Aminoraba el paso cuando pasaba por delante de ese bajo en obras, cada día. Su incertidumbre había ido creciendo por verlo siempre tapado con plásticos. Nunca había coincidido que entrara o saliera alguien cuando pasaba él, así es que, cuando por fin acabaron las obras y lo abrieron, Alfredo se quedó parado en la puerta, mirando el cartel.
Milhojas de deseos, rezaba con letras elegantes y adornadas. Era una pastelería. Estaba de suerte porque podría comprarse algo de vez en cuando para llevárselo al trabajo. El interior estaba impecable y pudo distinguir a la dependienta cuando apareció en la cocina. Se quedó mirándola sin darse cuenta. Era una joven con el pelo del color del chocolate puro, recogido en una redecilla donde permanecía cuidadosamente trenzado. Siguió sus movimientos gráciles mientras caminaba por la cocina, que podía verse con claridad desde fuera ya que toda la pared era de cristal.
Esa mujer era hipnótica. Amasaba con gestos rítmicos, cubría de chocolate los pasteles, rellenaba los bollos, todo con una sonrisa suave mientras movía los labios como si estuviera cantando. Los movimientos de su cuerpo eran cremosos, embriagadores para los cinco sentidos. Se dio cuenta de que había una mujer a su lado, igual de hipnotizada que él, viendo a la pastelera trabajar. Miró a su alrededor y varias personas estaban observando a la chica sin que esta se diera cuenta o sin que le importara. Alguien entró a la pastelería y la chica se detuvo. Después de sacar una hornada de galletas, salió al mostrador sonriendo ampliamente a la anciana que había entrado.
Las dos hablaron mientras miraban la selección de dulces que había expuesta. A Alfredo le entraron unas ganas repentinas de escuchar la voz de esa chica y decidió entrar sorteando a la gente. Cuando los ojos color miel de la muchacha se posaron en él, sintió que sus mejillas se enrojecían con un sofoco. Pero lejos de estar nervioso, todo era calmado. La pastelería estaba envuelta en una paz y una calidez de hogar que destensaba el cuerpo.
—Buenos días —dijo ella preparándole una bandeja de pastelitos a la anciana.
Su voz no podía sonar de otra forma. Dulce.
—Buenos días —saludó él con un leve balbuceo.
La anciana lo miró y amplió una sonrisa emocionada. Él la miró mientras caminaba lentamente hacia la puerta, cogiendo uno de sus pasteles y deleitándose con él sin esperar. Se giró y vio a la pastelera apoyada con una mano en el mostrador y la otra en la cintura.
—Dígame, caballero. ¿Qué desea hoy?
Era una pregunta importante. Paseó la mirada por el expositor y un timbre sonó en la cocina.
—Uy, disculpe un segundo —dijo la pastelera entrando a la cocina, levantando una brisa de aire con olor a jengibre.
Alfredo siguió mirando el expositor sin saber qué pedir. Cada pequeña pieza estaba hecha con el más exquisito cuidado. La pastelera salió con una bandeja de metal con una montañita de trozos de galleta sobre un tapete de papel blanco con los bordes troquelados en forma de encaje.
—Adelante, pruébelas. A lo mejor le ayuda a decidirse —dijo colocándola sobre el mostrador.
Tuvo que cerrar los ojos cuando saboreó la galleta. Ese crujiente era perfecto, el limón despuntaba con frescura y se potenciaba con un remanente picante del jengibre fresco. Cuando abrió los ojos, miró a la mujer sorprendido. Ella rio asintiendo.
—Exacto. Eso es lo que deseaba usted hoy. Algo fresco y picante.
No le había hecho falta hablar. Observó cómo apilaba las galletas en una caja de cartón con mimo, tarareando una cancioncilla en un susurro. En el frente de la caja registradora había un letrero donde se leía: Sus deseos son gratis en nuestro día de inauguración.
—Sus deseos, caballero. Vuelva pronto.
—Gracias —dijo él en un susurro, sonriendo a la pastelera embelesado mientras cogía su caja de galletas y salía a la calle.
Cuando salió comiéndose una de las galletas, disfrutándola a conciencia, los que estaban fuera se quedaron mirándole. Pero él no prestaba atención a nada que no estuviera en la fiesta de sabores de su boca. Se dejó llevar de forma automática hacia la oficina y tras él, la gente entró en tropel en la pastelería. Cuando llegó al trabajo, se preocupó al ver el gran reloj de la pared indicándole que llegaba algo tarde. Su jefe caminaba apresurado con una montaña de papeles en los brazos y cuando pasó por su lado se paró.
—¿Dónde estabas? Te he llamado hace un rato para que vinieras al despacho… ¿A qué huele? —dijo olfateando el aire y miró la caja de galletas—. ¿Qué es eso?
