viernes, 26 de junio de 2015

Relato para La Isla de Nabumbu

Este relato me ha hecho ganar ron y libros, así es que bien merece ser publicado. En el concurso no gané por votación del público pero Carlos García Miranda, escritor y guionista invitado especial al evento, me eligió como segunda ganadora.

Las bases del concurso para el relato, eran:

- Tiene que empezar o acabar con la frase “Soy un náufrago. Sálvame”
- Ha de hablar de un personaje timador pero de buen corazón.
- Debe aparecer o ser nombrada una mujer fuerte (física o psicológicamente).
- Tiene que estar escrito con narrador en segunda persona.
- No debe ocupar más de la cara de un folio.

Allá vamos:

-Soy un náufrago, ¡sálvame!

-Déjate de lamentos, Javi. No son ni las doce y ya estoy oyéndote.

La camarera está de un especial buen humor y te sirve el whisky dando un golpe en la barra. Dirías que está más gorda que ayer, pero a lo mejor simplemente te ha gritado más de lo normal.

-¡Eh, capullo! Deja de mirarme las tetas. Bébete eso y largo de aquí. Tengo esa patética voz tuya metida en las sienes.

-Siempre tan encantadora. Sabes que no puedo pagarte, ¿no?- le sonríes encantador y encoges los hombros, asumiendo tu condición de pordiosero con traje de Armani.

-¿Por qué te crees que te lo rebajo con el doble de agua que al resto?

-Me matas…- bebes un trago y haces una mueca, siendo ahora más consciente del regusto a cloro del agua del grifo. –Tengo que pedirte un favor, preciosa.

-No.- te lo dice a la cara, inclinando el imponente busto sobre la barra.

-No sabes ni qué es. Además, vas a ganarte unas perrillas.

-¡Ja! eso sí que no me lo creo.

-Te lo juro.- pones tu mejor cara de pena cuando finges que te importa que no te crean.

-Venga, sorpréndeme.- ella se queda mirándote, con una ceja dibujada con lápiz rojo oscuro levantada hasta el infinito.

-Sólo es para que me guardes una cosilla… En un par de días paso a recogerla.- te pones serio. La angustia de la situación aflora sin que tú te des cuenta. Ella ha notado que esa expresión sincera no es propia de ti.

-Joder… ¿qué pasa?

-Nada, me he metido en un lío. Ayudé al crío que vino ayer a verte.

-Eres imbécil… Tú sabes para quién hace recados, ¿no?

-Sí, sí… Por eso estoy jodido. ¿Me ayudas o qué?

Ella resopla y niega mientras coloca sonoramente los platos en la barra.

-Venga, va… Dame esa mierda.

-¡Gracias, preciosa! Mañana te compro un vestido bonito.

-Me valdría con que pagaras la lista de whiskys que me debes.

domingo, 14 de junio de 2015

La Avenida

Imagen; http://newsdaytonabeach.com/ormond-beach-pd-stepping-up-crosswalk-safety-campaign/
Trataba de avanzar pero sentía como si el terreno estuviera embarrado. Sus piernas se clavaban en el suelo hasta las rodillas y notaba el vacío que hacía el lodazal cuando trataba de levantar una pierna para sacarla y avanzar. Cada paso era un suplicio y parecía mínimo. Aunó la visión del barrizal con la de estar soñando, tratando de escapar, de correr desesperadamente, pero quedándose en el mismo sitio siempre.

Suspiró con fuerza, intentando no frustrarse. El barro, barro es, y los sueños, sueños son. No hay nada que tú puedas hacer para cambiarlos. Sólo puedes adaptarte, seguir intentándolo a toda costa y evitar con todas tus fuerzas resignarte a la idea de que no vas a conseguirlo y el esfuerzo no merece la pena.

-Bueno, vamos a dejarlo aquí mejor. La semana que viene trabajaremos de nuevo en esto.- La psicóloga sonrió con benevolencia.

Sintió como si le concediera haberlo hecho tan rematadamente mal. No avanzaba. Ella lo sabía pero seguro que no se atrevía a decírselo. Se relajó al darle la primera calada al cigarro una vez en la calle. Quería dejarlo, pero todo a su tiempo. Estaba en el cruce de dos calles estrechas y, como de costumbre, caminó unos cien metros calle arriba para pasar por el paso de peatones. Miró varias veces a ambos lados, aunque la calle era de un solo sentido y sólo tenía un carril de circulación, y terminó cruzando cuando creyó que era el momento adecuado. Retrocedió calle abajo los mismos cien metros, para seguir por la calle que debía coger y giró a la derecha por otra callejuela para evitar la gran avenida.

