lunes, 5 de junio de 2017

Imágenes que inspiran #03

Lukra-779

http://sandara.deviantart.com/art/Pet-Merchant-645941252

La luz azulada de la pantalla iluminaba toda la habitación. Tegal trabajaba con las cartas de navegación para distraerse, pero le costaba concentrarse en las rutas con el calor bochornoso de la nave. Su cerebro funcionaba a cámara lenta. Tenía la piel pegajosa y el sudor le resbalaba por debajo de la ropa provocando una sensación desagradable continua. Había decidido no quitársela, porque esa ropa era la que recogería el primer impacto de cualquier pequeño accidente. La seguridad era lo primero, sobre todo en situaciones delicadas. Tenía la nave vacía después de haber entregado todas las mercancías y llevaba unas treinta y cinco horas con la climatización estropeada. El calor de las maquinarias había convertido el aparato en una sauna y ya notaba cómo se cocía en su propio jugo. Hacía unas catorce horas que el programa de Mantenimiento había dado la alarma del fallo y había iniciado la autorreparación, pero el parte e hacía esperar.

La voz autoritaria del programa de Mantenimiento sonó en la megafonía sacándole de su letargo mental.

—Capitán 335; Error en la recomposición del sistema de climatización.

—Genial… —susurró dejando caer la cabeza con frustración—. Reporta el error —ordenó al programa.

—Fuga de nitrógeno. Rotura de tuberías ocasionada por obstrucción. Presión insuficiente para descongestión de las tuberías. Recomendación; tomar tierra en un periodo no superior a 164 horas, 45 minutos y 15 segundos.

—No voy a aguantar tanto tiempo asándome, gracias.

—Error en la recepción del mensaje. Repita, por favor.

Resopló irritado y levantó un poco la voz para hablar con más claridad.

—Reporte recibido, Mantenimiento. Procedemos a tomar tierra.

Sonó la señal de confirmación y Tegal se quitó el sudor de la frente pasándose la mano por la cabeza rapada. Canceló las hojas de ruta que estaba revisando y habló a la consola mientras tomaba asiento con parsimonia.

—Navegación, busca estaciones cercanas con programas de Mantenimiento en Tierra.

El programa de Navegación resaltó un centenar de planetas.

—Filtra la búsqueda. Menos de 24 horas.

Eligió uno de los tres planetas resaltados y salió de la estancia caminando con pesadez, mientras Navegación anunciaba la ruta redirigida hacia Lukra-779. Conocía bien ese planeta y el astillero era tan viejo como su nave. Además estaba Kora. Hacía tres años que no veía a esa niña y a estas alturas habría crecido muchísimo. Debería tener unos 13 años. La última vez que estuvo en Lukra, se quedó allí atrapado dos meses hasta que consiguió una nave nueva porque, la que le había llevado hasta ahí, no podía recuperarse. Conoció a la niña en un paseo de desidia por una plaza, donde ella vendía mascotas. Le cayó bastante bien y también conoció a sus padres, que se hicieron buenos amigos suyos, a pesar de no llevarse muy bien entre ellos. Para su desgracia, tuvo que comprarse una nave nueva para poder seguir con su trabajo. Odiaba cambiar de nave. En solo veinte años de expansión espacial, la tecnología había dado grandes saltos y había avances casi a diario que modernizaban las maquinarias, los diseños y los funcionamientos. Él sólo era un mensajero, y con que su nave le llevara a él y al cargamento, le valía.

