No sé si podré contar el relato de lo que pasó
adecuadamente en esta carta, pero debo hacerlo de alguna manera. Necesito contarlo,
a pesar de que me tomarás por loco. Pero dejemos que mi propia experiencia
hable por sí misma.
* * *
Llovía.
Llovía una lluvia oscura.
Llovía una lluvia oscura que cerraba la noche.
Y sólo los rayos, con cada fulminar, perfilaban oscuras y
borrosas sombras más allá de los faros del coche. Llovía tanto y tan oscuro,
que no podía saber si las luces del pueblo, en la lejanía, eran reales o sólo
un producto imaginario que se desvanecía con cada relámpago, y que mis ojos
desenfocaban con cada trueno.
Apenas llevaba el coche a treinta por hora. Demasiada
lluvia. Demasiado oscuro. Era una oscuridad tremendamente extraña. Aunque los
rayos dibujaban las siluetas lejanas de los viejos y destartalados molinos de
viento y los faros de mi viejo seat iban en largas, apenas se podía ver unos
metros. Era una suerte de oscuridad luminosa… O más bien, una oscuridad más oscura
que la noche.
El repiqueteo de la pesada lluvia tenía, no obstante, cierto
efecto relajante que compensaba el nerviosismo por esta, podríamos decir,
conducción temeraria. Todo el mundo sabía que venir por el pequeño carreterín
cuando caía una lluvia tan copiosa era tentar a la suerte: los viejos recovecos
y curvas de la vieja vía semiasfaltada escondían grandes desniveles que se
inundaban con facilidad, y si no conseguía llegar al pueblo a tiempo, lo más
probable es que el coche se ahogara en uno de esos charcos que más que charcos
eran lagos. Pero, ¿qué opción me quedaba? No iba a quedarme toda la noche allí
tras las clases, había que volver a casa. No me funcionaba el móvil y tú,
Carla, no tenías medio de saber que tenía que esperar una noche antes de volver,
así que decidí arriesgarme.
Y ahora, aquí, mientras escribo estas líneas, me arrepiento.
Los limpiaparabrisas no servían de nada. La sobrenatural
cantidad de agua que caía hacía que el visionado de la carretera fuera
ciertamente difícil, a lo que la mate oscuridad no ayudaba mucho. Varias veces
pasé sobre un charco, levantando tal cantidad de agua al pasar que temí no
poder salir de ahí, pero al final el fiel seat podía con ello. De momento.
Vigilando temerariamente la posibilidad de que un coche pasara
en dirección contraria (¿De verdad pensaba en la idea de alguien tan estúpido
como yo en dirección contraria? Supongo que mal de muchos…) no me apercibí de
un gran torrente que se acumulaba más adelante en una suerte de pequeño
barranco natural sobre el que pasaba la carretera. El seat entró de llevo en el
torrente y el motor se ahogó, como la mecánica mandaba. Maldiciendo mi suerte y
mi torpeza, intenté sin éxito darle al contacto del coche varias veces, aunque
en el fondo sabía que era imposible que el motor volviera a funcionar. La
había, con perdón, cagado hasta el fondo. La cosa empeoró cuando me apercibí
que entre las puertas del seat se estaba colando con cierta fruición una gran
cantidad de agua, habida cuenta del torrente que no paraba de vomitar agua por
el barranquillo como un sifón desaforado. Por suerte, no parecía que el
torrente tuviera, de momento, la fuerza para arrastrar el vehículo, pero desde
luego no podía permanecer dentro viendo cómo comenzaba a inundarse todo.
Durante un momento no supe qué hacer, hasta que ocurrió.
Lo que ocurrió pareció un milagro, aunque ahora que he
pasado todo lo que he asado, más bien fue un oscuro regalo envenenado.
Infernal, diría incluso, conociendo ahora las consecuencias que para mi
concepción del mundo había tenido.
Lo que ocurrió fue que un oportuno relámpago estalló con
fulgor en las cercanías, iluminando un cercano altozano en medio del campo. En
lo alto del pequeño cerro podía verse una construcción antigua, derruida por el
paso del tiempo. Una enorme edificación de piedra de tiempos más tenebrosos y
fríos. Un enorme ente viejo y destartalado que vigilaba la zona dese lo alto.