Ésta se estrechaba unos trescientos metros más al norte hasta ser sólo de dos carriles. Se colocó en el semáforo tirando el cigarro al suelo y pisándolo. No pasaba ni un solo vehículo a esas horas. La gente no se detenía a esperar a que se pusiera en verde, simplemente echaban un vistazo y pasaban con seguridad. Observó a cada persona que lo hacía imaginándose haciendo lo mismo y le dio un escalofrío. Las imágenes del accidente le vinieron a la mente cuando una niña con mochila cruzó corriendo la calle y el corazón le dio un vuelco.

Sintió las palpitaciones golpeándole el pecho con fuerza, retumbando en sus sienes. Volvió a sentir el traqueteo del coche al pasar por encima del cuerpo tendido en la carretera. Los ecos de los gritos de los viandantes le torturaban. La sangre se abría camino por el asfalto muy lentamente y, de nuevo, le parecía avanzar sin moverse. Ya era tarde, ya estaba muerta. Por más que corriera, no iba a cambiar nada. Oyó una voz lejana y salió de su ensimismamiento dándose cuenta de que no estaba respirando.

-¿Me oye?- El adolescente que tenía delante parecía confuso.- ¿Se encuentra bien?

Respiraba con fuerza, tratando de recuperar el aliento y asintió varias veces.

-¿Seguro? ¿No quiere que llame a nadie?

-No, no… Tranquilo, estoy bien, gracias.- Pensó en esforzarse por sonreír, pero desistió y le hizo un gesto para que siguiera su camino. -No te preocupes. Muchas gracias, de verdad.

La chica que iba con él también estaba algo extrañada pero le asintió un poco, reafirmándose en su respuesta. Ambos siguieron caminando, cruzando la calle y  entonces se dio cuenta de que el semáforo estaba ya en verde. Se apresuró en pasar con rapidez mientras sacaba otro cigarro y tiró el paquete vacío, resignándose a no fumar más durante ese día.

Llegó a casa con el sudor empapando su frente. Se metió bajo la ducha y apoyó las manos en los azulejos, dejando que el agua le golpeara la cabeza. Cada vez se volvía más fría pero no hizo nada por regular la temperatura. Dejó que le enfriara el cuerpo, despejándole la mente y disolviendo la tensión de los músculos que acababa por producirle calambres por las noches. Mientras cocinaba una cena sencilla, pensó en los supuestos objetivos. Caminar durante más tiempo por la avenida sin que el tráfico le disparara el pulso, mirar a los lados de la calle menos veces, controlar el nerviosismo cuando la gente cruza la calle a su alrededor… Todo en vistas a caminar con normalidad por la ciudad, sin dar enormes rodeos que le hacían tardar cuatro veces más en llegar a los sitios. Pero si imaginaba el objetivo final, el vértigo le encogía el estómago.

Esa noche durmió mal, como todos los días en los que había tenido que salir a la calle. Al despertarse por la mañana, tomó la libreta de la mesita de noche y escribió lo que había soñado antes de que se le olvidara. Había leído por internet que había técnicas para tener sueños lúcidos de forma voluntaria y poder controlar lo que pasaba y, después de unos meses sufriendo los efectos de los somníferos, decidió dejar las pastillas e intentar hacer algunos ejercicios de los que había encontrado. Si conseguía relajarse y dormirse con más facilidad, ya sería un avance para su continuo estado de fatiga, pero si además se deshacía de las pesadillas, la calidad del descanso sería estupenda. Sin embargo, todo llevaba su tiempo y de momento, no había logrado grandes resultados.

Caminó hacia el salón con el café hecho del día anterior en la mano, entrando en la estancia con todas las persianas bajadas. «Debería abrirlas» Pensó mientras las miraba. No quería ver ni oír los coches de la calle. Las manos le sudaban mientras tiraba del cordel y las lamas se elevaron poco a poco. La calle estaba tranquila y respiró con algo de alivio. Puso la taza en el fregadero y abrió el grifo. No pasó nada.