Lukra pertenecía a Norteuropa. Esa era la teoría, pero empezaba a ser poco rentable y estaban planteándose dejar ganar al gobierno de los sureuropeos su lucha por intentar hacerla de su territorio espacial. Cuando a estos dejara de interesarles, se la cederían a Esteuropa y seguirían tan amigos. Mientras, Norteuropa continuaría sacando adelante sus colonias modernas y eficientes. El reparto entre todos los países de las estaciones colonas había sido como siempre en la historia del propio planeta Tierra. Unos países se los repartían a golpe de guerra. Otros, firmaban tratados que luego no cumplían. Al final, la vida en la mayoría de colonias poco importantes transcurría como si no pertenecieran a ningún sitio. Trataban de ser lo más autosuficientes posible para no depender de las subvenciones de ningún país, se aceptaban todas las monedas y vivía gente de casi cualquier parte de la Tierra. Las zonas conflictivas eran colonizadas prácticamente sólo por los militares que estaban disputándose ese terreno, y todo giraba en torno a defender ese trozo de superficie concreto, en esa piedra gigante, que orbitaba alrededor de un sol cualquiera.

Algunas de esas colonias se establecían sobre planetas de paso entre colonias más importantes, pero que no tenían una atmósfera habitable. Las Cúpulas habían hecho posible aislar espacios y crear atmósferas artificiales para construir la vida donde no se podía. Lukra, con una cúpula a temperatura óptima constante de 23°C y 10.000 km2 de superficie, había sido una estación en la ruta del transporte de aluminio. Pero cada vez hacía menos falta en esa zona del espacio y la ruta estaba en declive. Aun así, los astilleros se mantenían en pie, seguían trabajando y había movimiento en esta zona para muchos años más.

En la cocina de la nave era donde más calor hacía. Se preparó algo rápido para coger su cuenco humeante e irse a comer a otra parte más ventilada. El comunicador sonó. Se miró la muñeca para ver el identificador y no conoció al remitente.

—Comunicador, contestar —dijo después de tragar el bocado que estaba masticando.

—Buenos días, Capitán Tegal. ¿Está teniendo buen viaje? —una voz entusiasta de mujer le saludó como si se hubieran tomado un café ayer por la tarde.

—¿Qué quieres?

—Le llamo de Repuestos InterSpace. Hemos detectado una avería en su nave y le aplaudimos  haber elegido Lukra para la reparación de su vehículo. Le llamo para ofrecerle un juego nuevo de conductos de refrigeración inteligentes, con autoreparación, a un 50% de descuento. Además, tenemos para usted una estancia en la ciudad capital de Lukra, Uferbrunn, en el hotel de…

—Comunicador, boquea el remitente.

No se molestó en interrumpir la comunicación antes de dar la orden de bloqueo, con lo que pudo oír una fracción de segundo de súplicas de la comercial intentando evitar la acción. 

—El remitente ha sido bloqueado. ¿Desea denunciar la llamada? —la voz cálida del programa Comunicador sonó en el altavoz. A veces deseaba poder hablar sólo con el programa, sin tener que mandar ningún mensaje a nadie.

—No.

Siguió comiendo mientras miraba por la pequeña escotilla. El movimiento rotatorio de la nave hacía que las infinitas estrellas se sucedieran poco a poco por esa pequeña ventana al exterior. Muchos de los que se habían quedado en la Tierra, lo habían hecho por el miedo a que hubiera tan poco que se interpusiera entre ellos y la muerte en el infinito. A él le reconfortaba, le hacía sentirse pequeño, pero a la vez grande por ser capaz de estar ahí, engullendo sucedáneo de comida, sin que su estómago se resintiera un mínimo por esa cercanía al abismo.
El calor y el estómago lleno le derrotaron y cerró los ojos. Cuando se aproximaron a la cúpula del planeta Lukra, el programa de Navegación le despertó.

—Esperando autorización de entrada a: Lukra-779, Puerto de Uferbrunn.

Se despejó sacudiendo un poco la cara, rascándose los ojos y secándose el sudor. Al poco, la voz del controlador de acceso sonó en la radio y le concedió la entrada. Cuando aterrizó, se precipitó a la salida para abrir la puerta y dejar que los cerca de cuarenta grados centígrados del interior de la nave salieran al exterior tan rápido como lo hizo él. El aire a veintitrés grados le refrescó haciéndole suspirar de alivio.