Un castillo.
Sin pensar en nada más (¡Ay de mí! Hasta en momentos como
ése hay que pensar, aunque en ése momento nada podía saber de lo que me
aguardaba), salí del coche, poniéndome apresuradamente mi gabán, portando mi
cartera con mis libros y apuntes para mis alumnos y corrí hacia la construcción
buscando refugio, a la vera del furioso torrente.
No recuerdo cuánto tiempo estuve corriendo hacia la vieja
fortificación, pero esos segundos, minutos… ¿horas? Fueron eternos, y cada vez
con más eternidad según llegaba a las cercanías del monstruo de piedra. Según
me iba acercando, una extraña y sudorosa sensación me recorrió el espinazo.
Algo no iba bien (obviamente caso aparte de mi desdichado seat). Era algo
relacionado con el castillo… Es como si la extraña oscuridad reinante, fuera
más visible… Más ¿luminosa? ¿Cómo podía ser la oscuridad “luminosa”? Pero esa
era la sensación. La oscuridad reinante era casi absoluta, pero podía “ver”. Como si mi percepción hubiera
cambiado y hubiera adquirido la habilidad de los ojos de un gato. No le di
mucha importancia, y mi racionalidad me dio respuestas completamente ilógicas
con tal de calmarme de esa extraña sensación en el espinazo (¿Podría ser la luz
de los rayos, o de la luna, que de alguna forma atravesaba las nubes? Pobre de
mí…).
Al subir el pequeño altozano, las destrozadas puertas del
castillo se me aparecieron ante mí, abiertas, entre dos altas torres que. Viendo
el estado de conservación de la edificación, era un milagro que un moderado
viento no las hubiera hecho caer ya. Entré sin pensarlo mucho con la lógica
precaución de entrar en un edificio semiderruido. No paraba de mirar hacia el
techo, esperando en cualquier momento que una enorme viga cayera sobre mí y me
hiciera acabar definitivamente tan esperpéntico viaje.
Al poco de andar por el suelo, compuesto de tierra
endurecida por las edades y restos de un primitivo piso empedrado, percibí una
de esas extrañas escaleras de caracol que subían hacia los pisos superiores de
la torre del homenaje, la más grande de la fortificación. Posiblemente ahí
estaría más cómodo, pues aparentemente el piso era de madera y muy posiblemente
pudiera hacerme con mi cartera una suerte de almohada y así ver si podía dormir
algo en tal siniestro lugar. En ése momento fui consciente de que esa extraña
claridad oscura seguía funcionando en el interior del castillo, y no sólo en el
patio de armas o la entrada. Una vez que subí por las escaleras de caracol,
percibí que no necesitaba linterna ni ningún artefacto similar para poder
percibir con cierta nitidez el entorno. No es que hubiera luz, no. Estaba
oscuro, pero se podía “ver”. No puedo
describirlo de una forma mejor.
Una vez en el piso de arriba, vislumbré lo que parecía una
esquina segura sin muchas posibilidades de derrumbe sobre el suelo de madera.
Éste crujió al salir de la escalera para dirigirme a mi lugar de reposo, pero parecía
resistir. Me acomodé en la esquina y comprobé el estado de los apuntes de
clase. Parecía que no se habían dañado con la humedad. Me alegré de haber
comprado un contenedor de documentos tan efectivo, pero por otro lado, el
maletín era más duro que un risco. Pero serviría como improvisada almohada.
Vislumbré la sala donde estaba. Parecía el antiguo salón del
señor, donde recibía, gobernaba y festejaba, pues un enorme hogar apagado,
rodeado por un suelo de piedra, coronaba la habitación en el muro oeste. Sobre
la chimenea del hogar, un escudo de armas esculpido en lo alto, supongo que el del dueño de la fortificación, la coronaba,
compuesto por una serie de guiones y rayas que en otro tiempo debieron ser de
colores, con el dibujo de tres cestas vacías rodeando, en el centro, la imagen inconfundible
de un galgo que parecía apresar una especie de serpiente… Aunque con un aspecto
extraño, con una cabeza como demasiado triangular y sin ojos.
