Sólo se había dedicado a caminar.
Es cierto que se había planificado alguna ruta, que quería llegar a algunos
sitios concretos, pero no tenía demasiadas pretensiones. Al fin y al cabo,
había que seguir adelante y caminar era lo que importaba. Aun así, no era
fácil. Había cuestas duras, días de mal tiempo, un calor horroroso que te
sofocaba, fríos despiadados que te congelaban, lluvias intensas que hacían
cortina y no te dejaban ver lo que había delante, nieblas, nieve. Era difícil,
pero caminaba y eso era bueno. O eso decía todo el mundo.
Un día se dio
cuenta de que hacía mucho tiempo que no hacía mal tiempo. El camino era llano,
no le dolían los pies, y todo parecía normal. No era como esos días de paseos
agradables, cuando hacía frío pero caminaba al sol y le templaba el cuerpo
haciéndole sonreír. Tampoco era esa sensación de plenitud que alguna vez
sintió, o le dijeron que se sentía, cuando caminaba a paso vivo, casi
corriendo, exaltada por la emoción. Ni siquiera estaba en un paisaje plagado de
esos verdes de los jardines, con los movimientos suaves de las ramas de los
árboles, que te infunden paz. Simplemente, el terrero era llano. El paisaje era
gris neutro, ni muy brillante ni muy oscuro. No hacía ni frío ni calor. Supuso
que eso estaba bien, comparado con los días malos, así es que siguió.
Había estado caminando tanto
tiempo por ese paisaje insípido que no recordaba por qué camino había llegado
allí. Creía tener cierta idea de por dónde había entrado pero tal vez sólo lo
había soñado. O a lo mejor había descubierto varias formas de entrar sin darse
cuenta o ser consciente de ello, pero juraría que podía recordar un par de
ellas. Habló con gente que caminaba por la misma zona.
-Hace tiempo que no llueve, ¿no?
-Bueno, llovió el otro día.
-Vaya, pues no cayó nada por
donde yo iba. ¿No es todo muy gris?
-Mira, ahí hay una maceta. Tiene
unas flores preciosas.
Miró hacia donde estaba
señalándole y ladeó la cabeza al ver que efectivamente había una planta.
-Sí, pero… No sé, no me parece
tan bonita.
-Supongo que depende de cómo lo
mires.
Eso estaba claro. Para cada uno, caminar era diferente. Nadie podía cambiar cómo eran tus caminatas excepto tú
mismo. Y aun así, todo seguía gris, insípido, inodoro, intangible, inmutable.
Se paró.
Se quedó mirándose los pies,
viéndolos quietos, uno al lado del otro. Se preguntó por qué no había parado
antes. Para qué había estado caminando. A dónde quería ir. Se dijo que podía
volver a caminar, pero, ¿para qué? ¿Qué utilidad tenía eso? El resto seguía
caminando y no influía mucho que ella hubiera dejado de hacerlo. Si seguía
caminando, seguiría por ese paisaje neutro, dejándose llevar por sus pasos sin
fijarse por dónde iba y sin importarle a dónde estaba yendo. Había intentado
buscar la salida de esa zona un par de veces, pero tampoco había sido demasiado
útil. Volver era fácil porque llegaba allí sin darse cuenta. Era donde iba
cuando se dejaba llevar sin más, cuando se relajaba.
Tomó aire y se sentó un rato en
el suelo, cruzando las piernas, para observar a los demás. Todos caminaban
diferente pero no parecía haber nadie perdido. Sabían a dónde iban, recordaban
de dónde venían y porqué habían pasado por los sitios que habían decidido
pasar. Se imaginaba a sí misma, ahí sentada, quieta y sin avanzar y notó cómo
la angustia subía por su pecho y se quedaba en su garganta en forma de nudo.
Qué despojo de camino. Qué inutilidad de existencia ¿Para qué estaba ahí? ¿Qué
había estado haciendo? Pensó en levantarse pero no le pareció apetecible. El
paisaje neutro no invitaba. Y ya había visto que no influía mucho si se quedaba
ahí o seguía caminando. Tenía el mismo sentido lo uno que lo otro.
-¿Qué haces ahí sentada?
Una voz la hizo reaccionar. Miró
hacia arriba y vio una expresión confusa en su interlocutor.
-Nada, tranquilo. Sólo estoy
descansando un poco.- contestó con una sonrisa amable.
-¿Te duele algo? ¿Necesitas que
te ayude?- dijo tendiéndole la mano.
