Al igual que Lain, he decidido realizar este experimento de realizar un pequeño relato a partir de una imagen que encuentre por ahí. Agradecer a Lain la idea y haberme pasado la primera imagen, así que se lo dedico a ella por ser hoy su cumpleaños. Por cierto, me he basado en esta imagen:
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| http://greg-opalinski.deviantart.com/art/Initiate-586852740 |
Los brujos del páramo
El Sacrificio
Como todos los años, llegó el día de las lágrimas.
Las mujeres sollozaban mientras sus maridos intentaban no hacerlo. Así y todo, llevaban a sus retoños al centro del ruin poblacho donde vivían, una maltrecha explanada de tierra con una antigua columna de piedra esculpida eones atrás.
Esa columna era la razón de su desdicha y de su gozo. Por cientos de años, su aldea había estado protegida por tan sencillo monolito. Cómo funcionaba o quién puso ése elemento era algo que escapaba de la curiosidad de la mayoría y de la comprensión de todos. Sólo sabían que ningún ser maligno podría acercarse a veinte leguas del pueblo mientras estuviera la columna. El problema es que toda salvación exige su sacrificio.
Los Chivos, los Cornamenteros, los brujos del Páramo Muerto... Los llamaban de mil formas en la región. Ellos mantenían la extraña columna en funcionamiento. Al menos eso decía la tradición, nunca nadie se les había opuesto a sus mandatos. Porque tenían sus mandatos.
Para mantener el orden de las cosas, exigían un sacrificio: cada año se llevarían de cada aldea de la región a un niño o a una niña. Si no se cumplía escrupulosamente este mandato, los abandonarían a su suerte.
Nadie sabía dónde vivían estos Cornamenteros, sólo sabían que moraban más allá del Páramo Muerto, donde cualquier persona honrada no vuelve si se atreve a adentrarse en su interior. Estos brujos aparecían en las aldeas al inicio de cada estación. Generalmente son una bendición, ya que sus artes curativas y mágicas han salvado incontables vidas.
Salvo el día de las lágrimas, el día del sacrificio.
Los niños esperaban al lado del monolito. Tenían miedo. Se veía en sus caras. Pero alguno también tenía esa curiosidad que da la oportunidad de presenciar lo extraordinario, lo sobrenatural. Muchos niños lloraban desconsoladas, pero sus padres se habían atrincherado en las casas, cerrando a cal y canto toda puerta o ventana.
Ése día había niebla. Los niños tiritaban de frío a pesar de sus ropas de invierno. Muchos iban descalzos, ya que los zapatos eran para los adultos.
Entonces se oyó. El cansino y lento trote de un caballo. Todos los niños sabían lo que significaba. La mayoría ya habían pasado por esto otros años.
Entre jirones de niebla se fue formado la siniestra sombra. Un ser humanoide montado en un viejo caballo negro como la tizne. El Chivo llevaba en su rostro, a modo de máscara, los restos del cráneo de un cabrón, cuyos largos cuernos se extendían a los lados y por detrás hasta más abajo de la altura de los hombros. No se podía ver un solo detalle del rostro, sólo dos pequeños y oscuros agujeros en el cráneo del difunto caprino. Una sencilla pero gruesa túnica con capucha de color oscuro tapaba todo su cuerpo, salvo unos pocos mechones de pelo blanco y las siniestras y finas manos del brujo. El Cornamentero llevaba apoyada en su hombro una langa vara en la que rebotaban, colgados de su extremo, cráneos de distintos seres, entre ellos uno humano.
Los niños, paralizados de terror, miraban fijamente a la oscura figura. El Chivo bajó de su montura y se acercó, casi como si flotara, a los niños. Algunos dieron algún paso atrás, pero eso fue todo. Misteriosamente, todos los niños se quedaron paralizados, como sujetos por una cuerda invisible que ataba sus manos, pies y cabezas. El brujo, sin pronunciar ni una sola palabra, se acercó a uno de los niños. ¿Sería por su mirada? ¿Su edad? ¿Su aspecto? Nadie lo sabía con seguridad. El elegido era un infante de unos siete años. El Chivo tocó su frente y dejó la huella de la palma de su mano en sangre. En ese instante, el niño perdió todo su pelo, su piel se volvió blanca y cayó como desmayado, pero con los ojos abiertos.
Como si el niño pesara igual que una pluma, el Cornamentero lo izó con una sola mano, lo puso en el caballo. El Chivo se sentó detrás del niño, aguantándolo para que no cayera y se marcharon, envolviéndolo con una manta.
Cuando el brujo desapareció entre la niebla con su sacrificio, los goznes de las puertas chirriaron con miedo de abrirse. Los niños corrieron a sus padres llorando, o queriendo llorar, libres de la tétrica paralización. Una madre gritó de dolor.
* * *
El niño se despertó a lomos del caballo, desorientado. Notó un cuerpo caliente detrás de él, agarrándolo.
-Todos los años es así, niño- sonó una voz femenina bajo la máscara de la Cornamentera -Aprenderás a acostumbrarte, estoy seguro.
-Yo...- Apenas el niño podía entender nada -¿Qué...?
-Ahora eres mi aprendiz. Has sobrevivido al toque de mi mano, así que tienes posibilidades. Aún podrías morir, por supuesto... Los últimos cuatro aprendices que tuve murieron en menos de un año. Pero todavía nos quedan mucho para prepararte, ¿verdad?.- El niño casi parecía poder apreciar una sonrisa bajo la cornuda máscara.
-No entiendo...- Apenas podía mantener los ojos abiertos.
-Vas a ser uno de los Sabios de los Pilares, niño. Un Shaasvalhi. Lo que en tu pueblo llaman un Cornamentero. Si sobrevives a mis lecciones, claro.
El niño no dijo nada. Estaba cansado y sólo quería dormir.
-Hacía muchos años que no venía a la aldea, sí... Allí también nací yo.
El niño cerró los ojos, exhausto.
Los brujos del páramo (2)

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