—¿Está bien, capitán? —una paramédica se le acercó en cuanto bajó de la nave—. ¿Está mareado?

—No, no, estoy bien —hizo un ademán con la mano para que le dejara en paz y empezó a caminar hacia la salida del puerto.

—Dígame su nombre y dónde se encuentra —ella se mantenía pegada a su lado observándole con detenimiento, intentando abrirle el párpado para comprobar el estado de sus corneas y la reacción de sus pupilas.

Tegal se detuvo en seco apartándosela de encima, apoyando una mano en el hombro de la mujer.

—Soy el capitán Loen Tegal. Estamos en el puerto de Uferbrunn, en el planeta Lukra. No se preocupe, señorita. He estado menos de tres días a treinta y siete grados en la nave. Hay sitios de la Tierra que están a esa temperatura durante meses y no se ha erradicado nuestra especie.

—Mi trabajo es asegurarme de que está usted en condiciones —replicó la sanitaria con el ceño fruncido—. Que tenga una buena estancia, capitán.

La vio alejarse con pasos furiosos, oyendo cómo informaba de que su estado de salud era correcto y que se había negado a ser atendido y examinado de forma más exhaustiva. Desde que las cúpulas mantenían condiciones estables en las colonias, la gente se había malacostumbrado a no pasar demasiado frío ni calor, y el sector sanitario se volvía loco cuando alguien no estaba a temperaturas óptimas y perfectas durante más de cuatro horas.

Apestaba, y era plenamente consciente de ello mientras caminaba hacia el hotel de costumbre. La gente lo miraba con extrañeza cuando pasaba por su lado. No era lo habitual ver a una persona sudorosa que no estuviera ejercitándose, ya que todo el trabajo duro lo hacían robots y máquinas destinadas a ello. La seguridad personal era una máxima. Sin embargo él echaba de menos los días de trabajo en el jardín de sus abuelos. A pesar de casi no tenerse en pie, su abuelo se negaba a colocar robots que cuidaran del jardín. “No te fíes de alguien que deja a un robot que haga el trabajo por ella. No hay amor en esa gente, Loen.” le decía siempre. Por desgracia para Tegal, se le parecía en muchas cosas, y los tiempos no perdonaban esa clase de anacronismos. Cuando le atendió el joven recepcionista del hotel, éste vaciló un momento antes de saludarle.

—Buenas tardes, caballero. ¿Puedo ayudarle en algo? —el muchacho le habló con toda la educación que el aspecto del cliente le permitió.

—Quiero una habitación con cama grande. Y deme un catálogo. Quiero pedir algo de ropa.

—¿Ha perdido usted su equipaje, señor? —preguntó el chico dejándole una pequeña pantalla sobre la mesa, con el menú de la tienda desplegado.

Tegal lo miró alzando una ceja con seriedad y el muchacho tragó saliva.

—Disculpe, caballero. No es de mi incumbencia —medio sonrió con incomodidad y permaneció en silencio.

Tegal eligió varias prendas frescas. No era de gustos muy exquisitos pero la cama grande no la perdonaba. El camastro de la nave no era incómodo pero no dejaba de ser un camastro, pequeño y estrecho. Cuando estaba en tierra, quería disfrutar de sueños reparadores y estirarse todo lo posible.

El recepcionista le colocó un detector de huellas dactilares. Puso los dedos índice y corazón en él y el muchacho guardó sus datos y configuró sus huellas para que pudiera abrir la habitación con ellas.

—Bien, Capitán Loen Tegal, su habitación es la 312. Tercer piso a mano derecha. Bienvenido.

—Gracias —dijo devolviéndole el catálogo y caminando hacia el ascensor.