Maldijo entre dientes abriendo y cerrando el grifo varias veces. Abrió cada grifo de la casa y no consiguió nada. Temió un corte de agua que después se confirmó en el comunicado del portal. Resopló al ver el papel y pensar que tenía que ir a la tienda a por agua. La compra online no era suficientemente rápida para esta ocasión. Tomó aire en profundidad y salió a la calle. Entrecerró los ojos cuando el sol le dio en la cara y miró varias veces a los lados. Caminó todo lo deprisa que pudo hasta la avenida, tratando de acabar con eso cuanto antes, y vislumbró el largo paso de peatones que llevaba directamente a la tienda.

Apretó los dientes con fuerza, cerrando los puños mientras se acercaba con cuidado al borde de la acera. Esperó paciente, delante del tráfico, mientras un sinfín de coches, motos, autobuses y camiones levantaban el aire bochornoso y sucio de la calle golpeándole en la cara. La silueta roja se apagó y el hombrecillo de luces verdes invitaba a pasar. Esperó a que todos los coches se detuvieran delante del paso antes de empezar a caminar con pasos temblorosos. La calle se ensanchaba, no se acababa nunca. Un chico pasó corriendo por su lado.

Siguió la trayectoria del chico y pudo ver por el rabillo del ojo el coche que se acercaba a toda velocidad. No estaba frenando. Seguía adelante. Acelerado, desbocado. El sonido del motor se hizo casi ensordecedor y no pudo más que correr.

Corrió más de lo que había corrido nunca. Alcanzó al chico que sólo parecía estar pendiente del autobús que estaba perdiendo. Se abalanzó hacia él cayendo ambos al suelo y los neumáticos del coche chirriaron a escasos centímetros de los dos, dando un giro brusco para evitar el embiste.

Todo estaba nublado. Apenas podía ver nada. Sólo oía amortiguadas las voces de la gente que empezaba a amontonarse a su alrededor y del chico, que tenía una expresión aterrorizada en el rostro. No había sangre. No había más gritos de gente atemorizada. Todos suspiraban aliviados.

domingo, 7 de junio de 2015

Darklands, un tributo a Dark Earth

Un viento oscuro soplaba con fuerza. Los pequeños seres que habitaban los desiertos oscuros se escondían en cualquier agujero entre las rocas o entre los ramanegras. La visibilidad, si ya de por sí era baja, ahora era incluso peor debido al polvo que se levantaba en las llanuras. Cuando se pilota un velero de tierra triciclo a sesenta kilómetros por hora guiado sólo por una brújula, desde luego es un incordio. Apenas veía con las gafas de pilotaje y el turbante enrollado alrededor de la capucha de cuero, pero Odón sabía que era mucho mejor así. Aspirar el polvo de las Tierras Oscuras a menudo significaba una muerte lenta por asfixia durante semanas.

Lo cierto es que nadie en su sano juicio sale a las Tierras Oscuras. Todo el que puede permanece en los stallites, ciudades bendecidas por la mano del Dios Sol, donde las nubes nunca ocultan su cálido rostro, ni el de su amada, la Luna. El resto de la Tierra está cubierto de nubes desde el Gran Cataclismo, cuando los pecados de la humanidad obligaron al Dios Sol a eliminar a la orgullosa raza humana, salvo unos pocos elegidos: Los Vagabundos. Ellos eran gente piadosa y temerosa del Sol, que anduvieron durante decenas de años hasta encontrar el primer stallite y fundaron allí la primera de las nuevas ciudades. Desde entonces, todo lo que queda de la humanidad vive en los stallites, salvo algunos eremitas, vagabundos y aventureros.

Como Odón. Bueno, él no era exactamente un aventurero por propia voluntad. Su padre, capitán de los guardias del fuego del stallite de Sparta, consiguió endosarlo en la casta de los predicadores. Como monaguillo, tuvo que escoger a un tutor cuando aprendió gramática y las cuatro reglas. Simplemente tuvo la mala suerte de elegir al maestro más brillante de todos, Magus el Loco. Nadie alcanza el esplendor en el conocimiento hoy día si no se arriesga, ciertamente. Se podría decir que Magus era un hombre extraordinariamente docto en su área, el conocimiento de las Gentes del Pasado, de la Edad del Oro del hombre, cuando aún no había nubes negras de tinieblas en el mundo.

Y ahora estaban tras esos conocimientos, a cientos de kilómetros de Sparta, guiados sólo por una mísera brújula y un mapa viejo.

-¡Tuerce un poco más al oeste, Odón!- gritó con todas sus fuerzas Magus el Loco.

