domingo, 14 de junio de 2015

La Avenida

Imagen; http://newsdaytonabeach.com/ormond-beach-pd-stepping-up-crosswalk-safety-campaign/
Trataba de avanzar pero sentía como si el terreno estuviera embarrado. Sus piernas se clavaban en el suelo hasta las rodillas y notaba el vacío que hacía el lodazal cuando trataba de levantar una pierna para sacarla y avanzar. Cada paso era un suplicio y parecía mínimo. Aunó la visión del barrizal con la de estar soñando, tratando de escapar, de correr desesperadamente, pero quedándose en el mismo sitio siempre.

Suspiró con fuerza, intentando no frustrarse. El barro, barro es, y los sueños, sueños son. No hay nada que tú puedas hacer para cambiarlos. Sólo puedes adaptarte, seguir intentándolo a toda costa y evitar con todas tus fuerzas resignarte a la idea de que no vas a conseguirlo y el esfuerzo no merece la pena.

-Bueno, vamos a dejarlo aquí mejor. La semana que viene trabajaremos de nuevo en esto.- La psicóloga sonrió con benevolencia.

Sintió como si le concediera haberlo hecho tan rematadamente mal. No avanzaba. Ella lo sabía pero seguro que no se atrevía a decírselo. Se relajó al darle la primera calada al cigarro una vez en la calle. Quería dejarlo, pero todo a su tiempo. Estaba en el cruce de dos calles estrechas y, como de costumbre, caminó unos cien metros calle arriba para pasar por el paso de peatones. Miró varias veces a ambos lados, aunque la calle era de un solo sentido y sólo tenía un carril de circulación, y terminó cruzando cuando creyó que era el momento adecuado. Retrocedió calle abajo los mismos cien metros, para seguir por la calle que debía coger y giró a la derecha por otra callejuela para evitar la gran avenida.

Ésta se estrechaba unos trescientos metros más al norte hasta ser sólo de dos carriles. Se colocó en el semáforo tirando el cigarro al suelo y pisándolo. No pasaba ni un solo vehículo a esas horas. La gente no se detenía a esperar a que se pusiera en verde, simplemente echaban un vistazo y pasaban con seguridad. Observó a cada persona que lo hacía imaginándose haciendo lo mismo y le dio un escalofrío. Las imágenes del accidente le vinieron a la mente cuando una niña con mochila cruzó corriendo la calle y el corazón le dio un vuelco.

Sintió las palpitaciones golpeándole el pecho con fuerza, retumbando en sus sienes. Volvió a sentir el traqueteo del coche al pasar por encima del cuerpo tendido en la carretera. Los ecos de los gritos de los viandantes le torturaban. La sangre se abría camino por el asfalto muy lentamente y, de nuevo, le parecía avanzar sin moverse. Ya era tarde, ya estaba muerta. Por más que corriera, no iba a cambiar nada. Oyó una voz lejana y salió de su ensimismamiento dándose cuenta de que no estaba respirando.

-¿Me oye?- El adolescente que tenía delante parecía confuso.- ¿Se encuentra bien?

Respiraba con fuerza, tratando de recuperar el aliento y asintió varias veces.

-¿Seguro? ¿No quiere que llame a nadie?

-No, no… Tranquilo, estoy bien, gracias.- Pensó en esforzarse por sonreír, pero desistió y le hizo un gesto para que siguiera su camino. -No te preocupes. Muchas gracias, de verdad.

La chica que iba con él también estaba algo extrañada pero le asintió un poco, reafirmándose en su respuesta. Ambos siguieron caminando, cruzando la calle y  entonces se dio cuenta de que el semáforo estaba ya en verde. Se apresuró en pasar con rapidez mientras sacaba otro cigarro y tiró el paquete vacío, resignándose a no fumar más durante ese día.

