las letras de aquellas páginas a la luz de las velas. Al igual que la inscripción del sobre, estaba escrito con palabras que no entendía y que no parecían de ningún idioma que él conociera. Pero ya no le importaba, sólo se sentía feliz por haberlas sacado de ese sello que le había vuelto loco desde que lo tuvo en sus manos. Las hojas le transmitían un calor humano y hogareño que lo reconfortó después de todo aquel esfuerzo, como si le agradecieran que las hubiera liberado de ese yugo.

Esa noche, y parte del día siguiente, durmió con las hojas entre sus brazos. Cuando despertó, se sentía renovado y fresco. Recogió sus cosas con el ánimo alegre y volvió a Viena sin perder de vista el manuscrito ni un segundo. Durante el viaje, lo sacaba de vez en cuando, para contemplar sus extrañas líneas. Algunas de las páginas tenían grabados exquisitos de formas y dibujos que no le recordaban a ninguna simbología mitológica que él conociera. Tanto la tinta como el papel estaban muy bien conservados pero, al igual que pasaba con el sobre, parecían antiguos y Lars no sabía a qué época podían corresponder.

Cuando llegó a Viena, fue directamente a casa de Karen. Caminó emocionado por la calle pero se quedó petrificado delante de la puerta. Aquella puerta no era la que recordaba. En lugar de la talla del dragón, la madera estaba lisa y los únicos relieves eran los de su deterioro. Una película de polvo unía el marco con la puerta como si hiciera siglos que no se hubieran separado. Recorrió la calle en ambas direcciones confuso, pero no había rastro de la puerta. Preguntó por las calles de los alrededores a las prostitutas y, las que antes acudían a ella a menudo, ahora decían no conocerla. Era como si esa mujer no hubiera existido.

El agotamiento del viaje empezó a hacerle mella mientras volvía a casa cabizbajo. Sin la ayuda de Karen, no podría descifrar nunca lo que decían esas páginas. El manuscrito, en el interior de su chaqueta, seguía desprendiendo un agradable calor. Cuando entró en casa y cerró la puerta tras de sí, se quedó mirando la estancia con un resoplido. Todo se había quedado revuelto, con los muebles desplazados de su sitio y los cajones vaciados. No se había molestado en arreglarla antes de irse a Libotenice. Se dirigió a la habitación con pasos pesados pero se detuvo al ver un papel colocado entre el desastre.

Leyó la letra cuidada de la única línea escrita en ella: “Recuerda que no estás seguro. Huye. No dejes de hacerlo”. La firma de Karen, simple y limpia, rezaba debajo. Su cuerpo se negaba a atender la reiterada advertencia, necesitaba un descanso de forma imperiosa. Quitó las cosas de encima de la cama lo justo para hacerse hueco y echarse en el colchón, durmiéndose casi al instante.

Despertó sobresaltado, con el pulso acelerado golpeándole el pecho. Sentía como si sólo hubieran pasado unos minutos desde que se echó en la cama y una inminente amenaza le obligara a levantarse. Salió de la habitación tropezando con las cosas que había tiradas por la casa y cuando abrió la puerta, oyó el cristal de una ventana estallar, acompañado de un fuerte viento que le empujaba hacia fuera. Al girarse, se quedó absorto ante la imagen que vio. Una mujer arrodillada en el suelo, cubierta y rodeada por cristales, se levantaba lentamente después de haber atravesado la ventana. Era alta y el pelo castaño ondulado flotaba con el viento que soplaba detrás de ella. Iba vestida con una gabardina negra hasta los pies y lo miró con unos ojos azules que resplandecían.

—Entrégamelo —dijo únicamente, con una voz melodiosa y autoritaria, que resonó en la habitación como si de una amplia gruta se tratara.

Dio un paso hacia él extendiendo la mano y Lars retrocedió abrazando el manuscrito contra su pecho. Chocó con la pared del pasillo del rellano sin poder apartar los ojos de esa poderosa figura que hacía temblar su alrededor cuando se movía. Ella se acercó otro paso y el aire volvió a densificarse. Sintió como si una fuerza tirara de su cuerpo hacia ella pero no se movió del sitio. Era incapaz de moverse.

—Me pertenece. Entrégamelo —repitió la mujer cuya figura se recortaba a contraluz de la ventana, pudiendo ver únicamente sus ojos.

El manuscrito ardía entre sus brazos pero bajo ningún concepto iba a entregárselo por voluntad propia. Esa mujer tendría que matarlo ahí mismo si quería hacerse con él. Un fuerte golpe se oyó en el suelo antes de que ella cruzara el umbral de la puerta. Lo que había caído se hizo añicos y una explosión de un gas violáceo inundó el lugar impidiéndole ver nada. La mujer dejó escapar un grito de dolor y Lars sintió cómo unas manos firmes le agarraban del brazo y tiraban de él hacia las escaleras. Karen lo sujetó con más fuerza de la que él imaginaba que tendría, y consiguió levantarlo. La bruja le gritó que corriera escaleras abajo y lo siguió de cerca empujándolo con insistencia. En la calle, un carruaje esperaba y Karen se subió con él y sacudió las riendas haciendo que las dos mulas empezaran a galopar hacia las afueras.

—¡Te dije que huyeras! —gritó Karen con la vista en el camino.

—¿Quién es esa mujer? —preguntó Lars temblando.

—La mujer que te arrebatará lo que has liberado.

