Una ráfaga de aire helado se coló por el interior de la
capucha de terciopelo forrada con piel de marta blanca que le cubría la cabeza.
Se arrebujó en la capa con la compañía del sonido de sus tacones, dirigiéndose
hacia la callejuela que la alejaba de los muelles, rodeada por ese olor a
humedad salada que adoraba y la hacía sentirse en casa. El mercenario apostado en
la esquina del callejón siguió sus pasos con la mirada sin mover un músculo,
con las manos apoyadas cómodamente sobre las empuñaduras de las armas bajo la
capa. Las luces y sombras de la antorcha colgada de la pared del edificio
desdibujaban caprichosamente su figura y si la semielfa no hubiera sabido que
estaba allí, probablemente no lo habría visto. La penumbra que tapaba su rostro
se disipó un instante cuando levantó la vista hacia él y sus labios dibujaron
una sonrisa dulce que el carmín hizo destacar sobre su piel pálida. El hombre
le hizo eco a sus labios, ladeando la suya propia aun sin moverse y la dejó
pasar, atento al taconeo que se alejaba con pasos decididos pero sin prisa.
Las calles empezaron a ensancharse a la par que se
adentraba en la zona más enriquecida de la ciudad. Los setos desprendían sus
sedosos olores y el relente de la noche los transportaba con mimo, anunciando
su delicadeza y lo exquisito del lugar. Rebuscó entre los bolsillos interiores
de la capa y sacó la pesada llave de hierro pero, al mirar hacia delante de
nuevo, detuvo sus pasos en seco. Estudió la figura de la otra mujer que le era
terriblemente familiar. El pelo ondulado recogido en una coleta algo ladeada y
descuidada, que despuntaba reflejos castaños, la capa de tela gruesa que no
debía abrigar demasiado, el tintineo del metal amortiguado conforme la chica
iba caminando, recorriendo la puerta de un lado a otro, como una fiera que,
irónicamente, quiere entrar en su jaula y no puede. Tomó aire en profundidad,
apretó las mandíbulas y empezó a caminar hacia ella tragando saliva.
La vio acercarse. El tintineo se detuvo con sus pasos y
se quedó petrificada mientras los tacones de Adhara se acercaban. La semielfa se
quitó la capucha, alisándose los pocos cabellos que habían podido despeinarse,
y se retiró un mechón cobrizo del rostro, colocándolo con un gesto elegante
detrás de la oreja puntiaguda. Sonrió a la chica con una mezcla de ternura y
tristeza mientras ésta le clavaba los ojos color miel como hierros candentes,
deseando realmente que le quemaran hasta hacerla gritar.
-Dioses, Reggi. Qué alegría verte. ¡Cuánto tiempo!-
Amplió la sonrisa dejando escapar una leve risa de alivio al verla. Abrió los
brazos para acogerla entre ellos pero la mujer dio un paso atrás, rígida y
frunciendo el ceño.
-Tres años.- Contestó Reggina con la voz temblorosa. –Y
dos meses…- Añadió apartando la mirada de ella con una mueca de dolor. Ese
dolor que oprime el corazón y aprieta la garganta hasta quebrarte la voz.
Adhara asintió un poco y la observó con pesar.
-Anda, entra… Hace un frío horrible, cielo.
Abrió la verja, que rechinó con un lamento, y ambas
recorrieron el pequeño camino de piedras planas bordeado de rosales. Cruzaron
el jardín y la puerta principal del edificio se abrió despacio. El palacete de
piedra gris claro tenía dos alturas y se extendía hacia la derecha majestuoso,
con grandes ventanales que daban al jardín, cubiertos por gruesas cortinas
bordadas en el interior. Reggina observó el lugar con la ira reflejada en el
rostro, imaginando lo espléndido que debía ser todo aquello con la luz del sol.
Se permitió la leve satisfacción de pensar que el sol no salía mucho por esas
tierras. La sirvienta que había abierto la puerta recogió la capa de la
semielfa y le pidió la suya a Reggina, que se quedó mirándola con aspecto
ofendido, pero terminó por quitársela y se la entregó, dejándola caer sobre sus
manos con un gesto brusco. Adhara suspiró resignada y disculpó el gesto de la
chica con un leve asentimiento al ver la perplejidad reflejada en la expresión
de la sirvienta.
-Dile a Evelin que nos sirva un poco de ron en la salita
azul- Adhara le habló con dulzura mientras se quitaba los guantes.
-Pero… Madame…- La sirvienta la miró con los ojos
abiertos de par en par cuando Reggina, agarrándose el faldón y dejando que las
monedillas del pañuelo atado a su cadera resonaran con gracia, empezó a subir
las escaleras con prisa.
