sábado, 28 de marzo de 2020

La cuarentena, parte I

Dejo este escrito porque no sé lo que me va a pasar mañana. No sé cómo evitar la fatalidad que me aguarda, pero al menos quiero dejar constancia de lo que pasó, que de alguna manera, si llegara a ocurrir el algo que inevitablemente va a ocurrirme, quede constancia de lo acaecido. 

Todo empezó hace una semana, a los pocos días de que comenzara la cuarentena del coronavirus. Volvía a mi casa de comprar en el supermercado lo suficiente para aguantar siete u ocho días. Mucha gente con mascarillas y sin ellas. Se notaba ese recelo, ese miedo en el ambiente, a no querer acercarse los unos a los otros. Ésa incomodidad que seguramente todos vosotros, que estáis pasando la cuarentena, habéis sentido en algún momento. 

Subí a mi casa, que es un primer (y único) piso, donde sólo tengo un vecino en frente, un hombre mayor que no da ni busca problemas(al que saludé evitando cruzarme debido a la psicosis de la plaga). El bajo está ocupado por una peluquería que, por la plaga, ha cerrado. Para un hombre como yo que suele buscar la soledad, es un lugar perfecto para vivir. El alquiler es barato y tiene las comodidades mínimas para que una persona espartana pero con gusto por lo virtual pueda vivir. Pero prosigamos. 

Como iba diciendo, subí a casa, cerré bien la puerta, y comencé a descargar la compra en la única mesa que dominaba la única habitación del lugar, que hacía las veces de salón y cocina, y cuyo “dormitorio”, no era más que un generoso cubículo separado por una barrera de ventanas corredizas a las se accedía a un mínimo patio interior colgante sobre el trastero de la peluquería. 

Creo que fue en ése momento cuando me comenzó a pesar la soledad y deseé alguna compañía. La que fuera. Por si alguna vez en el futuro deseáis tan cosa, mejor no lo hagáis, como bien se dice, corréis el peligro de cumplir vuestro deseo. Desde luego el mío se cumplió terriblemente. 

Mientras guardaba verduras en el frigorífico oí un tenue golpecito en el inestable suelo del patiejo que dividía las dos secciones de la casa. No le di importancia alguna, hasta que el chirrido gimoteante y repentino de una gaviota me dio un vuelco. Desde la cuarentena, las aves se habían vuelto más atrevidas. Abrí una de las correderas con el susto aún en el cuerpo y con una gran necesidad de avistar tal gaznápiro aéreo para devolverle el susto de alguna manera, y entonces me fijé. Había un avión de papel enganchado en una de las rendijas del tembloroso suelo del patiejo. Lo agarré con cierta sorpresa y, desde luego, con curiosidad. Algún vecino aburrido habría lanzado el avión con la desgraciada fortuna que caer sin remedio en el diminuto espacio entre tejados. 

Al detenerme un momento más a mirarlo, me fijé en que no era un simple avión, sino que estaba hecho con extremo cuidado. Había sido adornado con dobleces y recortes, dándole un aire extrañamanete barroco, como si quisiera darle una importancia que un simple folio no debería tener. Supuse que era algo normal, habida cuenta de que a nueve de cada diez personas durante esta cuarentena lo que les sobra es tiempo. Sería una rareza sofisticada más de las que son propias este extraño siglo XXI.

Luego me fijé en un pequeño escrito, muy mínimo, en el borde de la junta central de los pliegues, que rezaba <<ábreme>>, seguido de una tímida flecha que indicaba su interior. Con curiosidad comencé a desplegar el avión y, para mi sorpresa, el aeroplano de papel iba descubriendo su verdadera naturaleza. Era una carta de cuidado diseño, casi impropia de los tiempos que corren, bien escrita, con una letra de gran estilo y belleza, y que hasta parecía que había sido escrita con pluma. Ímprobo trabajo para lanzarla hacia cualquiera. 

El mensaje decía, en una escritura recargada, pero claramente inteligible <<Yo también estoy sola, como sé que tú estás. Si quieres acabar esta soledad conmigo, mándame tu propio mensaje, lanzándolo al anochecer hacia el sur. Fdo Una Desconocida.>> 

Extrañamente, el mensaje me provocó una enorme curiosidad y expectativa, pero a la vez una quemazón en el espinazo... Como que algo que estaba cerniéndose, unas garras aceradas cerrándose sobre algo infinitesimal que era yo mismo... Sin embargo, la curiosidad y la expectativa pudieron.

De lo que en este momento, os aseguro, me arrepiento. 

Así pues, inmediatamente me puse a escribir una contestación, debo reconocer, con una letra que daba vergüenza comparada con la de un médico, y que comparada con la de la carta aérea que acababa de recibir era poco menos que un cavernícola mostrando su habilidad para crear fuego con un palo a alguien que lo podía crear con un mechero de rueda. Mi respuesta era algo así <<De acuerdo, acompañémonos con estos mensajes, puede ser divertido. Espero que te llegue>>. Sin pensar demasiado en lo torpe de mi léxico, creé mi propio avión de papel con ése folio. 

Lo cierto es que si de algo me puedo jactar es de mi habilidad para crear aeroplanos en folios, una habilidad desarrollada entre la fascinación por el vuelo y el aburrimiento en una infancia algo extraña, y que me había dado la oportunidad de aprender y experimentar con infinidad de modelos aéreos. Ciertamente no me molesté en hacer tantos detalles estilísticos como mi misteriosa (y ahora puedo decir, maldita) mensajera, pero el modelo estaba hecho para aguantar el vuelo con elegancia durante más de una cincuentena de metros si había suerte. 

Esperé al atardecer, y cuando el Sol ya se había puesto, abrí la ventana del salón, que daba al sur, y lancé con tino el pequeño aeroplano. No esperaba que saliese bien realmente, pues ¿qué probabilidades había de que un avión de papel lanzado hacia una dirección demasiado general llegase a un destino completamente desconocido? En ése momento fui consciente de que si caía al suelo, no podría salir a por él, si quería ser consecuente con las órdenes gubernamentales. Se quedaría el pobre machacado por los pocos coches y transeúntes que pasarían. 

Durante su vuelo, a apenas diez metros, el avión comenzó a descender con velocidad y pensé que el destino obvio era ése, hacerse ilusiones con magias es absurdo. Pero cuando apenas quedaba medio metro para que se estrellase contra el suelo, una suerte de ráfaga de viento lo hizo ascender y se perdió por una calle contigua que iba directa al sur. Infeliz casualidad (que ahora sé inexistente y premeditada, de alguna forma).

Ahora deseo que el dichoso avión hubiera caído al suelo. Que hubiera sido pisoteado y machacado por los viandantes. Que el ridículo mensaje que portaba se hubiera volatilizado, inexistido por siempre. Pero en realidad sé que la fatalidad cayo sobre mí en el momento en que decidí responder; esa soledad y curiosidad insanas que nos hace creer en cosas imposibles que se acaban haciendo posibles y que deberían seguir siendo imposibles. Ahora sé que hay cosas que escapan a nuestra comprensión y que sólo persiguen nuestro fin. ¿La razón? No lo sé. Solamente espero que este mensaje, seguramente mi último mensaje, llegue a ti, que me lees, y que al menos tu alma esté prevenida, porque de ser de otra forma, mi innecesario sacrificio no habrá servido de nada. 

 Pero me estoy desviando. Continuemos.

(Seguirá en la parte II)