Cabalgaron a una velocidad vertiginosa por bosques interminables. Lars sólo veía infinitos troncos de árboles pasar a su alrededor y no entendía cómo conseguían desplazarse por ese terreno sin camino por donde era evidente que el carruaje no cabía. No sabía cuánto tiempo habían pasado viajando pero, al detenerse el carruaje, todo a su alrededor se movió hacia delante por la inercia de su visión periférica. Tras recuperarse del leve mareo, siguió a Karen, que se había quedado parada delante de una pared de roca cubierta por una espesa capa de hiedra. La mujer apoyó la mano en las ramas y se concentró un segundo agachando la cabeza. Cuando la alzó de nuevo, separó las ramas de hiedra dejando ver un hueco oscuro en la piedra, del tamaño justo para que ambos pasaran caminando.

Recorrieron varios metros hacia dentro y Karen le pidió que esperara. Cuando encendió una vela, pudo ver el interior de la cueva. Para su sorpresa, las paredes eran de madera. Era un lugar modesto con una chimenea donde hacer fuego, una olla de hierro al lado y escaso mobiliario.

—Estaremos a salvo de momento, pero nos encontrará. Lo único que puedo hacer por ti ahora es darte este tiempo e intentar convencerte de que le entregues ese manuscrito a quien te busca, Lars.

—No hay nada que pueda decirme para convencerme, Karen. No pienso deshacerme de él. Fui en su busca, ¿sabe? Nada más llegar a Viena fui a buscarla y no estaba usted en su casa. No sólo eso, si no que nadie la conocía. ¡Desapareció!

Lars alzaba la voz con la ira enrojeciéndole el rostro, sin soltar el manuscrito.

—No se te ocurra alzarme la voz, Lars. Te dije que huyeras. Estaba esperándote fuera de la ciudad para ayudarte pero no apareciste.

Karen habló con tal calma que apaciguó sus nervios. Lars se dejó caer sobre una silla, dejando el manuscrito sobre la mesa. Por el rabillo del ojo distinguió la mano de Karen acercarse a las hojas y volvió a cogerlas con rapidez, mirándola con enfado.

—¿Qué hace? —le gritó.

—Tienes que deshacerte de él. Ella es más poderosa que yo. No va a ser fácil salvarte si no se lo entregas. Y sólo acabarás entregándoselo si lo pierdes o vences la voluntad del manuscrito.

—Lo quiere para usted, eso es lo que pasa. Yo no soy capaz de descifrar lo que dicen estas hojas pero estoy seguro de que para usted deben ser secretos que le otorgarían un poder mucho mayor si los tuviera en su poder ¡Admítalo!

Karen suspiró y se sentó frente a él.

—En efecto ese manuscrito es muy poderoso. Pero quien lo busca también tiene mucho poder. Aunque yo me quedara con él, correría la misma suerte que tú —la mujer lo miro compadeciéndose de él—. Tú sólo has tenido la mala suerte de encontrarlo y sentir curiosidad por él.

Las palabras de Karen eran sinceras. Lars admitía ahora que la mujer no le había mentido y le había ayudado en todo. Así es que lo intentó. Trataron de deshacerse de ese apego por el manuscrito pero Lars era incapaz de resistirse a él. No quería deshacerse de esas hojas, quería saber lo que significaban. Lars fue perdiendo la esperanza al verse incapaz de un gesto tan sencillo como entregar un montón de papeles. Al día siguiente, mientras Karen seguía enfrascada en razonar con la voluntad de un Lars abatido, sintió algo que la hizo guardar silencio.

—Está aquí —dijo mirando a la puerta.

—¿Aquí? —exclamó Lars lastimero—. Entonces todo ha acabado.

Ella negó un poco y se levantó con calma y lo condujo hacia el final de la estancia sin ventanas.

—Tenemos que intentarlo. Aguantaremos lo que podamos. Quédate quieto.

Karen siempre parecía tranquila, hablaba pausadamente y decía lo que tenía que decir sin vacilar. Pero él ya no tenía ganas de luchar.

—Entrégame el manuscrito, Lars.

—No… no puedo —balbuceó estrechándolo contra él.

—Tienes que entregármelo o morirás.

La voz de la otra mujer resonó en la estancia como si su voz la penetrara con facilidad y se paseara por cada rincón.

—Tomaos vuestro tiempo. Os espero aquí fuera —dijo esa mujer con cierto tono alegre.

Karen apretó las mandíbulas cerrando los ojos con fuerza.

—Yo te daré el manuscrito, Edith —dijo alzando la voz.

—Me trae sin cuidado quién me lo entregue. Pero si no lo hacéis, entraré y lo cogeré.

A Lars se le erizó la piel sintiendo un escalofrío al oír las palabras desenfadadas que resonaban por la habitación.

—Sólo está jugando. Podría entrar cuando quisiera —murmuró Karen negando para sí.

Durante días, Edith le esperó fuera, atormentándolo con sus comentarios jocosos. Cada vez que oía su voz, Lars temblaba y sollozaba. Había empalidecido y tenía un sudor frío empapándole el cuerpo. Karen se negaba a darse por vencida intentando que Lars se desprendiera del manuscrito incansablemente. Pero él no quería seguir luchando por evitar lo inevitable. Estalló. Se levantó con un grito de ira y se precipitó a la salida. Atravesó el pasillo oscuro y se topó con las hiedras que no conseguía separar para salir.

—Vaya, qué alegre giro de los acontecimientos —susurró la voz de Edith al otro lado de las hiedras.

