jueves, 12 de enero de 2017

Los brujos del páramo (2)

Continuación de: Los brujos del páramo


-¡Vamos, chaval!- gritó la cornamentera -¿Dónde está ése agua?

Jonás apenas podía arrastrar el cubo de lo grande que era.

-¡Ya va, maestra! ¡Pesa mucho!

-¡No te he dado permiso para que te quejes! ¡Simplemente tráelo!

Jonás había tenido oportunidad ya de ver el rostro de su maestra en los días que habían pasado. Era muy viejo, con la piel dura y cuarteada como cuero y el pelo muy blanco. Parecía una bruja de cuento. Le dijo que se llamaba Masha, pero siempre se dirigiera a ella como “maestra”. Aun así, le dijo, no debía olvidar su nombre.

Jonás trajo el cubo a duras penas hasta el caballo, que se lanzó a por el agua y bebió desesperado.

-Maestra, ¿por qué he tenido que traer el cubo al caballo en lugar de llevar el caballo al río?- dijo Jonás.

Inmediatamente la bruja le dio un guantazo en la cara y Jonás retrocedió unos pasos de la sorpresa.

-Mira niño, ahora eres mío hasta el día que mueras o te conviertas en un shaasvalhi. Cuando te ordene algo, sólo dirás “sí, maestra” y no dudarás una sola de mis órdenes.- La chiva sonrió con sus cascados dientes –Pero ya que preguntas, y un cornamentero siempre responde a las preguntas, te diré por qué… Primero, porque mi caballo vale más que tú. Hasta que no cumplas los diez años, al menos. Segundo, porque me apetecía ver cómo trabajabas. Tercero, porque quería ver si me preguntabas por qué. Eso me gusta. Siempre que quieras saber algo, pregunta.

-Pero…- Jonás calló rápidamente.

-No, no… Pregunta- respondió la vieja Masha.

-Pero, ¿si no puedo preguntar por qué me ordenas algo y quiero saberlo, qué hago?

La vieja bruja le lanzó otra gran bofetada. Jonás lanzó un quejido y un pequeño hilillo de sangre bajó por su nariz.

-Este golpe es por volver a dudar de mí, pero agradezco que hayas hecho a pregunta.- De repente Masha se puso seria- La respuesta a tu pregunta es que depende de tus agallas, simplemente- respondió la vieja –Esta es tu primera lección: saber algo, cuesta algo. Y suele ser peligroso. El camino del shaasvalhi está plagado de preguntas que deben hacerse y casi todas tienen un riesgo. Has de aprender a aguantar el dolor, el miedo y el sufrimiento. Debes estar preparado para hacer cualquier pregunta aunque eso implique tu muerte porque…- la bruja volvió a sonreír con sus maltrechos y macilentos dientes- Si no haces preguntas morirás sin remedio.

Jonás comenzó a lloriquear, en parte por los golpes, en parte por sentirse tan solo. 

-¡No llores!- le espetó la bruja –El truco para sobrevivir siendo un shaasvalhi no está sólo en hacer preguntas, sino en cómo hacerlas para evitar el peligro. Aquí acaba tu primera lección.

Masha se sentó en el suelo ayudada de su vara mientras el caballo seguía disfrutando de su agua y le hizo una seña a Jonás para que viniera.

-Ven, chaval- señaló a sus ya deformes pies -¿Sabes dar masajes de pies?

Jonás negó con la cabeza. De momento abriría la boca lo menos posible.

-Pues ahora empieza tu segunda lección. Vas a aprender a dar un masaje de pies a una vieja.

*             *             *

Los primeros meses no fueron fáciles, especialmente para un niño de siete años como Jonás. Dormían casi siempre a la intemperie y, a pesar de que la bruja tenía una pequeña tienda, no le dejaba dormir dentro y acabó aprendiendo a hacerse una cama con vegetales salvajes. Algunos días no podía dormir del frío. En esos momentos sólo podía pensar en sus padres y hermanos. En su abuelo, que siempre le daba golosinas hechas con frutas del bosque. En el sacerdote del pueblo, que siempre lo llamaba para hacer recados. Incluso echaba de menos el trabajo en el campo, especialmente cuando su padre le mandaba manejar la trilla con el burro, o cuando cargaban la paja al pajar y él se lanzaba con sus hermanos por la polea, aunque luego su madre les echara la bronca… Se preguntaba si los vería alguna vez más y lloraba cuando Masha estaba dormida.

Pasaron de pueblo en pueblo, ayudando a la gente en problemas de salud, o con los cultivos, o haciendo que una vaca estéril se quedara preñada. Siempre que pasaban a un pueblo, Masha se ponía su máscara de cornamenta y obligaba a Jonás a ponerse una capucha que tapara su rostro. Masha decía que eso ayudaba a que les tuvieran miedo y que también tenía otro significado del cual aún no iba a contarle nada. 

Al principio, la magia de su maestra le entusiasmaba y, cuando reunía valor suficiente, le preguntaba cómo hacer esos sortilegios. Si le pillaba de buenas, recibía un sucinto “aún no estás preparado, no sabes nada” como respuesta. Si le pillaba de malas, recibía otra bofetada y la misma respuesta. Aun así, según pasaba el tiempo, se acostumbró a presenciar extraños milagros incomprensibles, hasta que llegó un punto en el que el milagro se hizo cotidiano y, por tanto, dejó de ser milagro.

Comían bastante bien, ya que aunque Masha cobraba “la voluntad”, esa voluntad siempre era muy generosa, debido al miedo de la gente a lo que un Chivo podría hacerles. La maestra de Jonás era egoísta (siempre le hacía caminar mientras ella iba a caballo) y podría ser cruel y sádica, especialmente cuando le ponía en pruebas imposibles para poder pegarle.

-Mira, chaval, una bifurcación del camino- dijo la bruja desde su caballo -¿Tú qué dices? ¿Derecha o izquierda?

-No sé… ¿Derecha?

Jonás recibió un golpe con su vara desde el caballo.

-¿Estás loco?- dijo Masha –A la derecha se va directo al páramo, y está lleno de bestias peligrosas, fuera de los límites de los monolitos.

-Pues a la izquierda… ¿No?

Recibió otro golpe de la cornamentera de parte de su vara.

-¿A la izquierda? ¿Es que no sabes que al este residen las tribus de los envelados? ¡Si nos cogen, nos destriparán!

-¿Pero cómo podía saber yo eso?- dijo Jonás.

-No preguntaste.- respondió simplemente la bruja –Esta es tu lección de hoy: preguntar podría matarte, no hacerlo te matará con seguridad.

Dicho esto, tomó el camino de la derecha directo al páramo.

-Pero,- se arriesgó a preguntar Jonás –Si el páramo es peligroso, ¿por qué vamos para allá?

Masha se giró y soltó una cascada carcajada.

-¿Es que eres tonto o qué? A los shaasvalhi no nos llaman los brujos del páramo por nada. Es hora de volver a casa.

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