-¡¿Dónde está el oeste, maestro?!- Dijo con el tono más respetuoso que el miedo le dejó gritar.

-¡A tu derecha!- Odón torció el volante de su velero de tierra -¡No! ¡No! ¡No tanto, zoquete!

A Odón le costaba a veces contenerse. A veces la paz del Dios Sol le abandonaba y, simplemente, tenía ganas de mandarlo todo al traste. Ya era bastante difícil llevar un artilugio como este a una velocidad endiablada en la dirección correcta, esquivando pedruscos y ramanegras, en medio de una tormenta de polvo, como para encima aguantar insultos. Podría haberse llevado a Zed, pensaba Odón, es el mejor y más experimentado explorador que tenemos en Sparta. Pero claro, al maestro no le gusta contratar a guardias del fuego...Y le tocaba a él, su aprendiz. Ciertamente, los misterios de la Gente de Antes eran atractivos, pero una vez que salías al campo a encontrarlos... En fin, esto no era para todo el mundo. Posiblemente sólo Zed y Magus tenían el entusiasmo necesario como para volver una y otra vez a las Tierras Oscuras, arriesgando la vida y la cordura.

Allí, el día no era más que un ligero clareo. La noche era eterna, sin luz. El camino sólo era iluminado por los faros de aceite del velero y la débil luz que se intuía entre las nubes y el horizonte. El polvo los días de tormenta era ensordecedor y agobiante. La lluvia, un montón de infecto líquido negruzco lleno de ceniza. El terreno, un árido helado. Y luego estaban las criaturas de la oscuridad.

Desde luego, pensaba Odón, es mejor la tormenta que esas bestias malignas. Al pensar en ellas, hizo el gesto del Dios Sol para protegerse. Sí, eso era lo peor. Antes del Gran Cataclismo no existían. Vinieron con la oscuridad. Criaturas de pesadilla, negras como el azabache, silenciosas como el Llano Oscuro. Seres que viven sólo para destrozar y devorar a todos los seres puros de luz, como los hombres. Eran demonios. Muchos eruditos afirmaban que no eran seres vivos. Al menos, no como el resto de seres vivos del planeta. Ójala no se encuentren con ninguno. Una cuadrilla bien armada de cuatro guardias de fuego tendría dificultadas para acabar con una sola criatura de la oscuridad. Y esta expedición sólo estaba compuesta por un viejo chocho y un joven temeroso.

-¡Bien, ya hemos llegado!- gritó con fuerza Magus -¡Arría la vela!

-¿Que ya hemos llegado? ¿Adónde?- Respondió extrañado Odón.

-¡Mira a tu izquierda, estúpido!

Odón le hizo caso. Al mirar a su izquierda, no vio más que una pared de roca. Pero esa fue su primera impresión. Poco a poco fue distinguiendo aberturas... ¡Ventanas! ¡Paredes caídas! ¡Era un edificio! Pero era inmenso. Odón nunca había visto nada igual. Por lo menos tendría treinta plantas de altura y otras tres enterradas bajo la arena, pero no podía saberlo con la tormenta de polvo y la oscuridad perpetua. Nunca había visto una ciudad de Antes. Ahora que la veía, le pareció entender un poco mejor a su maestro. Empezó a entender por qué era tan importante conocer el pasado. Las obras de los antepasados superaban con creces las posibilidades más imaginativas del más atrevido constructor del stallite.

Costó bastante arriar la vela, casi tanto como introducir el velero de tierra dentro del edificio, donde podrían acampar con más comodidad. Entraba mucha menos arena y viento allí. Mientras Odón realizaba en solitario todas estas tareas, su maestro revisaba el interior del edificio armado con un fusil a vapor y una bayoneta, además de una lámpara de aceite que colgada de un mástil corto a su espalda. Odón no se quejaba. Quién sabe qué oscuras criaturas buscan refugio en los recónditos agujeros de un rascacielos de Antes. Ambos permanecieron en completo silencio mientras realizaban sus tareas. Sabían que cualquier ruido a su alrededor podría ser un tenebroso depredador y debían estar alerta.

Cuando Magus revisó por completo el piso donde se encontraban, al fin dijo algo.

-¡Maldito reuma! ¡El Dios Sol maldiga la Oscuridad! Sin duda es lo peor de hacerse viejo.- dijo mientras abría y cerraba la mano con un gesto de dolor. Magus no era precisamente un jovencito. A sus cincuenta años, había sobrepasado la esperanza de vida media de los habitantes de Sparta. Este mundo no era un mundo cómodo ni fácil.