Pudo ver su figura tapar la luz que se filtraba entre las hojas y las golpeó con rabia, provocando que Edith dejara escapar una risa suave.

—Si no tienes ninguna intención de dármelo, ¿a qué viene esa urgencia? —dijo Edith apoyando la mano en las ramas y haciendo que la hiedra se abriera para quedarse frente a Lars.

Sentía la presencia de Karen detrás de él. Se adelantó un paso para salir de la cueva con el manuscrito aferrado con más fuerza, sintiendo el calor de las hojas a través de la ropa.

—Acaba de una vez con esto —masculló Lars con una súplica.

Edith ladeó el rostro y alargó la mano.

—Ya basta, Edith —dijo Karen al ver el gesto, pero la mujer la ignoró.

Se quedó mirando a Lars con la mano extendida y una sonrisa afable en el rostro. Éste miró la mano que le invitaba burlona a entregarle lo que le era tan preciado. Se concentró con todas sus fuerzas. Cerró los ojos para no ver el manuscrito abandonar sus manos. En su mente se visualizó haciendo el gesto pero su cuerpo no respondió y no movió un músculo. Finalmente cayó de rodillas al suelo y sollozó.

—No puedo… No puedo —susurraba Lars.

—Mírame —dijo Edith sin urgencia.

Levantó la vista hacia ella y vio sus ojos azules como un mar en calma. Edith hizo un gesto con la mano y una espada fina y alargada se materializó en ella. La empuñó con gracilidad y, manteniendo la mirada a Lars, se la clavó con una estocada rápida directa a su corazón. La vida abandonó el cuerpo del hombre y con ella, la espada desapareció. Edith se acercó a él y le cogió con delicadeza el manuscrito de entre sus brazos. Sacó una funda de cuero grueso y colocó las hojas junto con otras muchas, que parecían pertenecer a la misma obra. Las dos mujeres se miraron durante un segundo en silencio hasta que Karen se acercó a Lars para enterrarlo adecuadamente y Edith se encaminó hacia el bosque, desapareciendo entre los árboles.

lunes, 5 de junio de 2017

Imágenes que inspiran #03

Lukra-779

http://sandara.deviantart.com/art/Pet-Merchant-645941252

La luz azulada de la pantalla iluminaba toda la habitación. Tegal trabajaba con las cartas de navegación para distraerse, pero le costaba concentrarse en las rutas con el calor bochornoso de la nave. Su cerebro funcionaba a cámara lenta. Tenía la piel pegajosa y el sudor le resbalaba por debajo de la ropa provocando una sensación desagradable continua. Había decidido no quitársela, porque esa ropa era la que recogería el primer impacto de cualquier pequeño accidente. La seguridad era lo primero, sobre todo en situaciones delicadas. Tenía la nave vacía después de haber entregado todas las mercancías y llevaba unas treinta y cinco horas con la climatización estropeada. El calor de las maquinarias había convertido el aparato en una sauna y ya notaba cómo se cocía en su propio jugo. Hacía unas catorce horas que el programa de Mantenimiento había dado la alarma del fallo y había iniciado la autorreparación, pero el parte e hacía esperar.

La voz autoritaria del programa de Mantenimiento sonó en la megafonía sacándole de su letargo mental.

—Capitán 335; Error en la recomposición del sistema de climatización.

—Genial… —susurró dejando caer la cabeza con frustración—. Reporta el error —ordenó al programa.

—Fuga de nitrógeno. Rotura de tuberías ocasionada por obstrucción. Presión insuficiente para descongestión de las tuberías. Recomendación; tomar tierra en un periodo no superior a 164 horas, 45 minutos y 15 segundos.

—No voy a aguantar tanto tiempo asándome, gracias.

—Error en la recepción del mensaje. Repita, por favor.

Resopló irritado y levantó un poco la voz para hablar con más claridad.

—Reporte recibido, Mantenimiento. Procedemos a tomar tierra.

Sonó la señal de confirmación y Tegal se quitó el sudor de la frente pasándose la mano por la cabeza rapada. Canceló las hojas de ruta que estaba revisando y habló a la consola mientras tomaba asiento con parsimonia.

—Navegación, busca estaciones cercanas con programas de Mantenimiento en Tierra.

El programa de Navegación resaltó un centenar de planetas.

—Filtra la búsqueda. Menos de 24 horas.

Eligió uno de los tres planetas resaltados y salió de la estancia caminando con pesadez, mientras Navegación anunciaba la ruta redirigida hacia Lukra-779. Conocía bien ese planeta y el astillero era tan viejo como su nave. Además estaba Kora. Hacía tres años que no veía a esa niña y a estas alturas habría crecido muchísimo. Debería tener unos 13 años. La última vez que estuvo en Lukra, se quedó allí atrapado dos meses hasta que consiguió una nave nueva porque, la que le había llevado hasta ahí, no podía recuperarse. Conoció a la niña en un paseo de desidia por una plaza, donde ella vendía mascotas. Le cayó bastante bien y también conoció a sus padres, que se hicieron buenos amigos suyos, a pesar de no llevarse muy bien entre ellos. Para su desgracia, tuvo que comprarse una nave nueva para poder seguir con su trabajo. Odiaba cambiar de nave. En solo veinte años de expansión espacial, la tecnología había dado grandes saltos y había avances casi a diario que modernizaban las maquinarias, los diseños y los funcionamientos. Él sólo era un mensajero, y con que su nave le llevara a él y al cargamento, le valía.

