miércoles, 11 de enero de 2017

Caminando

Sólo se había dedicado a caminar. Es cierto que se había planificado alguna ruta, que quería llegar a algunos sitios concretos, pero no tenía demasiadas pretensiones. Al fin y al cabo, había que seguir adelante y caminar era lo que importaba. Aun así, no era fácil. Había cuestas duras, días de mal tiempo, un calor horroroso que te sofocaba, fríos despiadados que te congelaban, lluvias intensas que hacían cortina y no te dejaban ver lo que había delante, nieblas, nieve. Era difícil, pero caminaba y eso era bueno. O eso decía todo el mundo.

Un día se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no hacía mal tiempo. El camino era llano, no le dolían los pies, y todo parecía normal. No era como esos días de paseos agradables, cuando hacía frío pero caminaba al sol y le templaba el cuerpo haciéndole sonreír. Tampoco era esa sensación de plenitud que alguna vez sintió, o le dijeron que se sentía, cuando caminaba a paso vivo, casi corriendo, exaltada por la emoción. Ni siquiera estaba en un paisaje plagado de esos verdes de los jardines, con los movimientos suaves de las ramas de los árboles, que te infunden paz. Simplemente, el terrero era llano. El paisaje era gris neutro, ni muy brillante ni muy oscuro. No hacía ni frío ni calor. Supuso que eso estaba bien, comparado con los días malos, así es que siguió.

Había estado caminando tanto tiempo por ese paisaje insípido que no recordaba por qué camino había llegado allí. Creía tener cierta idea de por dónde había entrado pero tal vez sólo lo había soñado. O a lo mejor había descubierto varias formas de entrar sin darse cuenta o ser consciente de ello, pero juraría que podía recordar un par de ellas. Habló con gente que caminaba por la misma zona.

-Hace tiempo que no llueve, ¿no?

-Bueno, llovió el otro día.

-Vaya, pues no cayó nada por donde yo iba. ¿No es todo muy gris?

-Mira, ahí hay una maceta. Tiene unas flores preciosas.

Miró hacia donde estaba señalándole y ladeó la cabeza al ver que efectivamente había una planta.

-Sí, pero… No sé, no me parece tan bonita.

-Supongo que depende de cómo lo mires.

Eso estaba claro. Para cada uno, caminar era diferente. Nadie podía cambiar cómo eran tus caminatas excepto tú mismo. Y aun así, todo seguía gris, insípido, inodoro, intangible, inmutable. Se paró.

Se quedó mirándose los pies, viéndolos quietos, uno al lado del otro. Se preguntó por qué no había parado antes. Para qué había estado caminando. A dónde quería ir. Se dijo que podía volver a caminar, pero, ¿para qué? ¿Qué utilidad tenía eso? El resto seguía caminando y no influía mucho que ella hubiera dejado de hacerlo. Si seguía caminando, seguiría por ese paisaje neutro, dejándose llevar por sus pasos sin fijarse por dónde iba y sin importarle a dónde estaba yendo. Había intentado buscar la salida de esa zona un par de veces, pero tampoco había sido demasiado útil. Volver era fácil porque llegaba allí sin darse cuenta. Era donde iba cuando se dejaba llevar sin más, cuando se relajaba.

Tomó aire y se sentó un rato en el suelo, cruzando las piernas, para observar a los demás. Todos caminaban diferente pero no parecía haber nadie perdido. Sabían a dónde iban, recordaban de dónde venían y porqué habían pasado por los sitios que habían decidido pasar. Se imaginaba a sí misma, ahí sentada, quieta y sin avanzar y notó cómo la angustia subía por su pecho y se quedaba en su garganta en forma de nudo. Qué despojo de camino. Qué inutilidad de existencia ¿Para qué estaba ahí? ¿Qué había estado haciendo? Pensó en levantarse pero no le pareció apetecible. El paisaje neutro no invitaba. Y ya había visto que no influía mucho si se quedaba ahí o seguía caminando. Tenía el mismo sentido lo uno que lo otro.

-¿Qué haces ahí sentada?

Una voz la hizo reaccionar. Miró hacia arriba y vio una expresión confusa en su interlocutor.

-Nada, tranquilo. Sólo estoy descansando un poco.- contestó con una sonrisa amable.

-¿Te duele algo? ¿Necesitas que te ayude?- dijo tendiéndole la mano.

