martes, 11 de agosto de 2015

Reencuentro

Una ráfaga de aire helado se coló por el interior de la capucha de terciopelo forrada con piel de marta blanca que le cubría la cabeza. Se arrebujó en la capa con la compañía del sonido de sus tacones, dirigiéndose hacia la callejuela que la alejaba de los muelles, rodeada por ese olor a humedad salada que adoraba y la hacía sentirse en casa. El mercenario apostado en la esquina del callejón siguió sus pasos con la mirada sin mover un músculo, con las manos apoyadas cómodamente sobre las empuñaduras de las armas bajo la capa. Las luces y sombras de la antorcha colgada de la pared del edificio desdibujaban caprichosamente su figura y si la semielfa no hubiera sabido que estaba allí, probablemente no lo habría visto. La penumbra que tapaba su rostro se disipó un instante cuando levantó la vista hacia él y sus labios dibujaron una sonrisa dulce que el carmín hizo destacar sobre su piel pálida. El hombre le hizo eco a sus labios, ladeando la suya propia aun sin moverse y la dejó pasar, atento al taconeo que se alejaba con pasos decididos pero sin prisa.

Las calles empezaron a ensancharse a la par que se adentraba en la zona más enriquecida de la ciudad. Los setos desprendían sus sedosos olores y el relente de la noche los transportaba con mimo, anunciando su delicadeza y lo exquisito del lugar. Rebuscó entre los bolsillos interiores de la capa y sacó la pesada llave de hierro pero, al mirar hacia delante de nuevo, detuvo sus pasos en seco. Estudió la figura de la otra mujer que le era terriblemente familiar. El pelo ondulado recogido en una coleta algo ladeada y descuidada, que despuntaba reflejos castaños, la capa de tela gruesa que no debía abrigar demasiado, el tintineo del metal amortiguado conforme la chica iba caminando, recorriendo la puerta de un lado a otro, como una fiera que, irónicamente, quiere entrar en su jaula y no puede. Tomó aire en profundidad, apretó las mandíbulas y empezó a caminar hacia ella tragando saliva.

La vio acercarse. El tintineo se detuvo con sus pasos y se quedó petrificada mientras los tacones de Adhara se acercaban. La semielfa se quitó la capucha, alisándose los pocos cabellos que habían podido despeinarse, y se retiró un mechón cobrizo del rostro, colocándolo con un gesto elegante detrás de la oreja puntiaguda. Sonrió a la chica con una mezcla de ternura y tristeza mientras ésta le clavaba los ojos color miel como hierros candentes, deseando realmente que le quemaran hasta hacerla gritar.

-Dioses, Reggi. Qué alegría verte. ¡Cuánto tiempo!- Amplió la sonrisa dejando escapar una leve risa de alivio al verla. Abrió los brazos para acogerla entre ellos pero la mujer dio un paso atrás, rígida y frunciendo el ceño.

-Tres años.- Contestó Reggina con la voz temblorosa. –Y dos meses…- Añadió apartando la mirada de ella con una mueca de dolor. Ese dolor que oprime el corazón y aprieta la garganta hasta quebrarte la voz.

Adhara asintió un poco y la observó con pesar.

-Anda, entra… Hace un frío horrible, cielo.

Abrió la verja, que rechinó con un lamento, y ambas recorrieron el pequeño camino de piedras planas bordeado de rosales. Cruzaron el jardín y la puerta principal del edificio se abrió despacio. El palacete de piedra gris claro tenía dos alturas y se extendía hacia la derecha majestuoso, con grandes ventanales que daban al jardín, cubiertos por gruesas cortinas bordadas en el interior. Reggina observó el lugar con la ira reflejada en el rostro, imaginando lo espléndido que debía ser todo aquello con la luz del sol. Se permitió la leve satisfacción de pensar que el sol no salía mucho por esas tierras. La sirvienta que había abierto la puerta recogió la capa de la semielfa y le pidió la suya a Reggina, que se quedó mirándola con aspecto ofendido, pero terminó por quitársela y se la entregó, dejándola caer sobre sus manos con un gesto brusco. Adhara suspiró resignada y disculpó el gesto de la chica con un leve asentimiento al ver la perplejidad reflejada en la expresión de la sirvienta.
-Dile a Evelin que nos sirva un poco de ron en la salita azul- Adhara le habló con dulzura mientras se quitaba los guantes.

-Pero… Madame…- La sirvienta la miró con los ojos abiertos de par en par cuando Reggina, agarrándose el faldón y dejando que las monedillas del pañuelo atado a su cadera resonaran con gracia, empezó a subir las escaleras con prisa.

