Un viento oscuro soplaba con fuerza.
Los pequeños seres que habitaban los desiertos oscuros se escondían
en cualquier agujero entre las rocas o entre los ramanegras. La
visibilidad, si ya de por sí era baja, ahora era incluso peor debido
al polvo que se levantaba en las llanuras. Cuando se pilota un velero
de tierra triciclo a sesenta kilómetros por hora guiado sólo por
una brújula, desde luego es un incordio. Apenas veía con las gafas
de pilotaje y el turbante enrollado alrededor de la capucha de cuero,
pero Odón sabía que era mucho mejor así. Aspirar el polvo de las
Tierras Oscuras a menudo significaba una muerte lenta por asfixia
durante semanas.
Lo cierto es que nadie en su sano
juicio sale a las Tierras Oscuras. Todo el que puede permanece en los
stallites, ciudades bendecidas por la mano del Dios Sol, donde las
nubes nunca ocultan su cálido rostro, ni el de su amada, la Luna. El
resto de la Tierra está cubierto de nubes desde el Gran Cataclismo,
cuando los pecados de la humanidad obligaron al Dios Sol a eliminar a
la orgullosa raza humana, salvo unos pocos elegidos: Los Vagabundos.
Ellos eran gente piadosa y temerosa del Sol, que anduvieron durante
decenas de años hasta encontrar el primer stallite y fundaron allí
la primera de las nuevas ciudades. Desde entonces, todo lo que queda
de la humanidad vive en los stallites, salvo algunos eremitas,
vagabundos y aventureros.
Como Odón. Bueno, él no era
exactamente un aventurero por propia voluntad. Su padre, capitán de
los guardias del fuego del stallite de Sparta, consiguió endosarlo
en la casta de los predicadores. Como monaguillo, tuvo que escoger a
un tutor cuando aprendió gramática y las cuatro reglas. Simplemente
tuvo la mala suerte de elegir al maestro más brillante de todos,
Magus el Loco. Nadie alcanza el esplendor en el conocimiento hoy día
si no se arriesga, ciertamente. Se podría decir que Magus era un
hombre extraordinariamente docto en su área, el conocimiento de las
Gentes del Pasado, de la Edad del Oro del hombre, cuando aún no
había nubes negras de tinieblas en el mundo.
Y ahora estaban tras esos
conocimientos, a cientos de kilómetros de Sparta, guiados sólo por
una mísera brújula y un mapa viejo.
-¡Tuerce un poco más al oeste, Odón!-
gritó con todas sus fuerzas Magus el Loco.
-¡¿Dónde está el oeste, maestro?!-
Dijo con el tono más respetuoso que el miedo le dejó gritar.
-¡A tu derecha!- Odón torció el
volante de su velero de tierra -¡No! ¡No! ¡No tanto, zoquete!
A Odón le costaba a veces contenerse.
A veces la paz del Dios Sol le abandonaba y, simplemente, tenía
ganas de mandarlo todo al traste. Ya era bastante difícil llevar un
artilugio como este a una velocidad endiablada en la dirección
correcta, esquivando pedruscos y ramanegras, en medio de una tormenta
de polvo, como para encima aguantar insultos. Podría haberse
llevado a Zed, pensaba Odón, es el mejor y más experimentado
explorador que tenemos en Sparta. Pero claro, al maestro no le gusta
contratar a guardias del fuego...Y le tocaba a él, su aprendiz.
Ciertamente, los misterios de la Gente de Antes eran atractivos, pero
una vez que salías al campo a encontrarlos... En fin, esto no era
para todo el mundo. Posiblemente sólo Zed y Magus tenían el
entusiasmo necesario como para volver una y otra vez a las Tierras
Oscuras, arriesgando la vida y la cordura.
