Mientras subía las escaleras de la boca de metro, se lamentó
por el tiempo perdido cepillándose el pelo, que ahora se agitaba con descaro
delante de su cara, animado por una ráfaga de aire helado. Maldijo para sí,
subiendo los últimos peldaños, intentando colocarse bien la melena que asomaba
por debajo del gorro de punto. Recorrió los alrededores de la parada con la
mirada, esperando que no hubiera llegado antes que ella. Vio a alguien que
parecía encajar con la descripción que Nuria le había dado y resopló sintiendo
el vuelco del estómago.
Maldijo el frío, los nervios, haber accedido a esa
estupidez, maldijo todo lo que le había llevado hasta ahí, pero pidió a algún
ente abstracto superior cualquiera que fuera él. Si era él, todo esto podía
salir hasta bien. Ignoró el nudo de la boca de su estómago y caminó con
decisión hacia el chico.
-Hola.- amplió una sonrisa y él la miró algo sorprendido.-
Disculpa, ¿Sergio?
-No, lo siento.
El nudo del estómago reclamó su atención dando un brinco. Lamentó
que no fuera él, se sintió aún más estúpida y todo esto acudió sin reparos a su
rostro tiñéndolo de rojo, por si no hubiese quedado bastante claro con el gesto
lastimero de su expresión. Él le sonrió encogiendo un hombro.
-No, no, disculpa tú.- dijo ella con una leve risa incómoda.
-Tú no eres Clara, tampoco, ¿verdad?
-No, me temo que no.- dijo negando un poco con la cabeza.
Tras un par de segundos en silencio, él le preguntó.
-¿Cita a ciegas?
-Sí… ¿Tanto se ha notado?
-No, es que yo también.- contestó él con cierta timidez, a
lo que los dos rieron con el mismo nerviosismo incómodo.
Miraron un poco a su alrededor, buscando a esa otra persona,
con el cuerpo algo encogido por el frío.
-¿Ha sido por chat?- preguntó ella, intentando disipar el
nerviosismo de la espera.
-Qué va. Lo típico. Una amiga de un amigo, ya sabes. ¿Y tú?
-Mira, pues igual que tú.- dijo alzando una ceja, extrañada
porque prevaleciera el estilo tradicional. –Quiero decir, no una amiga de un
amigo. Un amigo de una amiga. Vamos, que es un chico.- se corrigió de forma apresurada
y acabó tomando aire y dejándolo escapar en un resoplido. –Perdona, son los
nervios… No tendría que haberle dicho que sí a la loca de mi amiga.
Él rio para sí, negando un poco.
-No te preocupes, mujer. Te entiendo. Yo también tenía mis
reservas, la verdad.
-No sé la tuya, pero de momento, mi cita llega algo tarde,
así es que no empezamos muy bien.
-Sí, parece que la puntualidad no es algo a valorar cuando
un colega te busca pareja.
Se miraron el reloj y el móvil, comprobando que,
efectivamente, sus respectivos llegaban tarde. Observaron a la gente pasar
durante un rato, apoyados en el barrote de metal de la boca de metro, separados
por el hueco donde podría caber otra persona.
-¿Qué pinta se supone que tiene?- preguntó ella, distraída
mientras miraba pasar a la gente.
-Sólo sé que lleva un abrigo verde.- contestó él, no muy
contento con la escasa información. –¿El tuyo se parece a mí o algo?
-Bueno, sé que es moreno, con el pelo ondulado y la barba
corta… Se parece a ti y a veinte tíos que han pasado de largo, de momento.
Los dos rieron, recolocando la postura, notando el
entumecimiento de las rodillas.
-Tampoco ha sido muy inteligente quedar en la calle en pleno
invierno.- se lamentó ella, calentándose las manos con el aliento.
-Estas cosas son las que nos tendrían que haber advertido
nuestros amigos. “Quedad directamente en el bar. Va a llegar tarde”
-Empiezo a pensar que nuestros amigos nos aprecian lo justo.
Él asintió con pesar, varias veces.
-La verdad es que, si llegan y estamos aquí hablando, no van
a reparar en nosotros.- dijo ella pensativa, mirando hacia atrás.
-Si quieres… Bueno, podemos alejarnos un poco.- dijo él,
señalando hacia un lado vagamente, con la mano.
-No, no, para nada. Si a lo mejor nos viene hasta bien. Así podemos
verlos antes de que nos vean y analizamos la situación con algo de margen.
Él rio volviendo a meter la mano en el bolsillo del abrigo.
-La verdad es que a mí no me está viniendo mal hablar con
una desconocida. Se me han quitado un poco los nervios de enfrentarme a la
situación de no saber qué decir.
-No me has parecido nada nervioso en ningún momento.- lo
miró con media sonrisa. –Pero tienes razón, yo también estoy algo más
tranquila.
-Entonces me alegro. Tú sí parecías al borde del ataque.-
rieron con una carcajada desenfadada y ella no pudo más que asentir,
reconociendo el pecado.
