—¿Quién iba al volante del vehículo? —nos preguntó el policía con una mirada suspicaz.
—Yo, yo, yo —me apresuré a contestar mientras Miguel bajaba la vista—. Mercedes Sebastià Ruiz. Mi DNI es…
—Espere, espere, señora. Deje que yo le vaya pidiendo los datos por orden.
Pero no me los pidió. Primero, quiso repasar los hechos que yo le acababa de contar. Mi hijo Miguel estaba con sus amigos esa noche. Se habían quedado sin autobús para volver y me había llamado para que los recogiera. Total, cuando sale de fiesta no soy capaz de quitarme la ropa de calle y ponerme el pijama, por si le pasara algo y tuviera que salir por patas. Cogí el coche y fui enseguida a recogerles, a él y a sus dos amigos. Ya se puede uno imaginar cómo va a encontrarse a tres chiquillos de diecisiete años un viernes a las dos de la madrugada. Se subieron al coche intentando disimular su estado, como si no les acabara de ver “deshuevaos” perdidos en la calle, a punto de caerse de la risa. Esa risa floja que el alcohol potencia. Aunque no hablaran, el tufillo etílico se instaló en el coche enseguida y también pude olerlo en el aliento de mi hijo cuando me dio un beso.
Treinta segundos tardó en aparecer la primera risilla ahogada en el asiento de atrás. Miguel intentó que se callaran, pero sus amigos ya reían a carcajadas por cualquier estupidez que les hubiera pasado esa noche. Yo, con los nervios de punta. Los críos, partiéndose de risa. Y el capullo del coche de atrás, pitándome cuando el semáforo de los peatones se puso en rojo y el de los vehículos aún no había cambiado.
—Ay, Javier… Si tu madre te viera… —dije a uno de los de atrás metiendo primera.
—No, no, Merche, por favor, no le digas nada a mi madre.
—A ver, imbécil, que mi madre es legal. Que no va a decir na’ —replicó mi hijo muy seguro.
Como si hiciera falta que yo le dijera algo a esa mujer. Ni que las madres fuéramos tontas. Mientras arrancaba, estaba mirando a Javier por el retrovisor, y de paso, al pesado del coche de atrás que seguía pitando. Arranqué y salí rápidamente, y la bici se me cruzó sin que yo la viera siquiera. Sólo noté el impacto en el coche.
Todo fue muy rápido. Casi no me acuerdo. Me intenté asomar para ver qué había pasado pero no vi nada. Cuando tiré a arrancar, vi al de la bici en el suelo y me asusté tanto, que salí corriendo.
—Y dejó a cada niño en su casa y luego vino aquí —terminó el policía.
—Eso es —sentencié con las manos temblándome como un demonio.
—Señora, usted sabe que puede ir a la cárcel por esto, ¿verdad?
—Joe, mamá… —lloriqueó Miguel a mi lado.
—¡Tú te callas! —le repliqué para dirigirme al policía de nuevo—. Pero hombre, cárcel, cárcel… Que fue sin querer y no vi nada, y los chiquillos, y el idiota de atrás con prisas… ya sabe.
El policía miró a Miguel y noté cómo se metía en su cabeza con los ojos.
—¡Alicia! —llamó a una compañera suya— Llévate al chaval, que va a declarar como testigo.
—No, no, pero usted no puede llevarse a mi hijo. Que es menor y tiene que estar con un adulto.
Alicia cogía a mi hijo del brazo y me miraba negando con la cabeza.
—No invente, señora. El niño tiene que declarar.
—Pero que no lo hizo ella, ¡que conducía yo, hostia! —soltó Miguel de golpe.
La madre que lo parió. Qué a gusto me quedé. Y ¿qué iba a hacer yo? Si lo parí, le di de comer de mi teta, lo crie como pude durante diecisiete años. Y me viene a casa, descompuesto, después de robarme el coche, diciéndome que se ha llevado a uno por delante y no sabe qué hacer. ¿Qué iba a hacer yo?
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