La ducha tibia le devolvió a la vida quitándole el sudor y despejándole por completo. Quitó con la mano el vaho condensado en el espejo y se miró con el ceño fruncido. A pesar de encontrarse mejor, la bofetada de realidad de un espejo era infalible. Se veía envejecido, con las marcas de expresión más patentes en su tez morena, y entre los diminutos pelos rapados, se distinguían los blancos. Le interrumpió la señal de que su pedido había llegado y se secó sin mucho esmero para salir del baño. Comprobó el pedido, se vistió y salió a la calle en busca de Kora.
Encontró a la niña en el mismo sitio que la había dejado hacía tres años. Había crecido bastante pero seguía igual de canija. Estaba rodeada de los animales que vendía correteando a su alrededor, amarrados con correas para que no escaparan. Ella miraba al vacío con la cara inexpresiva, sentada sobre los escalones de la fuente de una plaza a las afueras de la ciudad. Los animales se amenazaban los unos a los otros y enredaban sus correas sin que ella hiciera nada por evitarlo. La pequeña suspiró profundamente, con la barbilla apoyada en la mano y los dedos sobre la boca, inclinada hacia delante para dejar el peso de su torso sobre las rodillas. Al verla tan apagada, Tegal pensó en darle un poco de actividad.

—¡Tú! —dijo con energía, señalándola con un dedo mientras avanzaba hacia ella, amenazante—. ¡Tú, timadora canija! El lagarto que me vendiste se murió tres días después de dejar Lukra.

La niña se sobresaltó al oír la acusación y se quedó mirando a Tegal confusa, hasta que lo reconoció.

—¡Loen! —gritó con una sonrisa en la cara y se levantó para saltar hacia él.

Tegal soltó una carcajada y la recibió en el aire, abrazándola con cariño.

—No, en serio. El bicho se murió enseguida —dijo soltándola.

—¡A saber qué le hiciste, pedazo de bruto!

—¿Yo? ¡Nada! Se quedó escondido y no comía ni bebía. Tuvo que asustarle el despegue o algo.

—¿Qué dices? Pero si ese dracónido lo trajeron del laboratorio de Dirton. Se pasó toda su etapa juvenil en una nave. Probablemente naciera en ella.

—Bueno, es igual. Se murió y ya está. ¿Qué tienes ahora?

—No pienso venderte ningún otro animal. No eres lo suficientemente responsable.

Tegal se quedó mirándola con las cejas arqueadas y acabó riendo.

—Vale, canija, pero enséñame qué bichos tienes de todas formas.

Kora cabeceó hacia las escaleras empezando a caminar. 

—Mira, estos son óculos negros. Originalmente eran de un color rosado, pero a la gente no le cuadró el color con la cara de malas pulgas, y la variedad genética artificial de piel oscura ha tenido mucho éxito. Hay que tratarlos bien porque, cuando se asustan, hacen un ruido bastante desagradable golpeándose el cuerpo con las alas. Les sirve para dar una señal de alarm…

—Vale, vale, vale. No me gusta ese bicho. ¿Qué es ese pulpo que tienes enjaulado?

—Si fuera un pulpo, ya habría muerto deshidratado…

—Eres una canija repelente, ¿lo sabes?

—Si te ofende que tenga muchos más conocimientos que tú, es problema tuyo.

Tegal la miró desvaneciendo la sonrisa despacio, quedándose en silencio unos segundos.

—¿Cómo están tus padres?

La niña se encogió de hombros y se sentó. Se puso a acariciar a un lagarto por debajo del collar de plumas de su cuello mientras pensaba cómo contestarle. El reptil se sacudió y erizó las plumas con gusto al sentir la caricia.

—Se separaron el año pasado —susurró.

—Vaya. Lo siento —dijo sentándose al lado de Kora.

—Supongo que era lo mejor. Pero estoy un poco harta de verles esas caras falsas que ponen. Se esfuerzan demasiado en hacerme ver que todo está bien, y queda peor que si estuviera mal.

—¿Dónde estás viviendo ahora?