Allí, el día no era más que un
ligero clareo. La noche era eterna, sin luz. El camino sólo era
iluminado por los faros de aceite del velero y la débil luz que se
intuía entre las nubes y el horizonte. El polvo los días de
tormenta era ensordecedor y agobiante. La lluvia, un montón de
infecto líquido negruzco lleno de ceniza. El terreno, un árido
helado. Y luego estaban las criaturas de la oscuridad.
Desde luego, pensaba Odón,
es mejor la tormenta que esas bestias malignas. Al pensar en
ellas, hizo el gesto del Dios Sol para protegerse. Sí, eso era lo
peor. Antes del Gran Cataclismo no existían. Vinieron con la
oscuridad. Criaturas de pesadilla, negras como el azabache,
silenciosas como el Llano Oscuro. Seres que viven sólo para
destrozar y devorar a todos los seres puros de luz, como los hombres.
Eran demonios. Muchos eruditos afirmaban que no eran seres vivos. Al
menos, no como el resto de seres vivos del planeta. Ójala no se
encuentren con ninguno. Una cuadrilla bien armada de cuatro guardias
de fuego tendría dificultadas para acabar con una sola criatura de
la oscuridad. Y esta expedición sólo estaba compuesta por un viejo
chocho y un joven temeroso.
-¡Bien, ya hemos llegado!- gritó con
fuerza Magus -¡Arría la vela!
-¿Que ya hemos llegado? ¿Adónde?-
Respondió extrañado Odón.
-¡Mira a tu izquierda, estúpido!
Odón le hizo caso. Al mirar a su
izquierda, no vio más que una pared de roca. Pero esa fue su primera
impresión. Poco a poco fue distinguiendo aberturas... ¡Ventanas!
¡Paredes caídas! ¡Era un edificio! Pero era inmenso. Odón nunca
había visto nada igual. Por lo menos tendría treinta plantas de
altura y otras tres enterradas bajo la arena, pero no podía saberlo
con la tormenta de polvo y la oscuridad perpetua. Nunca había visto
una ciudad de Antes. Ahora que la veía, le pareció entender un poco
mejor a su maestro. Empezó a entender por qué era tan importante
conocer el pasado. Las obras de los antepasados superaban con creces
las posibilidades más imaginativas del más atrevido constructor del
stallite.
Costó bastante arriar la vela, casi
tanto como introducir el velero de tierra dentro del edificio, donde
podrían acampar con más comodidad. Entraba mucha menos arena y
viento allí. Mientras Odón realizaba en solitario todas estas
tareas, su maestro revisaba el interior del edificio armado con un
fusil a vapor y una bayoneta, además de una lámpara de aceite que
colgada de un mástil corto a su espalda. Odón no se quejaba. Quién
sabe qué oscuras criaturas buscan refugio en los recónditos agujeros
de un rascacielos de Antes. Ambos permanecieron en completo silencio
mientras realizaban sus tareas. Sabían que cualquier ruido a su
alrededor podría ser un tenebroso depredador y debían estar alerta.
Cuando Magus revisó por completo el
piso donde se encontraban, al fin dijo algo.
-¡Maldito reuma! ¡El Dios Sol maldiga
la Oscuridad! Sin duda es lo peor de hacerse viejo.- dijo mientras
abría y cerraba la mano con un gesto de dolor. Magus no era
precisamente un jovencito. A sus cincuenta años, había sobrepasado
la esperanza de vida media de los habitantes de Sparta. Este mundo no
era un mundo cómodo ni fácil.
-No mencione a la Terrible en su reino,
maestro, por favor...- dijo Odón temblando.
-El Dios Sol protege a sus fieles,
muchacho.- argulló con aparente confianza el ajado erudito -No dejes
que el miedo perturbe tu fe. Anda, haz un fuego.
Odón sacó la estufa portátil y
preparó la mezcla de restos vegetales y aceite que prendería la
estufa. Ya no se hacían fuegos con madera. Ésta era tan cara y
excepcional que sólo se utilizaba en muebles para gente importante.