-Bueno, pues ya que estamos, ¿a qué te dedicas?- preguntó
ella con la curiosidad aflorando en la mirada.
-Trabajo en una librería.
-Vaya, ¿y va bien el negocio?
-Pues no va mal… Suerte que mi jefa es una crack de la
informática. Ha puesto tienda online, también vende versiones digitales y ha
promocionado mucho a la librería por el barrio, y la verdad es que se ha
salvado por eso.
-Es una suerte, tal y como están las cosas…
-¿Y tú?- dijo él, mirándola con la misma curiosidad.
-Yo…- dudó un instante, antes de contestar con cierto
recelo. -Bueno, soy guardia de seguridad…- dijo, no muy convencida de que la
creyera.
Él se quedó mirándola con los ojos abiertos de par en par.
-Estás de coña…
-No, no, en serio.- rio entre dientes, con timidez. -Cuando
acabé el grado superior de administrativo, miré de meterme en la Policía.
Mientras me preparaba las pruebas físicas me puse a trabajar en el sector
privado y ya me quedé ahí… Con eso me valió.
-Joder… Nunca lo habría dicho.- murmuró él, entre admirado y
sorprendido.
-Ya. Suele pasar.- amplió una sonrisa resignada.
-¿Y dónde trabajas?
-Por las mañanas en una caja de ahorros y tres tardes a la
semana en un supermercado.
Él bajó las comisuras de la boca asintiendo, con el gesto
aun sorprendido.
-Y a ti, ¿cómo te dio por ser librero?
-Pues por gusto, la verdad. Me puse a trabajar en la
librería de una amiga de mi madre, mientras estudiaba filología inglesa, y ahí
sigo, ya habiendo acabado la carrera.
Ella sacó la mano del bolsillo para tirarle un poco de la
manga mientras apuntaba con la cabeza hacia delante.
-¿Es ese tu abrigo verde?
Una chica, con un llamativo abrigo verde lima, cruzaba la
calle hacia la parada de metro, corriendo mientras el semáforo se ponía en
rojo. Él se quedó mirándola con un gesto de contrariedad petrificado en su
rostro.
-Mierda… espero que no…- dijo mientras la seguía con la
mirada y comprobaba que, efectivamente, se quedaba parada delante de las
escaleras, mirando a su alrededor con nerviosismo.
Él bajó la cabeza con un resoplido, acercándose más a la
guardia de seguridad, como si eso fuera a salvarle. Ella dejó escapar una
carcajada entre dientes que rápidamente hizo esfuerzos por ahogar.
-Perdona.- dijo intentando no reírse. –No te va a comer,
hombre.
-Joder, pero es que no me pega ¡nada! El capullo de Nacho
parece que no me conozca desde hace diez años… ¿Cómo coño se le ha ocurrido que
podría gustarme alguien así?
-Bueno, bueno, que no cunda el pánico... ¿Qué vas a hacer?
-No lo sé.- no sabía cómo mirar a la chica del abrigo sin
revelar que era a él a quien buscaba con la mirada.- ¿Qué hago?... Llamo a mi amigo
y… Joder. Le digo que se me ha jodido la lavadora, que tengo la cocina llena de
agua y que no puedo ir a la cita.
-¿No tienes el teléfono de ella?
-Qué va. Ni he querido ver fotos suyas ni saber nada para no
hacerme una idea previa y llevarme un chasco después. No quería que me diera su
número, que saliera mal y tenerlo ahí… Vamos que prefiero que, si sale bien,
nos demos los teléfonos nosotros.
-Sí, yo pensé lo mismo. De todas formas, si llamas a tu
amigo, se va a oír el ruido del tráfico.
-Mierda… Es verdad. Se lo digo por WhatsApp.- decidió,
sacando el móvil.
Ella lo miró un momento, no muy convencida.
-Pero, hombre, ya que ha venido, no la dejes ahí. Habla con
ella.
Él dejó de escribir, levantando la mirada hacia ella,
reflexionando un instante. Le echó una ojeada rápida al abrigo verde, que
deambulaba algo nervioso por los alrededores.
-Ya… Tienes razón…- dijo, pensativo.
Tras un momento de duda, acabó hinchando el pecho y se
recolocó el abrigo.
-Va, voy a hablar con ella.
-Sí, mejor.- dijo ella, riendo un poco y dándole una palmada
en el brazo. –Suerte.
-Gracias.- le sonrió con nerviosismo y se aproximó a la
chica.
El nudo de su estómago volvió a bailar en su pecho. Los miró
a ambos hablando a unos metros, sin poder oír lo que decían. Volvió a mirar a
su alrededor, buscando que algún tipo se acercara a la parada de metro, con
pinta de llegar muy tarde, pero no vio a nadie. Se sorprendió cuando el librero
habló de nuevo, a su lado.