—En realidad, donde me apetece. Pero estoy más con mi madre.

—Bueno, les haré una visita. No sé hasta cuándo voy a estar aquí, pero no me iré sin verlos y saludarles al menos.
Hablaron durante varias horas. Él observaba cómo la pequeña se desenvolvía con los clientes, explicándoles cada detalle innecesario sobre los animales que vendía. Cuando alguno pretendió engatusarla, él dio un paso adelante sacando pecho, mirando al individuo con cara de pocos amigos. No tenía presente que Kora había sobrevivido sin que él tuviera que protegerla durante todo ese tiempo.

Tras despedirse de ella, caminó de vuelta al hotel, dispuesto a pedirse una cena lo más grasienta posible, y disfrutarla tirado en su cama enorme, viendo telebasura hasta que se le cayeran los ojos. Cuanto menos se pareciera la cena al sucedáneo de comida que tomaba siempre en la nave, mejor. Saludó al recepcionista con una escueta mirada que fue contestada con una sonrisa automática y amplia. Llamó al ascensor y, cuando se abrió la puerta, la Capitana Mura Fischer estaba dentro. Los dos se quedaron quietos, mirándose sin respirar. Reaccionaron cuando las puertas volvían a cerrarse. Ella las detuvo y salió ampliando una sonrisa.

—Capitán Tegal.

Tegal carraspeó y le devolvió la sonrisa ofreciéndole la mano.

—Capitana Fischer, me alegro de verla.

Ella miró la mano y vaciló un segundo antes de estrechársela con firmeza. Llevaba el pelo rubio corto, como de costumbre.

—¿Cuándo ha llegado? —preguntó ella para entablar conversación.

—Esta mañana. Mi nave tiene una avería en la refrigeración.

—Va a tener que renovarse la nave, Capitán.

—Espero que no, la verdad —dijo él, haciendo que ambos rieran.

—Iba a ir a cenar. Conozco un asador muy cerca. Véngase.

A Tegal se le revolvió un poco el orgullo ante esa exigencia.

—Bueno… no sé, la verdad.

—Sabe que no me gusta insistir —dijo ella algo irritada.

—Lo sé. Es mi pequeña victoria no decirle que sí directamente —rio caminando hacia el asador por delante de ella, sabiendo que la había hecho sonreír.

—No sé si es que te pone este jueguecito de llamarnos de usted, pero se me está empezando a hacer raro —dijo ella mientras lo alcanzaba para caminar a su altura.

La cena grasienta que se había prometido, se hizo realidad. Se pusieron al día de las entregas que habían estado haciendo desde la última vez que se vieron. Trabajaban para la misma compañía y habían coincidido en rutas varias veces. Tres de ellas, habían acabado acostándose. No se veían desde hacía dos años, que coincidieron tres días en una estación más pequeña que la del planeta Lukra. Desde aquella vez, ninguno de los dos había estado con otra persona. No había ninguna promesa de por medio. Simplemente, no habían sentido esa afinidad con nadie desde entonces.

El huésped de la habitación de al lado se esforzaba por apretarse la almohada contra los oídos, intentando amortiguar los ruidos en vano. El somier de Tegal golpeaba la pared con fuerza cada vez que Mura se dejaba caer sobre sus caderas, cabalgándolo entre gemidos. Cuando acabaron, se tumbó a su lado mientras jadeaba con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación de plenitud. Dejaron escapar una risa cómplice mirándose un momento. Entonces, sintieron que la cama se balanceaba durante unos largos segundos y después se paró.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella.

—Parecía un pequeño temblor. Habrá habido un leve terremoto.

—Joder, ¡qué bien lo hemos hecho!

Los dos empezaron a carcajearse, pero otro temblor les interrumpió. Esta vez, fue algo más violento y una lámpara se cayó de la mesita haciéndose añicos.

—Vaya, ese iba un poco más en serio —dijo Tegal mirando la lámpara con el ceño fruncido.