Adhara negó un poco y sonrió a la sirvienta, indicándole
que todo estaba bien, y ésta se retiró a hacer lo que se le había pedido.
-Reggi, cariño… ¿Buscas algo?
-Vives en un puto palacio, zorra.- Su voz resonó entre
las paredes de mármol, que suavizaron el látigo de su tono.
-Bueno… No me quejo. No me ha ido del todo mal.
Adhara oyó el eco del refunfuño de la mujer, que bajaba
de nuevo y buscaba un pasillo por el que meterse. Mientras dejaba que
curioseara, abriendo puertas, cajones y armarios, se recolocó el corpiño verde
oscuro de terciopelo, alisándose la falda con tranquilidad. No se molestó en
seguirla, podía oír su tintineo y sus murmullos enfadados por las habitaciones.
Caminó por los pasillos, entrando a la salita azul y dejando las puertas
abiertas. Las paredes estaban revestidas de seda de un azul pastel con flores
brocadas que la luz de los candelabros no hacía justicia. Evelin estaba allí
sirviendo el ron y sonrió a la semielfa con alegría. Le dio las buenas noches y
Adhara le apoyó una mano en el hombro dándole las gracias para que se retirara.
Reggina irrumpió en la salita, a punto de chocarse con
Evelin en la puerta.
-¿Cuántas sirvientas tienes?- Dijo mirándola con reproche.
-Varias.- Contestó sin más, intentando mantener la
sonrisa amable, haciendo acopio de paciencia. –Por favor, siéntate. Ponte
cómoda.
Con un resoplido, la mujer se acercó a una de los
butacones y se dejó caer con el canto de su ropa, elevando una ráfaga de aroma
a romero a su alrededor.
-La última vez que te vi, vivías por los muelles, en un
cuartucho de una posada asquerosa, porque las cuatro maderas bajo las que
vivías se habían caído con la última tormenta.
Adhara amplió media sonrisa melancólica, asintiendo. Se acomodó en la silla de al lado, cogiendo su vasito de ron y
mirándolo pensativa. No supo el tiempo que se quedaron las dos en silencio pero
finalmente levantó la mirada hacia la chica. La mejilla de piel morena estaba
surcada por una discreta lágrima. No sollozó ni emitió sonido alguno. La
semielfa sacó un pañuelo de su manga y se lo ofreció a la chica, que lo cogió y
se secó esa única lágrima, devolviéndoselo sin mirarla.
-Le quería…- Susurró con los ojos fijos en el vaso.
-Lo sé, cielo. Pero era un cerdo.- La semielfa encogió un
hombro y Reggina lanzó la vista hacia ella con rabia.
-Eso ya lo sabía. No hacía falta que me salvaras,
gracias.- Espetó las palabras cargadas de desprecio.
Reggina conocía bien a esa semielfa. Seguramente fuera la
persona que mejor la conocía en el mundo, cosa que no dejaba de inquietar a
Adhara. Era un poder que había permitido tener a muy pocos, y a ella se lo
concedió casi sin darse cuenta. Compartieron los momentos difíciles que te
hacen necesitar a alguien a tu lado, ese hermanamiento lleno de confidencias,
confesiones, secretos, anhelos y sueños de momentos mejores que quieres gritar
al mundo. Reggina la observaba con la admiración de una hermana pequeña por
esos entonces, creciendo a su lado y haciéndose una mujer. Fue entonces cuando
descubrió que no eran iguales. Adhara era toda sonrisas para todo el mundo,
encantadora, dulce e inteligente, con todo el peligro que ello conllevaba
cuando se combina con una conciencia distraída. Conseguía lo que deseaba sin
darse apenas cuenta de lo sencillo que le resultaba muchas veces. No era
consciente del dolor que podía causar a la gente, no prestaba demasiada
atención a las consecuencias y se centraba más en sus objetivos que en lo que
pasaba alrededor de sus logros. Al principio, Reggina le apuntaba varias de
esas consecuencias. La tía de Robert ha tenido que irse de la ciudad después de
lo que dijiste en el mercado y él se hace cargo de sus dos hijas ahora. ¿De
verdad no lo pensaste? Adhara se la quedaba mirando sorprendida y negaba un
poco, bajando la mirada. No… La verdad es que no, contestaba algo confusa. Pero
enseguida encontraba un argumento que compensara el mal causado. Robert y su
mujer llevan años queriendo tener niños, cielo, al menos ahora pueden ser una
familia feliz. Reggina entonces lo veía. Maldita sea, tiene razón. Míralos a
los cuatro jugando con el agua de la fuente. Las niñas ríen, tienen padres que
las quieren y son felices, joder. Con el tiempo, su sensatez fue acallando los
argumentos que le valían a la semielfa, pero el amor que le tenía a su hermana
por elección propia, le hacía disculparla y sólo veía una inocencia
irresponsable en ella.