-Bueno, ya está.- dijo, con aire de haberse quitado parte de
un peso de encima, pero no del todo.
Lo miró sorprendida y buscó a la chica del abrigo verde con
la mirada.
-¿Cómo que ya está? ¿Dónde está tu cita?
Él negó antes de contestar.
-Se ha ido. Le he dicho que sentía haberle hecho venir, que
Nacho casi me obligó a quedar con ella, pero que yo no estaba buscando nada
ahora y no estoy en mi mejor momento para estas cosas ahora mismo.- lo dijo con
cierto lamento, sintiendo la incomodidad de la excusa.
-Joder.- lo miró sin poder evitar ponerse en el pellejo de
la chica. -¿Y cómo se lo ha tomado?
-Bueno, no creo que le haya hecho mucha gracia, pero ha sido
maja.
-Cuánta diplomacia...- dijo ella, algo sorprendida por el
tono sosegado que había resultado tomar la situación. –Si no te importa, me lo
voy a apuntar para cuando venga el mío. Si es que viene, un día de estos.
-Sí que tarda, sí.
Ella se encogió un poco dentro del abrigo, haciendo el
enésimo recorrido de los alrededores con la mirada, y empezó a sentirse mal
porque él estuviera ahí todavía. Así es que intentó darle pie a que se marchara
si quería.
-Bueno, pues siento que te haya salido mal la jugada. Suerte
para la próxima.
-Pues sí, ya hablaré con mi amigo para que afine el ojo.-
dijo, mirando a su alrededor. -¿Quieres que me quede para darte apoyo por si te
pasa lo mismo?
-No, hombre, no. No te preocupes. Me sabe mal que sigas aquí
aguantando el frío cuando ya no tienes por qué.
-No pasa nada, no tengo mucho más que hacer. Pero si quieres
que me vaya, me voy.
Lo miró un segundo, dubitativa.
-Mira, si no viene en cinco minutos, la que se va soy yo,
¿vale?
-Me parece un margen razonable.- dijo riendo y volviéndose a
apoyar de espaldas, en el medio muro de cemento de la boca de metro.
Se quedaron en silencio. No fue un silencio incómodo, simplemente
no dijeron nada durante un rato. Entonces, el solo de guitarra que sonó en el
móvil de ella, era de una de las canciones favoritas de él. Cuando lo reconoció,
amplió una sonrisa divertida, observándola mientras ella rebuscaba en su bolso.
-Dime, Nuria… Sí, claro. Desde hace ya rato... ¿Cómo?... –
alzó las cejas y rio con sarcasmo.- ¿En serio?... Venga, hombre, no me jodas…
No, no, da igual, si no es culpa tuya, mujer… Ya bueno, no pasa nada… Ah, no. De
eso nada. Paso de movidas. Bastante tengo ya con mis cosas como para aguantar
líos de otros… Que no, que no. Que paso… Venga, guapa, cuídate. Gracias, de
todas formas… Hasta luego.
Colgó con un resoplido de cabreo.
-¡Alucino! La gente es la hostia.
-¿Qué ha pasado?
-Pues que el señor no puede venir. Que resulta que se ha
presentado su ex en su casa, diciendo no sé qué de que quiere llevarse un
mueble, así es que no puede venir.
-Uf… Pues sí, suena a lío gordo.
-Madre mía, de la que me he librado. Un tío con problemas
con su ex es lo peor que le puede pasar a la confianza de una. Y más así,
empezando. Quita, quita. Casi mejor que ni aparezca.
Se guardó el móvil en el bolso de nuevo, negando con la
cabeza y murmurando maldiciones.
-Vaya mañana desastre que hemos tenido.- dijo él, ampliando
una sonrisa, intentando tranquilizarla.
-Pues sí. Un poco catastrófica sí que ha sido.- dijo ella,
acabando por reír. –En fin... Muchas gracias por quedarte. Bueno, y por el
rato.
-Gracias a ti también. Ha sido la espera más divertida que
he tenido.
-La verdad es que sí.- rio entre dientes, bajando la vista
con nerviosismo. -Bueno, pues… hasta luego.
-Sí… cuídate.
Los gestos fueron algo atropellados. Se miraron un segundo,
perdidos, sin saber muy bien si darse la mano, los dos besos de rigor, levantar
la mano a modo de despedida simple, o qué. Después de dos o tres ademanes
torpes de cada posibilidad, todo acabó con un par de cabeceos, unas sonrisas
amables, y se giraron para caminar en direcciones opuestas.
No llegó a dar un paso y se detuvo para girarse.
-Oye…- dijo ella, esperando a que se girara para
preguntarle. -No te apetecerá un café, ¿no?
Éste asintió riendo entre dientes.
-Pues sí. La verdad es que no me vendría mal.
-Me llamo Mireia, por cierto.
-Ah, sí. Yo Ernesto.
Se dieron los dos besos de rigor, como recién
conocidos que eran, y empezaron a caminar hacia la misma cafetería.
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