—Esto no me gusta nada… —murmuró Mura empezando a levantarse.

—Tranquila, ya se ha calmado.

Ella se quedó mirando el techo, aguzando sus sentidos. Al poco, otro temblor suave hizo vibrar la estancia y arrancó un pequeño reguero arenoso del techo.

—Vístete, Loen. Hay que salir de aquí —dijo con urgencia poniéndose la ropa todo lo rápido que podía.

Mientras salían de la habitación, el edificio siguió sacudiéndose de forma cada vez más violenta. Bajaron por las escaleras a toda prisa, sorteando las brechas que se abrían en ellas. Parte de un tramo se derrumbó cuando estaban casi al final, dándoles el tiempo justo para saltar y terminar en la planta baja. Una multitud de gente salió detrás de ellos entre gritos de pánico. El suelo temblaba con violencia, se oían edificios caer por toda la ciudad y las sirenas empezaron a llenar el ambiente.

—Vamos al muelle. Hay que coger las naves y largarse —dijo Mura con firmeza, acostumbrada a dar órdenes.

—Espera, Mura. Tengo que buscar a alguien.

Tegal salió corriendo directamente hacia casa de Kora y Mura apretó el paso para seguirlo. Cuando llegaron a su calle, apenas quedaban un par de edificios en pie. Había gente por todas partes escarbando entre los escombros, deambulando abstraídos, cubiertos de polvo y sangre. Era un ambiente desolador y Tegal sólo quería despertarse de aquella pesadilla. Pero tenía que buscar a la niña y su familia como fuera. Si había que desalojar la colonia, ellos tendrían el primer hueco en su nave.

Corrió por la calle fijándose en todo el que se cruzaba con él. Paraba a cada persona para mirarle a la cara y cerciorarse de si era alguno de ellos. Por fin, vio a la pequeña arrodillada en el suelo, delante del edificio donde vivía su madre, con la vista perdida en los escombros que este había dejado al derruirse. Se precipitó hacia ella y cayó de rodillas delante de la muchacha, cogiéndola por los hombros.

—¡Kora! Kora, ¿y tu madre? ¿Estaba dentro?

La niña asintió en silencio sin mirarlo. Las lágrimas surcaban sus mejillas empapadas, arrastrando el polvo con ellas. Tegal se levantó como un resorte y corrió a los escombros empezando a retirarlos con desesperación. Tiraba una piedra tras otra hacia atrás sin tener idea de lo que estaba haciendo. Todo era un amasijo de hierros, cristales y hormigón. Mura le zarandeó el hombro con fuerza.

—¡Loen, déjalo! No vas a conseguir nada. Tenemos que irnos ya. Ella viene con nosotros.

Se miró las manos y vio que le sangraban. Tardó unos segundos en reaccionar, con la mirada perdida en las manchas de sangre que había dejado en los escombros.

—Está bien —murmuró.

Se levantó despacio y caminó hacia Kora, sentándose a su lado y abrazándola con un suave vaivén para mecerla.

—¿Dónde vive tu padre? —le preguntó en voz baja.

—Estaban los dos en casa. Había venido a recogerme —sollozó Kora.

—¡Joder! —susurró Tegal apretando los dientes—. Está bien, escúchame. Vas a venirte con la Capitana Fischer y conmigo, ¿vale? Vamos a irnos de aquí.

Kora asintió aún sin levantar la vista. Tegal se impulsó para ponerse en pie junto con la muchacha. Empezaron a caminar a toda prisa hacia el muelle, agarrando a la niña con fuerza para que caminara con más rapidez. A cada rato tenían que pararse por las sacudidas del suelo. No quedaba casi nada en pie y las estructuras que creaban la cúpula podían fallar en cualquier momento. En las inmediaciones del puerto, la multitud se empezaba a acumular tratando de subirse a una nave con desesperación. La megafonía del puerto repetía una y otra vez las mismas frases en varios idiomas, con diferentes voces.