Lukra pertenecía a Norteuropa. Esa era la teoría, pero empezaba a ser poco rentable y estaban planteándose dejar ganar al gobierno de los sureuropeos su lucha por intentar hacerla de su territorio espacial. Cuando a estos dejara de interesarles, se la cederían a Esteuropa y seguirían tan amigos. Mientras, Norteuropa continuaría sacando adelante sus colonias modernas y eficientes. El reparto entre todos los países de las estaciones colonas había sido como siempre en la historia del propio planeta Tierra. Unos países se los repartían a golpe de guerra. Otros, firmaban tratados que luego no cumplían. Al final, la vida en la mayoría de colonias poco importantes transcurría como si no pertenecieran a ningún sitio. Trataban de ser lo más autosuficientes posible para no depender de las subvenciones de ningún país, se aceptaban todas las monedas y vivía gente de casi cualquier parte de la Tierra. Las zonas conflictivas eran colonizadas prácticamente sólo por los militares que estaban disputándose ese terreno, y todo giraba en torno a defender ese trozo de superficie concreto, en esa piedra gigante, que orbitaba alrededor de un sol cualquiera.

Algunas de esas colonias se establecían sobre planetas de paso entre colonias más importantes, pero que no tenían una atmósfera habitable. Las Cúpulas habían hecho posible aislar espacios y crear atmósferas artificiales para construir la vida donde no se podía. Lukra, con una cúpula a temperatura óptima constante de 23°C y 10.000 km2 de superficie, había sido una estación en la ruta del transporte de aluminio. Pero cada vez hacía menos falta en esa zona del espacio y la ruta estaba en declive. Aun así, los astilleros se mantenían en pie, seguían trabajando y había movimiento en esta zona para muchos años más.

En la cocina de la nave era donde más calor hacía. Se preparó algo rápido para coger su cuenco humeante e irse a comer a otra parte más ventilada. El comunicador sonó. Se miró la muñeca para ver el identificador y no conoció al remitente.

—Comunicador, contestar —dijo después de tragar el bocado que estaba masticando.

—Buenos días, Capitán Tegal. ¿Está teniendo buen viaje? —una voz entusiasta de mujer le saludó como si se hubieran tomado un café ayer por la tarde.

—¿Qué quieres?

—Le llamo de Repuestos InterSpace. Hemos detectado una avería en su nave y le aplaudimos  haber elegido Lukra para la reparación de su vehículo. Le llamo para ofrecerle un juego nuevo de conductos de refrigeración inteligentes, con autoreparación, a un 50% de descuento. Además, tenemos para usted una estancia en la ciudad capital de Lukra, Uferbrunn, en el hotel de…

—Comunicador, boquea el remitente.

No se molestó en interrumpir la comunicación antes de dar la orden de bloqueo, con lo que pudo oír una fracción de segundo de súplicas de la comercial intentando evitar la acción. 

—El remitente ha sido bloqueado. ¿Desea denunciar la llamada? —la voz cálida del programa Comunicador sonó en el altavoz. A veces deseaba poder hablar sólo con el programa, sin tener que mandar ningún mensaje a nadie.

—No.

Siguió comiendo mientras miraba por la pequeña escotilla. El movimiento rotatorio de la nave hacía que las infinitas estrellas se sucedieran poco a poco por esa pequeña ventana al exterior. Muchos de los que se habían quedado en la Tierra, lo habían hecho por el miedo a que hubiera tan poco que se interpusiera entre ellos y la muerte en el infinito. A él le reconfortaba, le hacía sentirse pequeño, pero a la vez grande por ser capaz de estar ahí, engullendo sucedáneo de comida, sin que su estómago se resintiera un mínimo por esa cercanía al abismo.
El calor y el estómago lleno le derrotaron y cerró los ojos. Cuando se aproximaron a la cúpula del planeta Lukra, el programa de Navegación le despertó.

—Esperando autorización de entrada a: Lukra-779, Puerto de Uferbrunn.

Se despejó sacudiendo un poco la cara, rascándose los ojos y secándose el sudor. Al poco, la voz del controlador de acceso sonó en la radio y le concedió la entrada. Cuando aterrizó, se precipitó a la salida para abrir la puerta y dejar que los cerca de cuarenta grados centígrados del interior de la nave salieran al exterior tan rápido como lo hizo él. El aire a veintitrés grados le refrescó haciéndole suspirar de alivio.

—¿Está bien, capitán? —una paramédica se le acercó en cuanto bajó de la nave—. ¿Está mareado?

—No, no, estoy bien —hizo un ademán con la mano para que le dejara en paz y empezó a caminar hacia la salida del puerto.

—Dígame su nombre y dónde se encuentra —ella se mantenía pegada a su lado observándole con detenimiento, intentando abrirle el párpado para comprobar el estado de sus corneas y la reacción de sus pupilas.

Tegal se detuvo en seco apartándosela de encima, apoyando una mano en el hombro de la mujer.

—Soy el capitán Loen Tegal. Estamos en el puerto de Uferbrunn, en el planeta Lukra. No se preocupe, señorita. He estado menos de tres días a treinta y siete grados en la nave. Hay sitios de la Tierra que están a esa temperatura durante meses y no se ha erradicado nuestra especie.

—Mi trabajo es asegurarme de que está usted en condiciones —replicó la sanitaria con el ceño fruncido—. Que tenga una buena estancia, capitán.