Adhara negó un poco y sonrió a la sirvienta, indicándole que todo estaba bien, y ésta se retiró a hacer lo que se le había pedido.

-Reggi, cariño… ¿Buscas algo?

-Vives en un puto palacio, zorra.- Su voz resonó entre las paredes de mármol, que suavizaron el látigo de su tono.

-Bueno… No me quejo. No me ha ido del todo mal.

Adhara oyó el eco del refunfuño de la mujer, que bajaba de nuevo y buscaba un pasillo por el que meterse. Mientras dejaba que curioseara, abriendo puertas, cajones y armarios, se recolocó el corpiño verde oscuro de terciopelo, alisándose la falda con tranquilidad. No se molestó en seguirla, podía oír su tintineo y sus murmullos enfadados por las habitaciones. Caminó por los pasillos, entrando a la salita azul y dejando las puertas abiertas. Las paredes estaban revestidas de seda de un azul pastel con flores brocadas que la luz de los candelabros no hacía justicia. Evelin estaba allí sirviendo el ron y sonrió a la semielfa con alegría. Le dio las buenas noches y Adhara le apoyó una mano en el hombro dándole las gracias para que se retirara.

Reggina irrumpió en la salita, a punto de chocarse con Evelin en la puerta.

-¿Cuántas sirvientas tienes?- Dijo mirándola con reproche.

-Varias.- Contestó sin más, intentando mantener la sonrisa amable, haciendo acopio de paciencia. –Por favor, siéntate. Ponte cómoda.

Con un resoplido, la mujer se acercó a una de los butacones y se dejó caer con el canto de su ropa, elevando una ráfaga de aroma a romero a su alrededor.

-La última vez que te vi, vivías por los muelles, en un cuartucho de una posada asquerosa, porque las cuatro maderas bajo las que vivías se habían caído con la última tormenta.

Adhara amplió media sonrisa melancólica, asintiendo. Se acomodó en la silla de al lado, cogiendo su vasito de ron y mirándolo pensativa. No supo el tiempo que se quedaron las dos en silencio pero finalmente levantó la mirada hacia la chica. La mejilla de piel morena estaba surcada por una discreta lágrima. No sollozó ni emitió sonido alguno. La semielfa sacó un pañuelo de su manga y se lo ofreció a la chica, que lo cogió y se secó esa única lágrima, devolviéndoselo sin mirarla.

-Le quería…- Susurró con los ojos fijos en el vaso.

-Lo sé, cielo. Pero era un cerdo.- La semielfa encogió un hombro y Reggina lanzó la vista hacia ella con rabia.

-Eso ya lo sabía. No hacía falta que me salvaras, gracias.- Espetó las palabras cargadas de desprecio.

Reggina conocía bien a esa semielfa. Seguramente fuera la persona que mejor la conocía en el mundo, cosa que no dejaba de inquietar a Adhara. Era un poder que había permitido tener a muy pocos, y a ella se lo concedió casi sin darse cuenta. Compartieron los momentos difíciles que te hacen necesitar a alguien a tu lado, ese hermanamiento lleno de confidencias, confesiones, secretos, anhelos y sueños de momentos mejores que quieres gritar al mundo. Reggina la observaba con la admiración de una hermana pequeña por esos entonces, creciendo a su lado y haciéndose una mujer. Fue entonces cuando descubrió que no eran iguales. Adhara era toda sonrisas para todo el mundo, encantadora, dulce e inteligente, con todo el peligro que ello conllevaba cuando se combina con una conciencia distraída. Conseguía lo que deseaba sin darse apenas cuenta de lo sencillo que le resultaba muchas veces. No era consciente del dolor que podía causar a la gente, no prestaba demasiada atención a las consecuencias y se centraba más en sus objetivos que en lo que pasaba alrededor de sus logros. Al principio, Reggina le apuntaba varias de esas consecuencias. La tía de Robert ha tenido que irse de la ciudad después de lo que dijiste en el mercado y él se hace cargo de sus dos hijas ahora. ¿De verdad no lo pensaste? Adhara se la quedaba mirando sorprendida y negaba un poco, bajando la mirada. No… La verdad es que no, contestaba algo confusa. Pero enseguida encontraba un argumento que compensara el mal causado. Robert y su mujer llevan años queriendo tener niños, cielo, al menos ahora pueden ser una familia feliz. Reggina entonces lo veía. Maldita sea, tiene razón. Míralos a los cuatro jugando con el agua de la fuente. Las niñas ríen, tienen padres que las quieren y son felices, joder. Con el tiempo, su sensatez fue acallando los argumentos que le valían a la semielfa, pero el amor que le tenía a su hermana por elección propia, le hacía disculparla y sólo veía una inocencia irresponsable en ella.