-No mencione a la Terrible en su reino, maestro, por favor...- dijo Odón temblando.

-El Dios Sol protege a sus fieles, muchacho.- argulló con aparente confianza el ajado erudito -No dejes que el miedo perturbe tu fe. Anda, haz un fuego.

Odón sacó la estufa portátil y preparó la mezcla de restos vegetales y aceite que prendería la estufa. Ya no se hacían fuegos con madera. Ésta era tan cara y excepcional que sólo se utilizaba en muebles para gente importante. Generalmente, los fuegos se hacían en cocinas y estufas, a base de aceite y deshechos de los cultivos. En algunas casas de gente adinerada, incluso utilizaban gas destilado, mucho menos maloliente que el aceite.

Pronto, el calor y la luz de la estufa reconfortaron un poco a ambos. Se sentían casi seguros.

-Odón, haz la primera guardia. Mañana buscaremos objetos de Antes.

Odón cogió el fusil de vapor que le pasó su maestro.

Mañana. No se había dado cuenta de que era de noche... ¿Realmente era de noche?

En ese momento se dio cuenta de que jamás en toda su vida había salido de su stallite. Y tuvo aún más miedo.

* * *

-¡Odón! ¡Vamos, vago impertinente! Tenemos mucho que hacer. Levanta antes de que te devore una criatura de la oscuridad. Ya es de día.

Esas palabras le hicieron levantarse de inmediato.

Aunque realmente, si eso era el día, no veía ninguna diferencia a la noche. Bueno, había una. Ahora llovía un líquido rezumante y negro que hace cientos de años pudo ser agua.

Prepararon lo imprescindible. Comida y bebida para un paseo de ocho horas, un cargamento de aceite para las lámparas, bolsas para transportar los objetos que encontraran, una cuerda, un cuchillo cada uno y, por supuesto, el fusil del maestro y una larga lanza de asta de tubo de acero. En su lugar, se hacen con un tubo de acero con tela y cuero enrrollado para mejorar el agarre. El binomio lanza-fusil se hacía imprescindible para luchar contra un posible engendro de la Oscuridad. La mayoría no morían fácilmente con un sólo disparo; y la lanza ayudaba a mantener a raya a la criatura. La bayoneta de un fusil no solía ser lo bastante larga para evitar que un monstruo destripase al intrépido fusilero que osaba acabar con su existencia con una ridícula bala.

Una vez tuvieron todo listo, descendieron por unas antiguas escaleras hasta unos pisos más abajo.

-Un vagabundo me dijo- comenzó a hablar Magus -que encontró una colección de espejos de Antes depositada aquí abajo. Hemos venido a encontrarla. Tengo la teoría de que los espejos de Antes no eran simples espejos, sino que tenían una función importante. He encontrado espejos normales en otros lugares de Antes, así que sospecho que tienen alguna cualidad técnica que no acabamos de entender. Necesitamos varios espejos de Antes para investigarlos.

-¿Acaso no podría ser que encontrara espejos normales en esos sitios porque un vagabundo pasó y, no sé, los dejara por ahí?

-¡Qué observación más tonta! ¿Quién se va a dejar un espejo en medio de unas ruinas? Además, ¿Quién en su sano juicio entraría en una ciudad de Antes?

Ése último comentario llenó de temor a Odón, que agarró con más fuerza su lanza y avivó sus sentidos. Aparentemente su maestro no era consciente de la situación o no le importaba en absoluto.

Entraron finalmente en una sala llena de polvo, que estaba bajo el nivel del suelo actual. Allí había una gran cantidad de cajas de un material profundamente podrido, una especie de madera blanda, encima de gran cantidad de mesas con unos objetos curiosos: unos eran una especie de cristal empotrado en un material extraño que debajo tenía una tabla con botones llenos de letras, números y símbolos extraños que jamás había visto antes. A su lado una especie de cajas oscuras con botones y agujeros, conectados por una especie de cuerdas o cables de un material extraño.

-Maestro, ¿qué son estos objetos?

-Los antiguos los llamaban computadores. Eran máquinas que permitían hacer cualquier cosa y ver cualquier cosa, por muy lejano en el espacio o el tiempo que estuviera. Los ancestros los usaban para sus labores.- Miró con divertimento a su alumno, pero él no podía percibirlo, envueltos como estaban en harapos para no tragar polvo. -Sigue buscando espejos de Antes. Donde hay computadores, hay espejos.