La vio alejarse con pasos furiosos, oyendo cómo informaba de que su estado de salud era correcto y que se había negado a ser atendido y examinado de forma más exhaustiva. Desde que las cúpulas mantenían condiciones estables en las colonias, la gente se había malacostumbrado a no pasar demasiado frío ni calor, y el sector sanitario se volvía loco cuando alguien no estaba a temperaturas óptimas y perfectas durante más de cuatro horas.

Apestaba, y era plenamente consciente de ello mientras caminaba hacia el hotel de costumbre. La gente lo miraba con extrañeza cuando pasaba por su lado. No era lo habitual ver a una persona sudorosa que no estuviera ejercitándose, ya que todo el trabajo duro lo hacían robots y máquinas destinadas a ello. La seguridad personal era una máxima. Sin embargo él echaba de menos los días de trabajo en el jardín de sus abuelos. A pesar de casi no tenerse en pie, su abuelo se negaba a colocar robots que cuidaran del jardín. “No te fíes de alguien que deja a un robot que haga el trabajo por ella. No hay amor en esa gente, Loen.” le decía siempre. Por desgracia para Tegal, se le parecía en muchas cosas, y los tiempos no perdonaban esa clase de anacronismos. Cuando le atendió el joven recepcionista del hotel, éste vaciló un momento antes de saludarle.

—Buenas tardes, caballero. ¿Puedo ayudarle en algo? —el muchacho le habló con toda la educación que el aspecto del cliente le permitió.

—Quiero una habitación con cama grande. Y deme un catálogo. Quiero pedir algo de ropa.

—¿Ha perdido usted su equipaje, señor? —preguntó el chico dejándole una pequeña pantalla sobre la mesa, con el menú de la tienda desplegado.

Tegal lo miró alzando una ceja con seriedad y el muchacho tragó saliva.

—Disculpe, caballero. No es de mi incumbencia —medio sonrió con incomodidad y permaneció en silencio.

Tegal eligió varias prendas frescas. No era de gustos muy exquisitos pero la cama grande no la perdonaba. El camastro de la nave no era incómodo pero no dejaba de ser un camastro, pequeño y estrecho. Cuando estaba en tierra, quería disfrutar de sueños reparadores y estirarse todo lo posible.

El recepcionista le colocó un detector de huellas dactilares. Puso los dedos índice y corazón en él y el muchacho guardó sus datos y configuró sus huellas para que pudiera abrir la habitación con ellas.

—Bien, Capitán Loen Tegal, su habitación es la 312. Tercer piso a mano derecha. Bienvenido.

—Gracias —dijo devolviéndole el catálogo y caminando hacia el ascensor.

La ducha tibia le devolvió a la vida quitándole el sudor y despejándole por completo. Quitó con la mano el vaho condensado en el espejo y se miró con el ceño fruncido. A pesar de encontrarse mejor, la bofetada de realidad de un espejo era infalible. Se veía envejecido, con las marcas de expresión más patentes en su tez morena, y entre los diminutos pelos rapados, se distinguían los blancos. Le interrumpió la señal de que su pedido había llegado y se secó sin mucho esmero para salir del baño. Comprobó el pedido, se vistió y salió a la calle en busca de Kora.
Encontró a la niña en el mismo sitio que la había dejado hacía tres años. Había crecido bastante pero seguía igual de canija. Estaba rodeada de los animales que vendía correteando a su alrededor, amarrados con correas para que no escaparan. Ella miraba al vacío con la cara inexpresiva, sentada sobre los escalones de la fuente de una plaza a las afueras de la ciudad. Los animales se amenazaban los unos a los otros y enredaban sus correas sin que ella hiciera nada por evitarlo. La pequeña suspiró profundamente, con la barbilla apoyada en la mano y los dedos sobre la boca, inclinada hacia delante para dejar el peso de su torso sobre las rodillas. Al verla tan apagada, Tegal pensó en darle un poco de actividad.

—¡Tú! —dijo con energía, señalándola con un dedo mientras avanzaba hacia ella, amenazante—. ¡Tú, timadora canija! El lagarto que me vendiste se murió tres días después de dejar Lukra.

La niña se sobresaltó al oír la acusación y se quedó mirando a Tegal confusa, hasta que lo reconoció.

—¡Loen! —gritó con una sonrisa en la cara y se levantó para saltar hacia él.

Tegal soltó una carcajada y la recibió en el aire, abrazándola con cariño.

—No, en serio. El bicho se murió enseguida —dijo soltándola.

—¡A saber qué le hiciste, pedazo de bruto!

—¿Yo? ¡Nada! Se quedó escondido y no comía ni bebía. Tuvo que asustarle el despegue o algo.

—¿Qué dices? Pero si ese dracónido lo trajeron del laboratorio de Dirton. Se pasó toda su etapa juvenil en una nave. Probablemente naciera en ella.

—Bueno, es igual. Se murió y ya está. ¿Qué tienes ahora?

—No pienso venderte ningún otro animal. No eres lo suficientemente responsable.

Tegal se quedó mirándola con las cejas arqueadas y acabó riendo.

—Vale, canija, pero enséñame qué bichos tienes de todas formas.

Kora cabeceó hacia las escaleras empezando a caminar. 

—Mira, estos son óculos negros. Originalmente eran de un color rosado, pero a la gente no le cuadró el color con la cara de malas pulgas, y la variedad genética artificial de piel oscura ha tenido mucho éxito. Hay que tratarlos bien porque, cuando se asustan, hacen un ruido bastante desagradable golpeándose el cuerpo con las alas. Les sirve para dar una señal de alarm…

—Vale, vale, vale. No me gusta ese bicho. ¿Qué es ese pulpo que tienes enjaulado?