Generalmente, los fuegos se hacían en cocinas y estufas, a base de
aceite y deshechos de los cultivos. En algunas casas de gente
adinerada, incluso utilizaban gas destilado, mucho menos maloliente
que el aceite.
Pronto, el calor y la luz de la estufa
reconfortaron un poco a ambos. Se sentían casi seguros.
-Odón, haz la primera guardia. Mañana
buscaremos objetos de Antes.
Odón cogió el fusil de vapor que le
pasó su maestro.
Mañana. No se había dado cuenta de
que era de noche... ¿Realmente era de noche?
En ese momento se dio cuenta de que
jamás en toda su vida había salido de su stallite. Y tuvo aún más
miedo.
* * *
-¡Odón! ¡Vamos, vago impertinente!
Tenemos mucho que hacer. Levanta antes de que te devore una criatura
de la oscuridad. Ya es de día.
Esas palabras le hicieron levantarse de
inmediato.
Aunque realmente, si eso era el día,
no veía ninguna diferencia a la noche. Bueno, había una. Ahora
llovía un líquido rezumante y negro que hace cientos de años pudo
ser agua.
Prepararon lo imprescindible. Comida y
bebida para un paseo de ocho horas, un cargamento de aceite para las
lámparas, bolsas para transportar los objetos que encontraran, una
cuerda, un cuchillo cada uno y, por supuesto, el fusil del maestro y
una larga lanza de asta de tubo de acero. En su lugar, se hacen con
un tubo de acero con tela y cuero enrrollado para mejorar el agarre.
El binomio lanza-fusil se hacía imprescindible para luchar contra un
posible engendro de la Oscuridad. La mayoría no morían fácilmente
con un sólo disparo; y la lanza ayudaba a mantener a raya a la
criatura. La bayoneta de un fusil no solía ser lo bastante larga
para evitar que un monstruo destripase al intrépido fusilero que
osaba acabar con su existencia con una ridícula bala.
Una vez tuvieron todo listo,
descendieron por unas antiguas escaleras hasta unos pisos más abajo.
-Un vagabundo me dijo- comenzó a
hablar Magus -que encontró una colección de espejos de Antes
depositada aquí abajo. Hemos venido a encontrarla. Tengo la teoría
de que los espejos de Antes no eran simples espejos, sino que tenían
una función importante. He encontrado espejos normales en otros
lugares de Antes, así que sospecho que tienen alguna cualidad
técnica que no acabamos de entender. Necesitamos varios espejos de
Antes para investigarlos.
-¿Acaso no podría ser que encontrara
espejos normales en esos sitios porque un vagabundo pasó y, no sé,
los dejara por ahí?
-¡Qué observación más tonta! ¿Quién
se va a dejar un espejo en medio de unas ruinas? Además, ¿Quién en
su sano juicio entraría en una ciudad de Antes?
Ése último comentario llenó de temor
a Odón, que agarró con más fuerza su lanza y avivó sus sentidos.
Aparentemente su maestro no era consciente de la situación o no le
importaba en absoluto.
Entraron finalmente en una sala llena
de polvo, que estaba bajo el nivel del suelo actual. Allí había una
gran cantidad de cajas de un material profundamente podrido, una
especie de madera blanda, encima de gran cantidad de mesas con unos
objetos curiosos: unos eran una especie de cristal empotrado en un
material extraño que debajo tenía una tabla con botones llenos de
letras, números y símbolos extraños que jamás había visto antes.
A su lado una especie de cajas oscuras con botones y agujeros,
conectados por una especie de cuerdas o cables de un material
extraño.
-Maestro, ¿qué son estos objetos?
-Los antiguos los llamaban
computadores. Eran máquinas que permitían hacer cualquier
cosa y ver cualquier cosa, por muy lejano en el espacio o el tiempo
que estuviera. Los ancestros los usaban para sus labores.- Miró con
divertimento a su alumno, pero él no podía percibirlo, envueltos
como estaban en harapos para no tragar polvo. -Sigue buscando espejos
de Antes. Donde hay computadores, hay espejos.