-No, no. No pasa nada. Sólo estoy
descansando un momento, muchas gracias.- dijo medio riendo, demostrando lo
divertido que le parecía que se preocupara por algo tan insignificante como
tomarse un descanso.
A él le relajó la actitud de
tranquilidad de ella y le devolvió la sonrisa con amabilidad.
-Está bien. Si necesitas algo,
dímelo.- dijo alejándose.
-¡Muchas gracias!- alzó la voz
para que la oyera, agitando la mano a modo de despedida.
Ese chico había sido muy
agradable. Por suerte, no había sido necesario explicarle porqué estaba ahí de
verdad. Lo único que sí era verdad es que no pasaba nada. Nada en absoluto. Vio
a la gente caminar a su alrededor en ese paisaje anodino, cada uno a su manera.
Pasó un chico arrastrando los pies como si las piernas le pesaran una tonelada.
Sudaba y ponía cara de esfuerzo pero iba con paso seguro, vislumbrando su ruta
con claridad. Otra chica avanzaba con ligereza, con una amplia sonrisa en la
boca, casi levitando con cada paso. No parecía esforzarse en mover las piernas
e impulsarse hacia delante, pero con cada movimiento avanzaba un amplio
trayecto sin tocar el suelo, como si la gravedad no ejerciera su fuerza sobre
ella. Alguien dejó escapar un grito al tropezarse con algo que sobresalía del
suelo. Cayó de bruces haciendo que varias personas se tuvieran que detener. El
hombre de mediana edad se cogió de la rodilla con el rostro encogido. Parecía
más molesto que dolorido, no se había hecho nada grave pero le entorpecía haber
tenido que pararse. Entre un par de personas le ayudaron a levantarse y a que
diera un par de pasos. El hombre les dio las gracias y siguió caminando con una
ligera cojera, pero no estaba preocupado porque seguro que se le pasaría
pronto.
Se empezó a encontrar bastante cómoda en
ese pequeño espacio, sentada en el suelo. Se acomodó un poco más para seguir
viendo a la gente caminar y examinar cómo lo hacía cada uno. Poco a poco, se
recostó de lado, siguiendo con la mirada el corretear de una niña que pasaba
por delante de ella en ese momento. No recordaba haber correteado así muy a
menudo, pero seguro que cuando era pequeña se parecía a esa niña de la coleta. A
alguien se le cayó la chaqueta detrás de ella y se incorporó para cogerla.
-¡Eh! ¡Perdona! ¡Oye, se te
ha caído la…!
La persona iba demasiado deprisa
y ya no la podía oír. Se encogió de hombros y miró la chaqueta. Era bastante
buena y tenía un forro de piel blanca con un pelaje largo y sedoso. Sonrió y volvió
a recostarse de lado echándosela por encima. Mientras todo el mundo caminaba a
su alrededor, ella permanecía ahí tumbada, caliente y cómoda, sin moverse. Ya
que estaba bien así, no le pareció que hiciera falta hacer nada. Veía a todo el
mundo caminar y no le apetecía levantarse. Los había que sufrían mucho
caminando y recordaba lo que ella había sufrido cuando caminaba. Cada vez que
alguien se caía, le quedaba claro que estaba mejor ahí tumbada, donde seguro
que no podría caerse nunca. Una mujer muy mayor caminaba con mucha dificultad
un día y se le ocurrió acercarse a echarle una mano, pero estaba bastante
alejada y tendría que caminar mucho, pudiendo hacerse daño. Se destapó un poco
y sintió que hacía más frío sin la chaqueta por encima, así es que volvió a
taparse. Finalmente otra persona se acercó a ayudar a la anciana y ya no hizo
falta que fuera ella. Realmente, ella no era necesaria. No hacía falta que se
levantara y anduviera. ¿Para qué iba a hacerlo? Algunas personas la miraron al
pasar por su lado, pero ella siempre sonreía y saludaba así es que supusieron
que no le pasaba nada malo y siguieron su camino sin darle más
importancia.
El calor de la chaqueta le dio
sueño y decidió que cerraría los ojos un momento. Oía a la gente caminar a su
alrededor pero ya no le apetecía verlos, con oírlos le era suficiente. Al fin y
al cabo no eran más que una distracción mientras pasaban los días, no era
demasiado importante prestarles mucha atención. Con los ojos cerrados también
se podía estar y el paisaje gris tampoco era tan agradable como para querer verlo. El
sueño fue aumentando y el sonido de la gente cada vez se oía más lejano.
Suspiró y se acurrucó más bajo la chaqueta, hasta que poco a poco, fue
quedándose dormida.
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