Odón se fijó en una caja podrida llena de cajitas de un material extraño, que los buscadores llamaban plástico y que no valía gran cosa. Cogió una y, al abrirla, se dió una gran sorpresa.

-¡Maestro! ¡Aquí! ¡Espejos de Antes! Una caja lleja de cajitas que tienen espejos dentro.

Los espejos de Antes eran un disco algo mayor que la palma de la mano, muy finos y con un agujero en medio. Una de las partes era brillante y plateada. En la otra parte, era mate y ponía las palabras "cd rom". Esas misteriosas letras también aparecían en las cajitas donde se guardaban.

-Muy bien, Odón. Cojamos todo y subámoslo al velero.

Tras meter todo en las bolsas que habían traído, volvieron por el camino que habían tomado. Habían tardado apenas dos horas en encontrar lo que habían calculado como ocho, pero no le importaba nada. Cada vez tenía más miedo de este lugar.

Cuando llegaron al velero, cargaron la estufa, que aún permanecía desde la noche, y sus descubrimientos. Magus, renqueante por su reuma, vigilaba con su fusil. Mientras Odón, en plena oscuridad, volvía a preparar el velero, le pareció escuchar algo... Pero era muy débil, probablemente era su imaginación. Sería el viento. Aunque menos intenso que ayer, seguía con suficiente potencia como para poder usar la vela. Genial, pensó, sería horrible tener que usar los pedales del velero.

Se colocó en la pequeña cabina del artefacto y llamó a Magus.

-¡Maestro! ¡Todo listo para soltar velas!

Magus se subió a su cabina, ligeramente atrás y más alta, listo para partir y soltó las velas.

El aparato se empezó a mover, como es habitual. Odón sólo veía oscuridad y aridez, como siempre... Hasta que repentinamente algo saltó sobre el velero justo delante de él. Vio delante de su cara dos ojos rojos rodeados de oscuridad. Con colmillos. Muchos colmillos. Muy largos. No hizo nada. No podía hacer nada, salvo mirar, fascinado por el horror y el miedo. Ni siquiera cuando las fauces se abrieron sobre él hizo nada, salvo dejar los ojos muy abiertos. Le parecía que su boca era tan grande como el mundo, y que le llamaba.

Se oyó un gran petardazo y los trapos que cubrían su rostro se llenaros de una sustancia espesa y negruzca como el betún. Repentinamente, ya no había ojos ni colmillos, otra vez desierto y oscuridad.

-¡Corre, estúpido!- dijo Magus mientras recargaba el fusil que acababa de disparar -¡A toda vela! ¡Pedalea! ¡Es una criatura de la oscuridad!

Sabía que el monstruo había caído, pero no miró atrás, sólo pedaleó muy fuerte. Oyó cómo su maestro disparaba un par de veces más. Luego le dijo algo que no oyó. Siguió pedaleando durante horas, ¿días? No lo recordaba cuánto cuando llegó al stallite.

Le contaron que cuando llegó se desmayó y durmió casi cinco días. De magus no se supo. Su cabina estaba llena de sangre, pero sin un sólo resto del venerable sabio. Usualmente, que un monaguillo abandonara a su predicador de esa manera se castigaba duramente. Sin embargo, todos conocían los riesgos a los que se sometía Magus el Loco y no fueron demasiado duros con Odón. Unos latigazos y unas semanas de oración al Dios Sol fueron suficientes.

Odón nunca contó gran cosa de ése día. Cuando le preguntanban, él sólo era capaz de decir una sola frase:

-Los dientes... Tenía tantos dientes...


lunes, 1 de junio de 2015

Prueba, saludo, etc…

Este post es principalmente para probar formatos, así es que necesitaré un volumen de texto mínimo para poder visualizarlos bien. Por tanto voy a dar rienda suelta al teclado y escribiré un par de cosillas.

Aprovecho entonces para darte las gracias, Juan, por haberme propuesto crear esto de forma conjunta. Ya sabes que me ha hecho mucha ilusión desde el principio (hace apenas unas horas que me lo has dicho y ya estoy poniéndome a ello) y sobre todo va a ser todo un orgullo poder compartir este espacio con tus líneas.

No sé cuánto tiempo vamos a estar posteando cosas, pero sé que va a merecer la pena empezarlo y decidirnos a hacerlo.