—Es de una pastelería nueva que… Bueno, disculpa. Iré a tu despacho enseguida.
—No, tranquilo. Ven cuando puedas.
Alfredo, perplejo, siguió con la mirada el paso apresurado de su jefe. Caminó hacia su escritorio y la estancia se llenó de ese aroma a jengibre y limón. El movimiento frenético de la estancia empezó a ralentizarse y la gente levantó la cabeza aspirando el aroma y sonriendo. Todos empezaron a hablarse con menos urgencias y sonreían más. Alguien levantó una persiana y la luz del sol compitió con la de los halógenos. Abrieron las ventanas y una brisa recorrió la oficina refrescando el ambiente y haciendo que respirar fuera más fácil. Un compañero se acercó a su mesa.
—Buenos días —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Te acuerdas del balance para esta tarde?—Alfredo resopló al recordarlo. Sin dejarle contestar, añadió—. Sí, es bastante coñazo. Mira, déjalo. Ya lo hago yo.
Su compañero se fue mientras silbaba alegremente y Alfredo no daba crédito. El ambiente era tan ligero y encima, cada vez que tenía que hacer una tarea pesada, llegaba alguien que se ofrecía a hacerla por él. Cuando no se ofrecían, un simple “¿Te importaría hacerlo tú?” bastaba para que aceptaran con la mayor de las sonrisas.
Al día siguiente, cuando pasó por delante de la pastelería, estaba llena de gente. La pastelera le saludó desde dentro con una sonrisa alegre y él le devolvió el saludo y la sonrisa. Llegó al trabajo y la gente parloteaba animada mientras iban cumpliendo con sus obligaciones. Las ventanas volvían a estar abiertas y las persianas completamente corridas. El aire entraba a sus anchas a la oficina. Los papeles salieron volando y la gente se echó a reír, ordenándolos enseguida. Se sentó en su sitio y cogió el teléfono. Empezó a hablar con sus compañeros y nadie necesitaba que él hiciera nada. Todas las tareas estaban haciéndose sin que él tuviera que ocuparse. Suspiró largamente y se relajó en la silla, sin nada más que hacer que terminarse las galletas. Cuando acabó el día, había sido tan aburrido que se le había hecho eterno.
Por la mañana salió un poco antes de casa para poder pasarse por la pastelería a primera hora. Al entrar, esa sensación de paz y calidez volvió a inundarlo. El olor del azúcar caramelizado en el horno entró en sus pulmones.
—Buenos días, caballero. Qué madrugador —saludó la pastelera mientras despachaba a una chica.
—Sí, el otro día llegué un poco tarde al trabajo.
La clienta se despidió y la pastelera se recolocó el mandil con un gesto automatizado.
—¿Qué tal los deseos del otro día?
—Eso quería comentarle. Verá, las galletas estaban riquísimas. Pero claro… Todo cambió mucho. Demasiado.
—Ah, bueno. Eso puede pasar, sí —dijo ella asintiendo—. Pero los deseos eran suyos, señor. Yo sólo hago galletas y pasteles. Lo que pase luego —lo miró con una sonrisilla divertida, encogiéndose de hombros— sólo depende de usted.
—Entiendo —murmuró—. En ese caso, hoy querré algo diferente.
—Por supuesto. Usted me dirá qué es lo que desea.
—Pues… algo más clásico. No sé, un poco más como antes.
—Más como antes —repitió ella, reflexionando mientras repasaba el mostrador—. Vale, creo que ya sé lo que necesita.
Alfredo se quedó mirándola expectante. La chica empezó a canturrear alegremente mientras cogía una bolsa de papel fino con las letras de la pastelería impresas. Empezó a coger unas pequeñas ensaimadas con la cantidad justa de azúcar en polvo por encima, con aspecto esponjoso y que aún estaban calientes cuando se las dio a Alfredo.
—Sus deseos, caballero —dijo guiñándole un ojo.
—Perfecto —dijo él sonriendo.
Cuando llegó al trabajo, se colocó en su sitio y el olor de las ensaimadas empezó a dispersarse. El azúcar caliente, la mantequilla horneada. Sacó una y la saboreó con tranquilidad mientras el ordenador arrancaba. Alguien dijo que hacía un poco de frío y las ventanas se cerraron, quedándose así todos los papeles en su sitio. Pero las persianas permanecían abiertas y la luz del día iluminaba la estancia con claridad. Sus compañeros repartieron tareas con él y pudo dedicarse a lo que más le gustaba. A pesar de tener que resolver problemas o de que el trabajo fuera pesado a veces, lo disfrutaba y estaba contento de que algunas cosas volvieran a ser como antes.
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