El amor de hermana pequeña se transformó en un amor protector. Le daba miedo que esa irresponsabilidad se tornara en su contra y acabara dañándola, cosa que sería de lo más natural, a su entender. La defendía, la ayudaba, incluso trataba de desenredar los entuertos de la semielfa, prestando ayuda a los perjudicados. Adhara estaba encantada con el papel que ella desempeñaba, suavizaba el terreno, se evitaba conflictos y adoraba que esa hermanita pequeña, a la que por supuesto quería tanto como Reggina la quería a ella misma, estuviera siempre cerca. Muchas veces se dejaba guiar por ella, al menos en parte, contagiándose de la sabiduría de sus consejos. Las cosas solían ser más difíciles cuando las hacía al estilo de Reggina y también implicaban algunos sacrificios molestos, pero esa carita morena de felicidad y alivio cuando Adhara le hacía caso, no tenía precio.

-No sé cómo no me di cuenta. Qué ciega estaba…- Reggina negó con resignación y le dio un sorbo al ron. El maldito ron era de los buenos, cómo no.

-Yo no quise hacerte daño, Reggi.- Su voz no sonó arrepentida ni afectada. Lo dijo con suavidad y con certeza.

-He oído esa frase demasiadas veces, Adhara. Hace tiempo que perdió su sentido.

Y en efecto, Adhara había pronunciado esa frase muchas veces delante de ella. Lo decía completamente en serio y nunca había podido ser más cierto que ahora. Se lo había dicho a muchas de sus amigas comunes. Los rasgos finos y élficos de la mujer no pasaban desapercibidos y ella se dejaba mirar, admirar y todo lo demás. Si me empieza a hacer caso a mí, es que no debe quererla tanto. Ella se merece algo mejor, alguien que no vaya piropeando a la primera semielfa que se le cruza en el camino. Y conforme los piropos se complicaban con conversaciones a media tarde en el muelle, paseos por el bosque y lo siguiente, en el fondo les estaba haciendo un favor. Te cuento esto porque soy tu amiga, te quiero y no quiero hacerte daño. Confesaba su pecado con el amado de la susodicha y los lloros salían de dentro con la amargura de la pobre chica. De lo que te has librado, cariño. Vincent se moría de celos cada vez que os veía juntos y ese sí que es un buen chico. A lo mejor deberías hablar con él.

Por eso, cuando Reggina descubrió al hombre que amaba dedicar una mirada furtiva a Adhara, el corazón le dio un vuelco. No será capaz, se dijo. No a su Reggi. Habló con ella, le hizo jurar y perjurar que no le dedicaría ni un ápice de su atención a ese hombre que era suyo. Adhara la había tranquilizado, con palabras dulces, con caricias y con abrazos. Ni lo miraría, ni le hablaría ni nada de nada. Por desgracia, efectivamente, él era un cerdo. Se escabullía, la seguía hasta que se quedaba sola y lo peor es que era elocuente, inteligente, ácido, le arrancaba una risa sincera con descaro cuando ella menos lo esperaba. Era un cerdo y maldijo a ese cerdo por hacer que lo deseara tanto. Y como con tantos otros, compartieron susurros, jadeos y placer unas cuantas veces hasta que los dos se cansaron. Sin dramas, sin echarse más de menos ni nada significativo. Únicamente, que había perdido una hermana, y lo supo antes de contárselo. Su Reggi no la perdonaría esta vez, pero se había estado haciendo a la idea desde hacía ya tiempo.

La luz trémula de los candelabros hacía que los reflejos dorados del ron jugaran sobre la tela gruesa y desgastada color crema del corpiño de Reggina. Los ojos verdes de Adhara la observaban con tranquilidad, dándole tiempo, no queriendo perturbar sus silencios. Finalmente, Reggina levantó la mirada a los ojos verde oscuros de la semielfa.

-No tengo donde ir. Acabo de llegar a la ciudad con una caravana. No estaba dispuesta a pagarles lo que me pidieron por darme alojamiento en el carro…

La sombra que cruzó el rostro de la mujer hizo saber a Adhara que no era ningún metal lo que le habían pedido.

-Estás en tu casa, cariño.