—Guarden la calma. La evacuación ya está puesta en marcha. Todo el mundo tendrá un lugar en las naves. Dejen pasar a los pilotos.

—Saca la identificación —dijo Tegal a Mura mientras sacaba la suya.

Avanzaron entre la gente abriéndose camino cada vez con más dificultad. Mantuvieron las identificaciones de piloto medio ocultas en las manos sin decir nada. Un hombre se quedó atascado entre la gente unos diez metros a su derecha. Sacó su identificación de piloto y se puso a gritar exigiendo que le dejaran pasar. La multitud empezó a agolparse a su alrededor suplicándole a gritos que los llevara en su nave. Aprovecharon que el camino se aclaraba por el movimiento de la gente y llegaron al control de acceso. Tegal enseñó su identificación al guardia que, tras comprobar el código, lo miró con el ceño fruncido.

—Capitán, su nave no está operativa ni puede ser reparada. El astillero se ha derrumbado y no se han podido salvar las naves en reparación. Se le asignará una nave, ruta y grupo de evacuados. Diríjase a la torre de control —el guardia fue a abrir el acceso pero se detuvo al ver a la niña–. Ella no puede acceder a esta zona, señor.

—La niña viene conmigo —sentenció Tegal.

—Capitán, no es un lugar seguro para ella y usted va a tener que concentrarse en obedecer lo que le digan ahí dentro. No va a poder atenderla. Llévela al pabellón de menores, donde estamos concentrando a los niños para que obtengan supervisión adulta.

—Es mi hija y viene conmigo. ¡Déle al botón ya! —Tegal miró al hombre con agresividad.

El guardia le devolvió una mirada similar, cargada de ira. Soltó el aire por la nariz con frustración y abrió el acceso, siguiéndolos con la mirada cuando pasaron con rapidez. Mura enseñó su identificación y el hombre le dijo que se dirigiera a la torre de control para que se le asignara también una ruta y un número de personas acorde a la carga máxima de su nave.

Recorriendo el muelle, camino de la torre de control, vieron cómo los operarios abastecían las naves para la evacuación. Toneladas de comida, superficies hinchables, mantas y ropa se cargaban en las naves. El reparto se haría a bordo para aligerar la evacuación. Tras las barreras del puerto se empezaban a oír los megáfonos mezclándose con la megafonía. Los supervivientes tenían que ser identificados para agruparlos y asignarlos a las naves. La gente empezó a formar filas delante de los guardias y éstos iban identificándolos uno a uno con un detector de huellas.

En la entrada de la torre de control, había una docena de pilotos alrededor de un puesto de información provisional que se había colocado en la entrada para evitar que la torre se llenara de gente.

—Ya les he dicho que tendrán que hacer varios viajes. Díganles a sus empresas que los daños serán recompensados, pero Lukra no puede ser totalmente evacuada con los pilotos y las naves de que disponemos, aunque se sumen de otras partes, porque los refuerzos tardarán demasiado tiempo en llegar. Van a estar probablemente unas semanas ocupados con salvar a toda esta gente. El que se niegue, será condenado, y probablemente a sus empresas les importe menos que pierdan unas semanas de trabajo, a que pierdan varios años —la mujer que informaba parecía tan desbordada como todo el mundo, pero se esforzaba por hacerse escuchar.

—No nos está dando garantías de esas compensaciones, señorita. Los negocios no funcionan con palabras. El gobierno de Norteuropa ha de asegurárnoslo por escrito. Esas semanas pueden suponer que nos despidan.

Un coro de pilotos se alzó. La mujer levantó las manos para tratar de apaciguarlos.

—Nadie va a ser despedido. Las empresas que despidan pilotos que hayan participado en las evacuaciones serán fuertemente sancionadas con las multas pertinentes.

