Este relato me ha hecho ganar ron y libros, así es que
bien merece ser publicado. En el concurso no gané por votación del público pero
Carlos García Miranda, escritor y guionista invitado especial al evento, me
eligió como segunda ganadora.
Las bases del concurso para el relato, eran:
- Tiene que empezar o acabar con la frase “Soy un náufrago.
Sálvame”
- Ha de hablar de un personaje timador pero de buen
corazón.
- Debe aparecer o ser nombrada una mujer fuerte (física o
psicológicamente).
- Tiene que estar escrito con narrador en segunda
persona.
- No debe ocupar más de la cara de un folio.
Allá vamos:
-Soy un náufrago, ¡sálvame!
-Déjate de lamentos, Javi. No son ni las doce y ya estoy
oyéndote.
La camarera está de un especial buen humor y te sirve el
whisky dando un golpe en la barra. Dirías que está más gorda que ayer, pero a
lo mejor simplemente te ha gritado más de lo normal.
-¡Eh, capullo! Deja de mirarme las tetas. Bébete eso y
largo de aquí. Tengo esa patética voz tuya metida en las sienes.
-Siempre tan encantadora. Sabes que no puedo pagarte,
¿no?- le sonríes encantador y encoges los hombros, asumiendo tu condición de
pordiosero con traje de Armani.
-¿Por qué te crees que te lo rebajo con el doble de agua
que al resto?
-Me matas…- bebes un trago y haces una mueca, siendo
ahora más consciente del regusto a cloro del agua del grifo. –Tengo que pedirte
un favor, preciosa.
-No.- te lo dice a la cara, inclinando el imponente busto
sobre la barra.
-No sabes ni qué es. Además, vas a ganarte unas
perrillas.
-¡Ja! eso sí que no me lo creo.
-Te lo juro.- pones tu mejor cara de pena cuando finges
que te importa que no te crean.
-Venga, sorpréndeme.- ella se queda mirándote, con una
ceja dibujada con lápiz rojo oscuro levantada hasta el infinito.
-Sólo es para que me guardes una cosilla… En un par de
días paso a recogerla.- te pones serio. La angustia de la situación aflora sin
que tú te des cuenta. Ella ha notado que esa expresión sincera no es propia de
ti.
-Joder… ¿qué pasa?
-Nada, me he metido en un lío. Ayudé al crío que vino
ayer a verte.
-Eres imbécil… Tú sabes para quién hace recados, ¿no?
-Sí, sí… Por eso estoy jodido. ¿Me ayudas o qué?
Ella resopla y niega mientras coloca sonoramente los
platos en la barra.
-Venga, va… Dame esa mierda.
-¡Gracias, preciosa! Mañana te compro un vestido bonito.
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