Observando la estancia me di cuenta de un detalle que no
tuve en cuenta antes de entrar en el castillo (¡Oh, infeliz!), y este detalle
era que yo no recordaba la existencia de ningún castillo al lado del
carreterín. Llevaba ya más de tres años dando clases en ese pueblo, haciendo el
recorrido a diario… Y una edificación tan gigantesca se me había pasado
completamente desapercibida. Di por hecho que mi fijación en la conducción
segura por una vía tan peligrosa y accidentada fue suficiente para no
apercibirme, aunque algo en mi interior me decía que es explicación no era realmente
cierta.
Tras un rato olvidando esos pensamientos extraños, procuré
dormir, acompañado por el coro de la lluvia acompañado del estruendo de los
truenos. Era difícil al principio por el frío, especialmente, a pesar de llevar
mi fiel abrigo, pero después surgió algo más… Como un raspar. Un algo que se
arrastraba.
En el momento que lo oí, abrí los ojos de inmediato. ¿Una
culebra? Los ofidios solían ocultarse en ruinas como éstas, donde buscaba un
lugar para esconderse en la noche y para desovar. ¿Y si era algo más peligroso,
como una víbora? Nunca había visto una, pero los agricultores de la zona dicen
que en verano siempre se ven...
Nada, no se veía nada, a pesar de la extraña clarioscuridad
del ambiente. Pero el arrastrar seguía ahí. No me atreví a moverme. El miedo me
lo impedía, y mi racionalidad irracional intentaba tranquilizarme. “Será algún
ratón”, decía mi mente, “Y aunque fuera una serpiente, ¿Qué? No tiene por qué
verte como una amenaza”.
Toda esa falsa racionalidad se fue al garete cuando noté que
algo caía por mi nuca y se arrastraba inmediatamente hacia abajo por mi
columna. Con un grito, me levanté y pasé la mano por mi espalda… Falsa alarma,
era sólo una gota de agua proveniente de una gotera del techo que finalmente
tenía bastante líquido para comenzar su molesta actividad.
Y entonces fue cuando lo vi.
Húmedo, viscoso… Enorme, como de tres metros de largo, o más,
se arrastraba hacia mí desde la entrada… Una suerte de asqueroso gusano
gigantesco y plano, con la ciega cabeza triangular, como dos veces y media el tamaño
de mi propia testa. Una suerte de gigantesca planaria.
No me da vergüenza admitir que en ése momento me oriné
encima, aunque ayudó el hecho de que estaba tan mojado que apenas lo noté
después en mi ropa.
Ahí, simplemente abandonando todo, corrí esquivando al
imposible ser, mientras su cabeza, con agilidad y velocidad inusitada, seguía
mis movimientos. Cuando la cabeza triangular plana se levantó, como si
olfateara o, más bien, degustara el ambiente, pude ver una horrible dentadura circular
compuesta por tres círculos de dientes como sierras.
Con un grito de terror y desesperación corrí hacia la
escalera de caracol. Sólo era un piso de altura, pero pareció interminable.
Detrás de mí oía el sonido de su arrastrar, pringoso y terrorífico. Salí a
patio de armas y me dirigí directamente
a la puerta, pero algo estaba enfrente. Algo ocupaba la salida.
Una figura de unos tres metros de alto, embozada en una
suerte capa encapuchada sin color, todo oscuridad era, que impedía ver su rostro…
Una figura espigada y delgada, cuyas esqueléticas y oscuras piernas… Desaparecían
al llegar a los pies, dejando un vacío en el que el ser flotaba como pisando la
nada.
Con los ojos abiertos como platos, observé cómo el espigado
se acercaba a mí, dando gargantuescos trancos sin pies… Y me volví histérico.
Grité y corrí como un loco hasta encontrar otra escalera de caracol, oculta en
una esquina del complejo amurallado, una escalera que tenía su propio rastrillo
y protección, como si fuera otra entrada importante del castillo. Como un
castillo dentro del castillo. Una fortificación diseñada para que nada entrara
o saliera, pero ahora abierta de par en par, con las puertas como reventadas.
