sábado, 10 de diciembre de 2016

Imágenes que inspiran #02

Al igual que Lain, he decidido realizar este experimento de realizar un pequeño relato a partir de una imagen que encuentre por ahí. Agradecer a Lain la idea y haberme pasado la primera imagen, así que se lo dedico a ella por ser hoy su cumpleaños. Por cierto, me he basado en esta imagen:
http://greg-opalinski.deviantart.com/art/Initiate-586852740

Los brujos del páramo

El Sacrificio


Como todos los años, llegó el día de las lágrimas.

Las mujeres sollozaban mientras sus maridos intentaban no hacerlo. Así y todo, llevaban a sus retoños al centro del ruin poblacho donde vivían, una maltrecha explanada de tierra con una antigua columna de piedra esculpida eones atrás.

Esa columna era la razón de su desdicha y de su gozo. Por cientos de años, su aldea había estado protegida por tan sencillo monolito. Cómo funcionaba o quién puso ése elemento era algo que escapaba de la curiosidad de la mayoría y de la comprensión de todos. Sólo sabían que ningún ser maligno podría acercarse a veinte leguas del pueblo mientras estuviera la columna. El problema es que toda salvación exige su sacrificio. 

Los Chivos, los Cornamenteros, los brujos del Páramo Muerto... Los llamaban de mil formas en la región. Ellos mantenían la extraña columna en funcionamiento. Al menos eso decía la tradición, nunca nadie se les había opuesto a sus mandatos. Porque tenían sus mandatos.  

Para mantener el orden de las cosas, exigían un sacrificio: cada año se llevarían de cada aldea de la región a un niño o a una niña. Si no se cumplía escrupulosamente este mandato, los abandonarían a su suerte.

Nadie sabía dónde vivían estos Cornamenteros, sólo sabían que moraban más allá del Páramo Muerto, donde cualquier persona honrada no vuelve si se atreve a adentrarse en su interior. Estos brujos aparecían en las aldeas al inicio de cada estación. Generalmente son una bendición, ya que sus artes curativas y mágicas han salvado incontables vidas.

Salvo el día de las lágrimas, el día del sacrificio.

Los niños esperaban al lado del monolito. Tenían miedo. Se veía en sus caras. Pero alguno también tenía esa curiosidad que da la oportunidad de presenciar lo extraordinario, lo sobrenatural. Muchos niños lloraban desconsoladas, pero sus padres se habían atrincherado en las casas, cerrando a cal y canto toda puerta o ventana.

Ése día había niebla. Los niños tiritaban de frío a pesar de sus ropas de invierno. Muchos iban descalzos, ya que los zapatos eran para los adultos.

Entonces se oyó. El cansino y lento trote de un caballo. Todos los niños sabían lo que significaba. La mayoría ya habían pasado por esto otros años.

Entre jirones de niebla se fue formado la siniestra sombra. Un ser humanoide montado en un viejo caballo negro como la tizne. El Chivo llevaba en su rostro, a modo de máscara, los restos del cráneo de un cabrón, cuyos largos cuernos se extendían a los lados y por detrás hasta más abajo de la altura de los hombros. No se podía ver un solo detalle del rostro, sólo dos pequeños y oscuros agujeros en el cráneo del difunto caprino. Una sencilla pero gruesa túnica con capucha de color oscuro tapaba todo su cuerpo, salvo unos pocos mechones de pelo blanco y las siniestras y finas manos del brujo. El Cornamentero llevaba apoyada en su hombro una langa vara en la que rebotaban, colgados de su extremo, cráneos de distintos seres, entre ellos uno humano.  

Los niños, paralizados de terror, miraban fijamente a la oscura figura. El Chivo bajó de su montura y se acercó, casi como si flotara, a los niños. Algunos dieron algún paso atrás, pero eso fue todo. Misteriosamente, todos los niños se quedaron paralizados, como sujetos por una cuerda invisible que ataba sus manos, pies y cabezas. El brujo, sin pronunciar ni una sola palabra, se acercó a uno de los niños. ¿Sería por su mirada? ¿Su edad? ¿Su aspecto? Nadie lo sabía con seguridad. El elegido era un infante de unos siete años. El Chivo tocó su frente y dejó la huella de la palma de su mano en sangre. En ese instante, el niño perdió todo su pelo, su piel se volvió blanca y cayó como desmayado, pero con los ojos abiertos.  

Como si el niño pesara igual que una pluma, el Cornamentero lo izó con una sola mano, lo puso en el caballo. El Chivo se sentó detrás del niño, aguantándolo para que no cayera y se marcharon, envolviéndolo con una manta.  

Cuando el brujo desapareció entre la niebla con su sacrificio, los goznes de las puertas chirriaron con miedo de abrirse. Los niños corrieron a sus padres llorando, o queriendo llorar, libres de la tétrica paralización. Una madre gritó de dolor.

                                                                               * * * 

El niño se despertó a lomos del caballo, desorientado. Notó un cuerpo caliente detrás de él, agarrándolo. 