-No, no. No pasa nada. Sólo estoy descansando un momento, muchas gracias.- dijo medio riendo, demostrando lo divertido que le parecía que se preocupara por algo tan insignificante como tomarse un descanso.

A él le relajó la actitud de tranquilidad de ella y le devolvió la sonrisa con amabilidad.

-Está bien. Si necesitas algo, dímelo.- dijo alejándose.

-¡Muchas gracias!- alzó la voz para que la oyera, agitando la mano a modo de despedida.

Ese chico había sido muy agradable. Por suerte, no había sido necesario explicarle porqué estaba ahí de verdad. Lo único que sí era verdad es que no pasaba nada. Nada en absoluto. Vio a la gente caminar a su alrededor en ese paisaje anodino, cada uno a su manera. Pasó un chico arrastrando los pies como si las piernas le pesaran una tonelada. Sudaba y ponía cara de esfuerzo pero iba con paso seguro, vislumbrando su ruta con claridad. Otra chica avanzaba con ligereza, con una amplia sonrisa en la boca, casi levitando con cada paso. No parecía esforzarse en mover las piernas e impulsarse hacia delante, pero con cada movimiento avanzaba un amplio trayecto sin tocar el suelo, como si la gravedad no ejerciera su fuerza sobre ella. Alguien dejó escapar un grito al tropezarse con algo que sobresalía del suelo. Cayó de bruces haciendo que varias personas se tuvieran que detener. El hombre de mediana edad se cogió de la rodilla con el rostro encogido. Parecía más molesto que dolorido, no se había hecho nada grave pero le entorpecía haber tenido que pararse. Entre un par de personas le ayudaron a levantarse y a que diera un par de pasos. El hombre les dio las gracias y siguió caminando con una ligera cojera, pero no estaba preocupado porque seguro que se le pasaría pronto. 

Se empezó a encontrar bastante cómoda en ese pequeño espacio, sentada en el suelo. Se acomodó un poco más para seguir viendo a la gente caminar y examinar cómo lo hacía cada uno. Poco a poco, se recostó de lado, siguiendo con la mirada el corretear de una niña que pasaba por delante de ella en ese momento. No recordaba haber correteado así muy a menudo, pero seguro que cuando era pequeña se parecía a esa niña de la coleta. A alguien se le cayó la chaqueta detrás de ella y se incorporó para cogerla.

-¡Eh! ¡Perdona! ¡Oye, se te ha caído la…!

La persona iba demasiado deprisa y ya no la podía oír. Se encogió de hombros y miró la chaqueta. Era bastante buena y tenía un forro de piel blanca con un pelaje largo y sedoso. Sonrió y volvió a recostarse de lado echándosela por encima. Mientras todo el mundo caminaba a su alrededor, ella permanecía ahí tumbada, caliente y cómoda, sin moverse. Ya que estaba bien así, no le pareció que hiciera falta hacer nada. Veía a todo el mundo caminar y no le apetecía levantarse. Los había que sufrían mucho caminando y recordaba lo que ella había sufrido cuando caminaba. Cada vez que alguien se caía, le quedaba claro que estaba mejor ahí tumbada, donde seguro que no podría caerse nunca. Una mujer muy mayor caminaba con mucha dificultad un día y se le ocurrió acercarse a echarle una mano, pero estaba bastante alejada y tendría que caminar mucho, pudiendo hacerse daño. Se destapó un poco y sintió que hacía más frío sin la chaqueta por encima, así es que volvió a taparse. Finalmente otra persona se acercó a ayudar a la anciana y ya no hizo falta que fuera ella. Realmente, ella no era necesaria. No hacía falta que se levantara y anduviera. ¿Para qué iba a hacerlo? Algunas personas la miraron al pasar por su lado, pero ella siempre sonreía y saludaba así es que supusieron que no le pasaba nada malo y siguieron su camino sin darle más importancia. 


El calor de la chaqueta le dio sueño y decidió que cerraría los ojos un momento. Oía a la gente caminar a su alrededor pero ya no le apetecía verlos, con oírlos le era suficiente. Al fin y al cabo no eran más que una distracción mientras pasaban los días, no era demasiado importante prestarles mucha atención. Con los ojos cerrados también se podía estar y el paisaje gris tampoco era tan agradable como para querer verlo. El sueño fue aumentando y el sonido de la gente cada vez se oía más lejano. Suspiró y se acurrucó más bajo la chaqueta, hasta que poco a poco, fue quedándose dormida.

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