Sin pensármelo (otra vez, maldita sea mi alta de reflexión) y entré en la
escalera de caracol, que esta vez una que descendía hasta el infinito. No
recuerdo cuánto tiempo descendí, pero juro que fue como si mil vidas hubiera
vivido en terror absoluto en un descenso sin final.
Al llegar abajo, con mis piernas destrozadas por el
apresurado y largo descenso, había una gran sala. Una sala extraña. Una sala
que parecía muy anterior al castillo… Como si el castillo se hubiera construido
para defender este sitio… O para evitar que lo que hubiese aquí saliera al
mundo. Una serie de columnas con forma de serpientes enrolladas subían hasta el
alto techo, y en las paredes, esculpidas en la propia piedra, sin aspecto de
ninguna juntura o trabajo de albañilería, grabados de dioses deformes y
oscuros, con ojos sin párpado, miraban desde todas las esquinas… No había de
momento señales de que el espigado o la criatura vérmica me hubiesen seguido,
pero busqué en la sala algún lugar donde encontrar refugio.
Entonces me fijé en otra decoración de la sala, junto a las
miradas de las decenas de dioses oscuros y deformes que no paraban de observar
cada uno de mis movimientos. Esta nueva decoración era más reciente. Cruces
paté, como de los antiguos caballeros templarios, y un Cristo en la cruz
coronando todas las demás. A su lado, una gran mesa antigua con multitud de
sillas desgarradas y rotas. Parecían de la misma edad del castillo, y no como
esta sala que, empecé a sospechar, eran tan antigua como el hombre… O quizás
más aún.
Imágenes me vinieron a la mente, como si un antiguo mensaje
grabado en el éter se me estuviera apareciendo en las postrimerías de mi mente;
imágenes de sabios y guerreros medievales dando juramento de proteger al mundo
de lo que aquí habitaba. Todos investigando antiguas y poderosas palabras de
poder, que tenían la virtud de modificar la propia creación de Dios…
Consiguieron aislar el castillo expulsándolo del mundo y creando una línea
curva en el tiempo, de tal forma que este castillo, sin dejar de existir,
estaba separado del resto del universo. Sin embargo, no era perfecto. La línea
temporal del castillo debía coincidir con la del mundo real cada cierta
frecuencia, y ahí estribaba el peligro. Durante unas horas cada varios cientos
de años, El Aquí Encerrado podía intentar escapar. En otros tiempos fue llamado
Belcebú, en la antigua Cartago adorado como Baal, ofreciendo a sus hijos en
sacrificio, en tiempos más antiguos aún conocido con el sencillo nombre de Aí,
con el primer templo del mundo adorándole a él, El Que Devora. Y ahora busca un
huésped para volver al mundo real.
La visión me dejó sin habla un momento. Luego me recuperé.
Estaba claro que lo que había visto era real, a pesar de no ser material. El
modo en que lo había sabido no importaba, pero todo había cambiado. Toda mi
vida había cambiado. Todo se derrumbó en mi mente, todas las cosas en las que
había creído, todo desaparecido en un instante. Sólo porque quise volver a casa
en medio de un copioso aguacero. La vida parecía llevarme hacia un cruel final
de entendimiento y claridad.
Entonces reaccioné. El dios oscuro venía a por mí. Yo era su
huésped. Debía esconderme y escapar. No encontré mejor sitio que una sombría
esquina en un rincón entre columnas. Ahí esperé.
Y entonces apareció. El espigado negro. Aí. El Que Devora. Bajando
sin prisa por los escalones y colocándose en el centro de la sala, atravesando
la antigua mesa, como un ser incorpóreo. No me miraba. Creía que era mi
oportunidad. Creía.
Justo cuando tomé la decisión de salir corriendo,
desesperado, hacia la antigua escalera de caracol, las columnas en forma de
serpientes tomaron vida. Las serpientes se desenroscaron y comenzaron a
arrastrarse por el suelo. Y entonces fui consciente. No eran serpientes. Eran
esas horribles y babosas criaturas vérmicas, cientos de ellas, agolpándose
alrededor de su maestro en el centro de la sala.