El amor de hermana pequeña se transformó en un amor
protector. Le daba miedo que esa irresponsabilidad se tornara en su contra y
acabara dañándola, cosa que sería de lo más natural, a su entender. La
defendía, la ayudaba, incluso trataba de desenredar los entuertos de la
semielfa, prestando ayuda a los perjudicados. Adhara estaba encantada con el
papel que ella desempeñaba, suavizaba el terreno, se evitaba conflictos y
adoraba que esa hermanita pequeña, a la que por supuesto quería tanto como
Reggina la quería a ella misma, estuviera siempre cerca. Muchas veces se dejaba
guiar por ella, al menos en parte, contagiándose de la sabiduría de sus
consejos. Las cosas solían ser más difíciles cuando las hacía al estilo de
Reggina y también implicaban algunos sacrificios molestos, pero esa carita
morena de felicidad y alivio cuando Adhara le hacía caso, no tenía precio.
-No sé cómo no me di cuenta. Qué ciega estaba…- Reggina
negó con resignación y le dio un sorbo al ron. El maldito ron era de los
buenos, cómo no.
-Yo no quise hacerte daño, Reggi.- Su voz no sonó
arrepentida ni afectada. Lo dijo con suavidad y con certeza.
-He oído esa frase demasiadas veces, Adhara. Hace tiempo
que perdió su sentido.
Y en efecto, Adhara había pronunciado esa frase muchas
veces delante de ella. Lo decía completamente en serio y nunca había podido ser
más cierto que ahora. Se lo había dicho a muchas de sus amigas comunes. Los
rasgos finos y élficos de la mujer no pasaban desapercibidos y ella se dejaba
mirar, admirar y todo lo demás. Si me empieza a hacer caso a mí, es que no debe
quererla tanto. Ella se merece algo mejor, alguien que no vaya piropeando a la
primera semielfa que se le cruza en el camino. Y conforme los piropos se
complicaban con conversaciones a media tarde en el muelle, paseos por el bosque
y lo siguiente, en el fondo les estaba haciendo un favor. Te cuento esto porque
soy tu amiga, te quiero y no quiero hacerte daño. Confesaba su pecado con el amado
de la susodicha y los lloros salían de dentro con la amargura de la pobre
chica. De lo que te has librado, cariño. Vincent se moría de celos cada vez que
os veía juntos y ese sí que es un buen chico. A lo mejor deberías hablar con
él.
Por eso, cuando Reggina descubrió al hombre que amaba
dedicar una mirada furtiva a Adhara, el corazón le dio un vuelco. No será
capaz, se dijo. No a su Reggi. Habló con ella, le hizo jurar y perjurar que no
le dedicaría ni un ápice de su atención a ese hombre que era suyo. Adhara la
había tranquilizado, con palabras dulces, con caricias y con abrazos. Ni lo
miraría, ni le hablaría ni nada de nada. Por desgracia, efectivamente, él era
un cerdo. Se escabullía, la seguía hasta que se quedaba sola y lo peor es que
era elocuente, inteligente, ácido, le arrancaba una risa sincera con descaro
cuando ella menos lo esperaba. Era un cerdo y maldijo a ese cerdo por hacer que
lo deseara tanto. Y como con tantos otros, compartieron susurros, jadeos y
placer unas cuantas veces hasta que los dos se cansaron. Sin dramas, sin
echarse más de menos ni nada significativo. Únicamente, que había perdido una
hermana, y lo supo antes de contárselo. Su Reggi no la perdonaría esta vez,
pero se había estado haciendo a la idea desde hacía ya tiempo.
La luz trémula de los candelabros hacía que los reflejos
dorados del ron jugaran sobre la tela gruesa y desgastada color crema del
corpiño de Reggina. Los ojos verdes de Adhara la observaban con tranquilidad,
dándole tiempo, no queriendo perturbar sus silencios. Finalmente, Reggina
levantó la mirada a los ojos verde oscuros de la semielfa.
-No tengo donde ir. Acabo de llegar a la ciudad con una
caravana. No estaba dispuesta a pagarles lo que me pidieron por darme
alojamiento en el carro…
La sombra que cruzó el rostro de la mujer hizo saber a
Adhara que no era ningún metal lo que le habían pedido.
-Estás en tu casa, cariño.
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