—Esto es de locos —susurró Mura negando para sí.

No podía creer que esa panda de inútiles estuviera en mitad de un planeta, a punto de morir, preocupándose por sus puestos de trabajo. Tegal resopló con fuerza y trató de acelerar las cosas. Dejó a Kora con Mura un segundo y se adelantó entre los pilotos.

—Señorita, soy el Capitán Loen Tegal, código 335 de la compañía Cargo Corp. Mi nave ha sido destruida en el astillero. Me dijeron que se me asignaría una nave, una ruta y un cargamento de pasajeros para la evacuación.

La mujer agradeció algo de cordura y suspiró aliviada antes de comprobar si la información había sido actualizada.

—Su nueva nave será la Airbus Space Intertruk 208 que se encuentra en el muelle número 567.9. Ya tiene la ruta configurada en el navegador. Los pasajeros y el número de viajes que tendrá que hacer, se le asignarán cuando las listas de supervivientes estén más avanzadas. No deberían tardar mucho.

—Gracias —dijo tras vacilar un segundo.

Conocía al piloto de aquella nave. Si se la habían asignado, era porque el piloto había muerto. Mura también bajó la cabeza dolida. Cada vez era más consciente del caos que se había formado y trató de no sentirse abrumado por la idea. Se quedó con Kora mientras le decían a Mura las instrucciones y las modificaciones que había sufrido su nave para alojar a los pasajeros. La niña permanecía inmóvil y callada. Al poco, Mura volvió con ellos acercándose a donde se habían apartado para alejarse del resto de pilotos que se estaban quejando. Tegal apoyaba una mano en la espalda de la niña, que se aferraba a su cintura con los brazos, hundiendo el rostro en su costado. Mura lo miró un momento y le cogió de las mejillas con las manos para que la mirara a los ojos.

—Loen, no pienses. Esto es una mierda pero estamos aquí y tenemos que hacer esto.

Él asintió y estrechó un poco a Kora.

—Lo sé, no te preocupes. Seguramente coincidiremos cuando vengamos a por más gente.

Apoyó una mano en la suya y la besó en los labios con fuerza. Se separaron, dando unos pasos en direcciones opuestas, empezando a dirigirse a las naves.

—Que tengas buen viaje, Capitán. Sé valiente, Kora. Vigila que no haga el idiota.

—Que tengas buen viaje, Capitana —murmuró él.

Había varias naves a punto con sus pilotos asignados. Algunos, esperaban dentro de las naves. Otros, se quedaban en la entrada observando el movimiento frenético de todos los operarios. Las hileras de supervivientes empezaron a entrar al puerto, encabezadas por un supervisor que les acompañaba hasta la nave correspondiente y le pasaba la lista de pasajeros al piloto. Las naves empezaron a despegar con cuentagotas. Tegal intentaba ponerse al día con los controles de la nueva nave, cuya inteligencia artificial le saludó cuando se sentó a los mandos.

—Bienvenido a bordo, Capitán 335. Mi nombre es Gia.

La voz le recordó al de su programa comunicador antiguo. Pero no estaba para nostalgias.

—Ehm, sí. Hola Gia. Ponme con Navegación. Quiero ver la ruta —dijo, no muy convencido.

—Yo integro todos los programas. No es necesario que acceda a ellos por separado.

Tegal se sorprendió cuando las cartas de navegación aparecieron en la consola con todos los datos destacados. Todo quedó programado para despegar y Tegal se levantó de los mandos. Cuando vio a Kora, se quedó en silencio observándola, cruzando los brazos sin saber qué hacer. Ella apoyaba la frente y una mano sobre el cristal de la escotilla. Se acercó a ella despacio y se quedó a su lado, respetando su dolor en silencio, mientras veían cómo el mundo de la niña se alejaba con rapidez y acababa toda la vida tal y como ella la había conocido. Tras dudar, le apoyó una mano en el hombro y se lo estrechó.