-Todos los años es así, niño- sonó una voz femenina bajo la máscara de la Cornamentera -Aprenderás a acostumbrarte, estoy seguro. 

-Yo...- Apenas el niño podía entender nada -¿Qué...? 

-Ahora eres mi aprendiz. Has sobrevivido al toque de mi mano, así que tienes posibilidades. Aún podrías morir, por supuesto... Los últimos cuatro aprendices que tuve murieron en menos de un año. Pero todavía nos quedan mucho para prepararte, ¿verdad?.- El niño casi parecía poder apreciar una sonrisa bajo la cornuda máscara.  

-No entiendo...- Apenas podía mantener los ojos abiertos.  

-Vas a ser uno de los Sabios de los Pilares, niño. Un Shaasvalhi. Lo que en tu pueblo llaman un Cornamentero. Si sobrevives a mis lecciones, claro. 

El niño no dijo nada. Estaba cansado y sólo quería dormir.  

-Hacía muchos años que no venía a la aldea, sí... Allí también nací yo.  

El niño cerró los ojos, exhausto.

Los brujos del páramo (2)

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Imágenes que inspiran #01

http://greg-opalinski.deviantart.com/art/MTG-Briarbridge-Patrol-597482166

El aire congelaba todo lo congelable. Los árboles, aparentemente secos, permanecían inmóviles en el mismo letargo invernal que permanecía todo. Sólo oía sus pasos apresurados sobre la nieve virgen y su respiración, que desprendía una bocanada de humo blanco con cada jadeo. Era dolorosamente consciente de que había bajado el ritmo, pero seguía dejándose el alma en ir lo más rápido posible. Krishta sentía el bosque pasar con rapidez por sus laterales, pero su vista estaba centrada en el punto más lejano que la niebla le dejaba alcanzar, casi deseando que mirar más lejos le hiciera ir más rápido. Se esperanzó al no oír nada más que sus botas desde hacía rato, hasta que crujió algo bajo su pie derecho. Pegó un grito cuando el cepo le agarró el tobillo y cayó de bruces al suelo, sin querer siquiera retorcerse de dolor por miedo a que se lo arrancara de cuajo. Apretó los dientes con fuerza sabiendo que eso era todo. Hasta ahí había llegado. La sangre caliente emergía de la herida, empapándole las pieles del pantalón y la bota, y le mantuvo el pie caliente por primera vez en meses. Rio para sí intentando mirarse el pie.

-Aun tendré que estar agradecida y todo…- masculló con un hilo de voz.

Los otros pasos no se hicieron esperar. Eran dos. Uno de cuatro patas, que olisqueaba la nieve y se movía con rapidez, con la certeza de que el rastro era el correcto. La otra era de dos patas. Sus pasos eran pesados y lentos. Sabía que aquello que perseguía no iba a llegar muy lejos. Primero apareció el de cuatro patas. El sabueso le llegaría a la cintura si Krishta estuviera de pie. Empezó a ladrar con fuerza sin llegar a acercarse a ella, quedándose a un par de metros de distancia. La dueña no se apresuró por alcanzarlo y el perro, frustrado, miraba hacia atrás continuamente, instándola a darse prisa. Cuando la vio aparecer, Krishta tragó saliva, sin querer mover un músculo para que el cepo no se moviera. Su perseguidora, Dorna, era una mole cubierta de pieles de animales, con el rostro de piel oscura y el pelo negro trenzado, que no parecía molestarle el frío lo suficiente para ponerse la capucha. Tenía la espada en la mano, bien preparada, para que el frío no le impidiera sacarla de la funda. Chistó al perro con suavidad y se quedó callado al instante, mirando a Krishta con curiosidad mientras jadeaba. La mujer le apuntó con la espada, clavándole los ojos negros con la suficiencia que la situación le regalaba. El rostro blanquecino de la muchacha destacaba entre las pieles marrones que la abrigaban, y sus mejillas y su nariz tenían un vivo tono rosado por el esfuerzo de la carrera.

-Te dije que era peor huir.- su voz tenía la oscuridad de su piel y la profundidad de sus ojos.

-Prefería intentarlo de todas formas.- le costaba alzar la voz y vencer el dolor que sentía en el pie.

-Te va a doler más. Vas a tener que volver andando. No pienso cargar contigo.

-Bueno, también puedo negarme.- se señaló el tobillo con un cabeceo. –Motivos no me faltan.

Dorna se acercó con un suspiro, ladeando una sonrisa. A pesar de todo, apreciaba esa cara dura y esa actitud desafiante que siempre había tenido, incluso cuando las circunstancias confabulaban más en su contra. Dejó la espada en la nieve y le abrió el cepo apretando la mandíbula por el esfuerzo.

-Ponte de pie.- ordenó haciendo ella lo propio después de volver a coger su arma. Haberla liberado la intranquilizó y se mantuvo más alerta.

Krishta alargó una mano para que la ayudara y Dorna respondió alejándose medio paso y volviéndole a apuntar con el arma.