Llegó a casa con el sudor empapando su frente. Se metió bajo la ducha y apoyó las manos en los azulejos, dejando que el agua le golpeara la cabeza. Cada vez se volvía más fría pero no hizo nada por regular la temperatura. Dejó que le enfriara el cuerpo, despejándole la mente y disolviendo la tensión de los músculos que acababa por producirle calambres por las noches. Mientras cocinaba una cena sencilla, pensó en los supuestos objetivos. Caminar durante más tiempo por la avenida sin que el tráfico le disparara el pulso, mirar a los lados de la calle menos veces, controlar el nerviosismo cuando la gente cruza la calle a su alrededor… Todo en vistas a caminar con normalidad por la ciudad, sin dar enormes rodeos que le hacían tardar cuatro veces más en llegar a los sitios. Pero si imaginaba el objetivo final, el vértigo le encogía el estómago.

Esa noche durmió mal, como todos los días en los que había tenido que salir a la calle. Al despertarse por la mañana, tomó la libreta de la mesita de noche y escribió lo que había soñado antes de que se le olvidara. Había leído por internet que había técnicas para tener sueños lúcidos de forma voluntaria y poder controlar lo que pasaba y, después de unos meses sufriendo los efectos de los somníferos, decidió dejar las pastillas e intentar hacer algunos ejercicios de los que había encontrado. Si conseguía relajarse y dormirse con más facilidad, ya sería un avance para su continuo estado de fatiga, pero si además se deshacía de las pesadillas, la calidad del descanso sería estupenda. Sin embargo, todo llevaba su tiempo y de momento, no había logrado grandes resultados.

Caminó hacia el salón con el café hecho del día anterior en la mano, entrando en la estancia con todas las persianas bajadas. «Debería abrirlas» Pensó mientras las miraba. No quería ver ni oír los coches de la calle. Las manos le sudaban mientras tiraba del cordel y las lamas se elevaron poco a poco. La calle estaba tranquila y respiró con algo de alivio. Puso la taza en el fregadero y abrió el grifo. No pasó nada.

Maldijo entre dientes abriendo y cerrando el grifo varias veces. Abrió cada grifo de la casa y no consiguió nada. Temió un corte de agua que después se confirmó en el comunicado del portal. Resopló al ver el papel y pensar que tenía que ir a la tienda a por agua. La compra online no era suficientemente rápida para esta ocasión. Tomó aire en profundidad y salió a la calle. Entrecerró los ojos cuando el sol le dio en la cara y miró varias veces a los lados. Caminó todo lo deprisa que pudo hasta la avenida, tratando de acabar con eso cuanto antes, y vislumbró el largo paso de peatones que llevaba directamente a la tienda.

Apretó los dientes con fuerza, cerrando los puños mientras se acercaba con cuidado al borde de la acera. Esperó paciente, delante del tráfico, mientras un sinfín de coches, motos, autobuses y camiones levantaban el aire bochornoso y sucio de la calle golpeándole en la cara. La silueta roja se apagó y el hombrecillo de luces verdes invitaba a pasar. Esperó a que todos los coches se detuvieran delante del paso antes de empezar a caminar con pasos temblorosos. La calle se ensanchaba, no se acababa nunca. Un chico pasó corriendo por su lado.

Siguió la trayectoria del chico y pudo ver por el rabillo del ojo el coche que se acercaba a toda velocidad. No estaba frenando. Seguía adelante. Acelerado, desbocado. El sonido del motor se hizo casi ensordecedor y no pudo más que correr.

Corrió más de lo que había corrido nunca. Alcanzó al chico que sólo parecía estar pendiente del autobús que estaba perdiendo. Se abalanzó hacia él cayendo ambos al suelo y los neumáticos del coche chirriaron a escasos centímetros de los dos, dando un giro brusco para evitar el embiste.

Todo estaba nublado. Apenas podía ver nada. Sólo oía amortiguadas las voces de la gente que empezaba a amontonarse a su alrededor y del chico, que tenía una expresión aterrorizada en el rostro. No había sangre. No había más gritos de gente atemorizada. Todos suspiraban aliviados.

2 comentarios:

  1. Muy chulo :)

    Ya sabes que escribiendo sobre trastornos mentales ya tienes mi atención ganada xDD

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