—Si fuera un pulpo, ya habría muerto deshidratado…

—Eres una canija repelente, ¿lo sabes?

—Si te ofende que tenga muchos más conocimientos que tú, es problema tuyo.

Tegal la miró desvaneciendo la sonrisa despacio, quedándose en silencio unos segundos.

—¿Cómo están tus padres?

La niña se encogió de hombros y se sentó. Se puso a acariciar a un lagarto por debajo del collar de plumas de su cuello mientras pensaba cómo contestarle. El reptil se sacudió y erizó las plumas con gusto al sentir la caricia.

—Se separaron el año pasado —susurró.

—Vaya. Lo siento —dijo sentándose al lado de Kora.

—Supongo que era lo mejor. Pero estoy un poco harta de verles esas caras falsas que ponen. Se esfuerzan demasiado en hacerme ver que todo está bien, y queda peor que si estuviera mal.

—¿Dónde estás viviendo ahora?

—En realidad, donde me apetece. Pero estoy más con mi madre.

—Bueno, les haré una visita. No sé hasta cuándo voy a estar aquí, pero no me iré sin verlos y saludarles al menos.
Hablaron durante varias horas. Él observaba cómo la pequeña se desenvolvía con los clientes, explicándoles cada detalle innecesario sobre los animales que vendía. Cuando alguno pretendió engatusarla, él dio un paso adelante sacando pecho, mirando al individuo con cara de pocos amigos. No tenía presente que Kora había sobrevivido sin que él tuviera que protegerla durante todo ese tiempo.

Tras despedirse de ella, caminó de vuelta al hotel, dispuesto a pedirse una cena lo más grasienta posible, y disfrutarla tirado en su cama enorme, viendo telebasura hasta que se le cayeran los ojos. Cuanto menos se pareciera la cena al sucedáneo de comida que tomaba siempre en la nave, mejor. Saludó al recepcionista con una escueta mirada que fue contestada con una sonrisa automática y amplia. Llamó al ascensor y, cuando se abrió la puerta, la Capitana Mura Fischer estaba dentro. Los dos se quedaron quietos, mirándose sin respirar. Reaccionaron cuando las puertas volvían a cerrarse. Ella las detuvo y salió ampliando una sonrisa.

—Capitán Tegal.

Tegal carraspeó y le devolvió la sonrisa ofreciéndole la mano.

—Capitana Fischer, me alegro de verla.

Ella miró la mano y vaciló un segundo antes de estrechársela con firmeza. Llevaba el pelo rubio corto, como de costumbre.

—¿Cuándo ha llegado? —preguntó ella para entablar conversación.

—Esta mañana. Mi nave tiene una avería en la refrigeración.

—Va a tener que renovarse la nave, Capitán.

—Espero que no, la verdad —dijo él, haciendo que ambos rieran.

—Iba a ir a cenar. Conozco un asador muy cerca. Véngase.

A Tegal se le revolvió un poco el orgullo ante esa exigencia.

—Bueno… no sé, la verdad.

—Sabe que no me gusta insistir —dijo ella algo irritada.

—Lo sé. Es mi pequeña victoria no decirle que sí directamente —rio caminando hacia el asador por delante de ella, sabiendo que la había hecho sonreír.

—No sé si es que te pone este jueguecito de llamarnos de usted, pero se me está empezando a hacer raro —dijo ella mientras lo alcanzaba para caminar a su altura.

La cena grasienta que se había prometido, se hizo realidad. Se pusieron al día de las entregas que habían estado haciendo desde la última vez que se vieron. Trabajaban para la misma compañía y habían coincidido en rutas varias veces. Tres de ellas, habían acabado acostándose. No se veían desde hacía dos años, que coincidieron tres días en una estación más pequeña que la del planeta Lukra. Desde aquella vez, ninguno de los dos había estado con otra persona. No había ninguna promesa de por medio. Simplemente, no habían sentido esa afinidad con nadie desde entonces.

El huésped de la habitación de al lado se esforzaba por apretarse la almohada contra los oídos, intentando amortiguar los ruidos en vano. El somier de Tegal golpeaba la pared con fuerza cada vez que Mura se dejaba caer sobre sus caderas, cabalgándolo entre gemidos. Cuando acabaron, se tumbó a su lado mientras jadeaba con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación de plenitud. Dejaron escapar una risa cómplice mirándose un momento. Entonces, sintieron que la cama se balanceaba durante unos largos segundos y después se paró.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella.

—Parecía un pequeño temblor. Habrá habido un leve terremoto.

—Joder, ¡qué bien lo hemos hecho!

Los dos empezaron a carcajearse, pero otro temblor les interrumpió. Esta vez, fue algo más violento y una lámpara se cayó de la mesita haciéndose añicos.

—Vaya, ese iba un poco más en serio —dijo Tegal mirando la lámpara con el ceño fruncido.

—Esto no me gusta nada… —murmuró Mura empezando a levantarse.

—Tranquila, ya se ha calmado.

Ella se quedó mirando el techo, aguzando sus sentidos. Al poco, otro temblor suave hizo vibrar la estancia y arrancó un pequeño reguero arenoso del techo.

—Vístete, Loen. Hay que salir de aquí —dijo con urgencia poniéndose la ropa todo lo rápido que podía.