Me quedé petrificado, notando cómo esas viscosas criaturas
de dientes serrados pasaban casi tocándome y dejando una viscosa humedad por el
camino que pasaban.
Entonces comenzaron a rodearme, mientras yo, paralizado, me
dejé hacer. Y empezaron a cerrarse sobre mí.
No pude hacer nada. Noté su viscosa y desagradable piel
sobre mía, a medida que varias criaturas me rodeaban con sus blandos y fríos
cuerpos, atrapándome. Sus tirangulares cabezas llenas de dientes pasaban
amenazadoras por delante de mi rostro, y empecé a notar como mí respiración se
aceleraba incontrolablemente y el fétido aliento de las criaturas entraba en mí
asquerosamente.
Entonces el dios espigado se acercó mí, con su rostro oscuro e inexistente, como
contemplándome. Y entonces adelantó una de sus manos y se acercó aún más. Su
mano, como hecha de ramas informes, me tocó la cara. Y sentí algo que solo
puede describirse como la fría muerte.
Y ya no recuerdo más.
* * *
Me levanté al día siguiente en medio de la plaza del pueblo,
junto a la antigua iglesia. Acababa de salir el sol, empapado, pero de una
pieza. A mi lado, el gabán y mi cartera. Mi coche, aparcado al lado de la
fuente. Como si un borracho hubiera realizado una trastada en un mal día y
hubiera despertado avergonzado en un lugar donde nadie podía dudar de lo que
había hecho esa noche.
Me pregunté si lo que había vivido anoche era real. Sentía
que lo había sido, pero no lo parecía, a tenor de las pruebas lógicas. Quería
creer que había sido todo el producto de mi imaginación, pero algo en el fondo
me decía que no era así.
Me echaste una bronca, Carla (con razón), pero no te conté
nada. Era absurdo. No quería que pensaras que estaba loco, o que mentía para
intentar congraciarme contigo. Era, al completo, inútil, pensé. Pero no sé,
quizás entonces debí haberlo hecho. Porque a partir de entonces lo notaba.
Todas las noches soñaba con algo que crecía en mi interior, algo que me
angustiaba. Algo que sabía qué era.
Todos los días, la dirigirme al instituto a dar clases me
fijaba en el lugar donde aquel impresionante torrente me atrapó. Ni rastro del
castillo ni del altozano. Como si nunca hubieran existido. Quizás nunca
hubiesen existido, al menos, en este tiempo. El espacio estaba, en cambio,
ocupado por un hermoso campo de cebollas.
En las clases se me notaba extraño. Era evidente. Los
chavales del instituto me veían raro y comencé a decir cosas extrañas que no
recuerdo delante de ellos. Mi temperamento se volvió hosco, amargado y
melancólico. El instituto me obligó a tomarme una baja y visitar a un
psicólogo. Tú, Carla, estuviste a punto de dejarme. Que aguantaras te honra,
pero no te hubiera culpado de haberlo hecho. Hubieras hecho bien, pero en el
fondo te quería cerca, quería a alguien cerca, a pesar de que te hacía daño.
Por otro lado, ¿qué le iba a contar al psicólogo? ¿Qué podía
contarte a ti? ¿Que un dios de otra era estaba desarrollándose en mi interior? ¿Que
notaba como la fatalidad iba a llegar a toda la tierra a manos mías?
Unas marcas me han comenzado a salir hoy en el dorso de mis
manos. Unas marcas que se asemejan a serpientes. A veces parece que se mueven.
Lo siento Carla, debo acabar con esto. Lo hago con la
escopeta del vecino y en medio del campo, será lo mejor y más rápido. No puedes
entender más que locura leyendo esto. Lo sé. Pero no estoy loco. Por eso debo
acabar con esto, antes de que sea tarde. Antes de que Él controle mi ser. Por
ti, por mí, por todos.
Te veré en la otra vida.
Adiós.