Odón se fijó en una caja podrida
llena de cajitas de un material extraño, que los buscadores llamaban
plástico y que no valía gran cosa. Cogió una y, al abrirla,
se dió una gran sorpresa.
-¡Maestro! ¡Aquí! ¡Espejos de
Antes! Una caja lleja de cajitas que tienen espejos dentro.
Los espejos de Antes eran un disco algo
mayor que la palma de la mano, muy finos y con un agujero en medio.
Una de las partes era brillante y plateada. En la otra parte, era
mate y ponía las palabras "cd rom". Esas misteriosas
letras también aparecían en las cajitas donde se guardaban.
-Muy bien, Odón. Cojamos todo y
subámoslo al velero.
Tras meter todo en las bolsas que
habían traído, volvieron por el camino que habían tomado. Habían
tardado apenas dos horas en encontrar lo que habían calculado como
ocho, pero no le importaba nada. Cada vez tenía más miedo de este
lugar.
Cuando llegaron al velero, cargaron la
estufa, que aún permanecía desde la noche, y sus descubrimientos.
Magus, renqueante por su reuma, vigilaba con su fusil. Mientras Odón,
en plena oscuridad, volvía a preparar el velero, le pareció
escuchar algo... Pero era muy débil, probablemente era su
imaginación. Sería el viento. Aunque menos intenso que ayer, seguía
con suficiente potencia como para poder usar la vela. Genial,
pensó, sería horrible tener que usar los pedales del velero.
Se colocó en la pequeña cabina del
artefacto y llamó a Magus.
-¡Maestro! ¡Todo listo para soltar
velas!
Magus se subió a su cabina,
ligeramente atrás y más alta, listo para partir y soltó las velas.
El aparato se empezó a mover, como es
habitual. Odón sólo veía oscuridad y aridez, como siempre... Hasta
que repentinamente algo saltó sobre el velero justo delante de él.
Vio delante de su cara dos ojos rojos rodeados de oscuridad. Con
colmillos. Muchos colmillos. Muy largos. No hizo nada. No podía
hacer nada, salvo mirar, fascinado por el horror y el miedo. Ni
siquiera cuando las fauces se abrieron sobre él hizo nada, salvo
dejar los ojos muy abiertos. Le parecía que su boca era tan grande
como el mundo, y que le llamaba.
Se oyó un gran petardazo y los trapos
que cubrían su rostro se llenaros de una sustancia espesa y negruzca
como el betún. Repentinamente, ya no había ojos ni colmillos, otra
vez desierto y oscuridad.
-¡Corre, estúpido!- dijo Magus
mientras recargaba el fusil que acababa de disparar -¡A toda vela!
¡Pedalea! ¡Es una criatura de la oscuridad!
Sabía que el monstruo había caído,
pero no miró atrás, sólo pedaleó muy fuerte. Oyó cómo su
maestro disparaba un par de veces más. Luego le dijo algo que no
oyó. Siguió pedaleando durante horas, ¿días? No lo recordaba
cuánto cuando llegó al stallite.
Le contaron que cuando llegó se
desmayó y durmió casi cinco días. De magus no se supo. Su cabina
estaba llena de sangre, pero sin un sólo resto del venerable sabio.
Usualmente, que un monaguillo abandonara a su predicador de esa
manera se castigaba duramente. Sin embargo, todos conocían los
riesgos a los que se sometía Magus el Loco y no fueron demasiado
duros con Odón. Unos latigazos y unas semanas de oración al Dios
Sol fueron suficientes.
Odón nunca contó gran cosa de ése
día. Cuando le preguntanban, él sólo era capaz de decir una sola
frase:
-Los dientes... Tenía tantos
dientes...
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