Mientras salían de la habitación, el edificio siguió sacudiéndose de forma cada vez más violenta. Bajaron por las escaleras a toda prisa, sorteando las brechas que se abrían en ellas. Parte de un tramo se derrumbó cuando estaban casi al final, dándoles el tiempo justo para saltar y terminar en la planta baja. Una multitud de gente salió detrás de ellos entre gritos de pánico. El suelo temblaba con violencia, se oían edificios caer por toda la ciudad y las sirenas empezaron a llenar el ambiente.

—Vamos al muelle. Hay que coger las naves y largarse —dijo Mura con firmeza, acostumbrada a dar órdenes.

—Espera, Mura. Tengo que buscar a alguien.

Tegal salió corriendo directamente hacia casa de Kora y Mura apretó el paso para seguirlo. Cuando llegaron a su calle, apenas quedaban un par de edificios en pie. Había gente por todas partes escarbando entre los escombros, deambulando abstraídos, cubiertos de polvo y sangre. Era un ambiente desolador y Tegal sólo quería despertarse de aquella pesadilla. Pero tenía que buscar a la niña y su familia como fuera. Si había que desalojar la colonia, ellos tendrían el primer hueco en su nave.

Corrió por la calle fijándose en todo el que se cruzaba con él. Paraba a cada persona para mirarle a la cara y cerciorarse de si era alguno de ellos. Por fin, vio a la pequeña arrodillada en el suelo, delante del edificio donde vivía su madre, con la vista perdida en los escombros que este había dejado al derruirse. Se precipitó hacia ella y cayó de rodillas delante de la muchacha, cogiéndola por los hombros.

—¡Kora! Kora, ¿y tu madre? ¿Estaba dentro?

La niña asintió en silencio sin mirarlo. Las lágrimas surcaban sus mejillas empapadas, arrastrando el polvo con ellas. Tegal se levantó como un resorte y corrió a los escombros empezando a retirarlos con desesperación. Tiraba una piedra tras otra hacia atrás sin tener idea de lo que estaba haciendo. Todo era un amasijo de hierros, cristales y hormigón. Mura le zarandeó el hombro con fuerza.

—¡Loen, déjalo! No vas a conseguir nada. Tenemos que irnos ya. Ella viene con nosotros.

Se miró las manos y vio que le sangraban. Tardó unos segundos en reaccionar, con la mirada perdida en las manchas de sangre que había dejado en los escombros.

—Está bien —murmuró.

Se levantó despacio y caminó hacia Kora, sentándose a su lado y abrazándola con un suave vaivén para mecerla.

—¿Dónde vive tu padre? —le preguntó en voz baja.

—Estaban los dos en casa. Había venido a recogerme —sollozó Kora.

—¡Joder! —susurró Tegal apretando los dientes—. Está bien, escúchame. Vas a venirte con la Capitana Fischer y conmigo, ¿vale? Vamos a irnos de aquí.

Kora asintió aún sin levantar la vista. Tegal se impulsó para ponerse en pie junto con la muchacha. Empezaron a caminar a toda prisa hacia el muelle, agarrando a la niña con fuerza para que caminara con más rapidez. A cada rato tenían que pararse por las sacudidas del suelo. No quedaba casi nada en pie y las estructuras que creaban la cúpula podían fallar en cualquier momento. En las inmediaciones del puerto, la multitud se empezaba a acumular tratando de subirse a una nave con desesperación. La megafonía del puerto repetía una y otra vez las mismas frases en varios idiomas, con diferentes voces.

—Guarden la calma. La evacuación ya está puesta en marcha. Todo el mundo tendrá un lugar en las naves. Dejen pasar a los pilotos.

—Saca la identificación —dijo Tegal a Mura mientras sacaba la suya.

Avanzaron entre la gente abriéndose camino cada vez con más dificultad. Mantuvieron las identificaciones de piloto medio ocultas en las manos sin decir nada. Un hombre se quedó atascado entre la gente unos diez metros a su derecha. Sacó su identificación de piloto y se puso a gritar exigiendo que le dejaran pasar. La multitud empezó a agolparse a su alrededor suplicándole a gritos que los llevara en su nave. Aprovecharon que el camino se aclaraba por el movimiento de la gente y llegaron al control de acceso. Tegal enseñó su identificación al guardia que, tras comprobar el código, lo miró con el ceño fruncido.

—Capitán, su nave no está operativa ni puede ser reparada. El astillero se ha derrumbado y no se han podido salvar las naves en reparación. Se le asignará una nave, ruta y grupo de evacuados. Diríjase a la torre de control —el guardia fue a abrir el acceso pero se detuvo al ver a la niña–. Ella no puede acceder a esta zona, señor.

—La niña viene conmigo —sentenció Tegal.

—Capitán, no es un lugar seguro para ella y usted va a tener que concentrarse en obedecer lo que le digan ahí dentro. No va a poder atenderla. Llévela al pabellón de menores, donde estamos concentrando a los niños para que obtengan supervisión adulta.

—Es mi hija y viene conmigo. ¡Déle al botón ya! —Tegal miró al hombre con agresividad.

El guardia le devolvió una mirada similar, cargada de ira. Soltó el aire por la nariz con frustración y abrió el acceso, siguiéndolos con la mirada cuando pasaron con rapidez. Mura enseñó su identificación y el hombre le dijo que se dirigiera a la torre de control para que se le asignara también una ruta y un número de personas acorde a la carga máxima de su nave.