-Te he visto sacar fuerzas en situaciones peores.

Era lo malo de que el enemigo te conociera demasiado. Krishta hizo una mueca de fastidio y se puso en pie de un impulso.

-¡Joder, qué daño!- espetó con un gruñido.

Dorna esperó paciente a que se repusiera del dolor y se hizo a un lado sin dejar de apuntarle con la espada, dándole paso para que empezara a caminar. Kirshta se demoró un segundo, mirando a su alrededor, y se cogió a un árbol joven que crecía junto a ella. Tenía grosor perfecto para un bastón y la altura idónea para dos. Dorna resopló poniendo los ojos en blanco y se acercó al árbol. Llamó al perro y le dijo una frase en un idioma que Krishta no entendía. El sabueso movió la cola y se colocó entre Dorna y Krishta, ladrando a la muchacha para que retrocediera. Krishta reculó a la pata coja y, cuando el sabueso consideró que la distancia era la correcta, se calló y se quedó mirándola con el cuerpo tenso y la cola dando tumbos de un lado a otro. Dorna había sacado una pequeña hacha y cortaba el árbol joven con facilidad bajo la atenta mirada de la muchacha. Cuando Krishta dio un pequeño salto para recolocar la postura, el perro ladró con los belfos retraídos.

-No te muevas, niña. A Kaneel le da igual que te duela el pie.- le advirtió Dorna, acabando de hacer una muleta con el tronco y algo de cuerda.

-Ya que estás, podrías hacerme dos.

-Con una te basta.- guardó el hacha y cogió su espada de nuevo. –Kaneel, bure.

El perro se relamió y se separó de Krishta, deambulando por los alrededores con desinterés. Dorna lanzó la muleta a los pies de la muchacha y esta se agachó con esfuerzo para cogerla. La marcha era desesperante. La muleta se clavaba en el suelo, por debajo de donde sus pies pisaban la nieve. Era increíblemente incómoda. Pero si no fuera por ese apoyo, no podría dar un paso. El pie le palpitaba y sentía que pesaba una tonelada. Dorna la observaba caminar delante de ella, sin perder de vista ni un solo movimiento de la figura menuda. El aire gélido agitaba los finos cabellos rubios, casi blancos, de la chica por fuera de su capucha.

-No vamos a llegar nunca…- se lamentó jadeando por el esfuerzo, apoyando todo el peso en la muleta con las dos manos.

-Descansaremos un momento.

Kirshta se dejó caer en la nieve, notando el alivio de la pierna sana cuando dejó de cargar con su peso. Dorna cogía algunas ramas secas, dispuesta a encender un fuego, pero una flecha silbó y se clavó en su hombro haciendo que volviera a dejarlas caer. El grito de la mujer alertó al perro, que corrió hacia ella con un ladrido. Se colocó a su espalda, como le había entrenado, pegando los cuartos traseros a sus pantorrillas, poniendo ojos donde los de ella no llegaban. Otro silbido cruzó el aire desde lo alto de un árbol y la segunda flecha se clavó en el muslo de Dorna. Una tercera se clavó enseguida en sus costillas, bajo su pecho, y la hizo caer de rodillas en la nieve. Krishta miraba a todos lados con la muleta agarrada como si fuera a servirle de algo. Notó cómo unos brazos la cogían de las axilas y la alzaban en volandas.

-Tranquila, ya te tenemos.- reconoció la voz serena de Feur bajo la capa de matorrales secos y pieles blancas que lo cubrían.

-Habéis tardado una eternidad, cabrones.

-Ya bueno, nuestra arquera tenía que moverse por los árboles para que el perro no la detectara.

-Ya, ya… No corras tanto. Me estás haciendo polvo el pie.

-Por una vez, no pienso hacerte caso. 

domingo, 16 de octubre de 2016

El Reflejo

http://krisvlad.deviantart.com/art/The-Mirror-283645230
Ella era un encanto. Cuando tuvo que mudarse a casa de sus padres de nuevo, le dieron la habitación de la abuela. Su habitación se había convertido en el estudio y estaba repleta de estanterías con libros. Le dolía estar aquí. Lloró la primera vez que entró. Pero entonces, ella no había reparado en mí todavía.

Hace poco se dio cuenta de que yo estaba aquí. Las dos hemos cambiado, pero sabía que me reconocería. Se quedó mirándome fijamente, y me emocioné tanto que la saludé. Le mostré a la abuela con ella en la cama, contándole una de sus historias. En lugar de agradecérmelo se asustó y cubrió el espejo con la chaqueta. Me insultó.

Su padre quitó la chaqueta por la mañana y en cuanto ella entró por la puerta, le manifesté mi descontento. La obligué a que me mirara. “Soy tú” le dije, “Pero soy mejor”. Me introduje en sus pupilas y estoy segura de que le dolió. Le seguiría doliendo para siempre. Ahora sería yo la que podría bajar a cenar con la familia y saldría al jardín a leer a la sombra del tilo. Y podría mirarla cada día, ahí atrapada. En el espejo.