Recorriendo el muelle, camino de la torre de control, vieron cómo los operarios abastecían las naves para la evacuación. Toneladas de comida, superficies hinchables, mantas y ropa se cargaban en las naves. El reparto se haría a bordo para aligerar la evacuación. Tras las barreras del puerto se empezaban a oír los megáfonos mezclándose con la megafonía. Los supervivientes tenían que ser identificados para agruparlos y asignarlos a las naves. La gente empezó a formar filas delante de los guardias y éstos iban identificándolos uno a uno con un detector de huellas.

En la entrada de la torre de control, había una docena de pilotos alrededor de un puesto de información provisional que se había colocado en la entrada para evitar que la torre se llenara de gente.

—Ya les he dicho que tendrán que hacer varios viajes. Díganles a sus empresas que los daños serán recompensados, pero Lukra no puede ser totalmente evacuada con los pilotos y las naves de que disponemos, aunque se sumen de otras partes, porque los refuerzos tardarán demasiado tiempo en llegar. Van a estar probablemente unas semanas ocupados con salvar a toda esta gente. El que se niegue, será condenado, y probablemente a sus empresas les importe menos que pierdan unas semanas de trabajo, a que pierdan varios años —la mujer que informaba parecía tan desbordada como todo el mundo, pero se esforzaba por hacerse escuchar.

—No nos está dando garantías de esas compensaciones, señorita. Los negocios no funcionan con palabras. El gobierno de Norteuropa ha de asegurárnoslo por escrito. Esas semanas pueden suponer que nos despidan.

Un coro de pilotos se alzó. La mujer levantó las manos para tratar de apaciguarlos.

—Nadie va a ser despedido. Las empresas que despidan pilotos que hayan participado en las evacuaciones serán fuertemente sancionadas con las multas pertinentes.

—Esto es de locos —susurró Mura negando para sí.

No podía creer que esa panda de inútiles estuviera en mitad de un planeta, a punto de morir, preocupándose por sus puestos de trabajo. Tegal resopló con fuerza y trató de acelerar las cosas. Dejó a Kora con Mura un segundo y se adelantó entre los pilotos.

—Señorita, soy el Capitán Loen Tegal, código 335 de la compañía Cargo Corp. Mi nave ha sido destruida en el astillero. Me dijeron que se me asignaría una nave, una ruta y un cargamento de pasajeros para la evacuación.

La mujer agradeció algo de cordura y suspiró aliviada antes de comprobar si la información había sido actualizada.

—Su nueva nave será la Airbus Space Intertruk 208 que se encuentra en el muelle número 567.9. Ya tiene la ruta configurada en el navegador. Los pasajeros y el número de viajes que tendrá que hacer, se le asignarán cuando las listas de supervivientes estén más avanzadas. No deberían tardar mucho.

—Gracias —dijo tras vacilar un segundo.

Conocía al piloto de aquella nave. Si se la habían asignado, era porque el piloto había muerto. Mura también bajó la cabeza dolida. Cada vez era más consciente del caos que se había formado y trató de no sentirse abrumado por la idea. Se quedó con Kora mientras le decían a Mura las instrucciones y las modificaciones que había sufrido su nave para alojar a los pasajeros. La niña permanecía inmóvil y callada. Al poco, Mura volvió con ellos acercándose a donde se habían apartado para alejarse del resto de pilotos que se estaban quejando. Tegal apoyaba una mano en la espalda de la niña, que se aferraba a su cintura con los brazos, hundiendo el rostro en su costado. Mura lo miró un momento y le cogió de las mejillas con las manos para que la mirara a los ojos.

—Loen, no pienses. Esto es una mierda pero estamos aquí y tenemos que hacer esto.

Él asintió y estrechó un poco a Kora.

—Lo sé, no te preocupes. Seguramente coincidiremos cuando vengamos a por más gente.

Apoyó una mano en la suya y la besó en los labios con fuerza. Se separaron, dando unos pasos en direcciones opuestas, empezando a dirigirse a las naves.

—Que tengas buen viaje, Capitán. Sé valiente, Kora. Vigila que no haga el idiota.

—Que tengas buen viaje, Capitana —murmuró él.

Había varias naves a punto con sus pilotos asignados. Algunos, esperaban dentro de las naves. Otros, se quedaban en la entrada observando el movimiento frenético de todos los operarios. Las hileras de supervivientes empezaron a entrar al puerto, encabezadas por un supervisor que les acompañaba hasta la nave correspondiente y le pasaba la lista de pasajeros al piloto. Las naves empezaron a despegar con cuentagotas. Tegal intentaba ponerse al día con los controles de la nueva nave, cuya inteligencia artificial le saludó cuando se sentó a los mandos.

—Bienvenido a bordo, Capitán 335. Mi nombre es Gia.

La voz le recordó al de su programa comunicador antiguo. Pero no estaba para nostalgias.

—Ehm, sí. Hola Gia. Ponme con Navegación. Quiero ver la ruta —dijo, no muy convencido.

—Yo integro todos los programas. No es necesario que acceda a ellos por separado.

Tegal se sorprendió cuando las cartas de navegación aparecieron en la consola con todos los datos destacados. Todo quedó programado para despegar y Tegal se levantó de los mandos. Cuando vio a Kora, se quedó en silencio observándola, cruzando los brazos sin saber qué hacer. Ella apoyaba la frente y una mano sobre el cristal de la escotilla. Se acercó a ella despacio y se quedó a su lado, respetando su dolor en silencio, mientras veían cómo el mundo de la niña se alejaba con rapidez y acababa toda la vida tal y como ella la había conocido. Tras dudar, le apoyó una mano en el hombro y se lo estrechó.