jueves, 31 de diciembre de 2015

Crucero de batalla (o un experimento sobre posibles batallas en el espacio sideral)

 Bueno, no suelo escribir historias donde la tecnología y las armas sean lo principal, pero para un proyecto de relato de ciencia ficción ambientado en su propio mundo, quería primero dejar un trasfondo claro de tecnología y armas (pues en el relato principal habrá ambas cosas). Así que eso, he creado este relato experimental de "pornografía tecnológico-armamentística" como base para hacer otro, espero, de mejor calidad.

Espero que os guste lo suficiente de tal manera que no me sonroje de vergüenza.

 Ahí va:

Crucero de batalla


La oscura silueta de la astronave cortaba el silencio del vacío como una navaja. Los motores de plegado y los aceleradores nucleares estaban apagados, sin embargo, la inercia y la gravedad movían el navío en órbita alrededor del gran sol rojo.

Estaban de caza.

* * *

La colonia del cuarto planeta del sistema venía denunciando ataques continuados desde hacía casi una semana estándar. Los ataques consistían en rápidos bombardeos y golpes de mano desde la órbita por parte de un navío no identificado. Las exiguas defensas del planeta fueron desmanteladas en los primeros ataques. Fue una suerte que pudieran enviar un mensaje de plegado al puesto militar más cercano antes de destruir sus puestos de comunicaciones.

Ante la amenaza, se envió un crucero de batalla de la Sociedad de Naciones Terrestres, el Acoma, con la misión de identificar y neutralizar a la astronave enemiga.

El crucero partió a toda velocidad, con un plegado completo que le permitió alcanzar el límite de la gigante roja en menos de cuatro días tras el aviso. Al llegar al límite del sistema, se redujo la sombra de masa del Acoma apagando los motores de plegado. También se apagaron los aceleradores de fusión nuclear para evitar enviar ondas detectables. Tardaron un día más en llegar a las cercanías del planeta. Utilizando sensores pasivos, no detectaron tecnología alguna creando emisiones, por lo que la tripulación supuso que la colonia había sido destruida en su mayor parte. Una vez el Acoma cazara a su presa se enviaría un navío de socorro Por ahora no podían prestar ayuda a la pequeña colonia. Si lanzaban naves de rescate, detectarían el crucero y, posiblemente, la nave enemiga huiría o les atacaría por sorpresa. El crucero de de batalla, además, no estaba diseñado para contener a miles de refugiados.

Aprovechando el impulso gravitatorio del planeta, los tripulantes del Acoma alcanzaron una órbita ventajosa alrededor de la estrella apenas utilizando sus motores, mediante el cálculo adecuado del impulso. Lanzaron varias sondas muertas (es decir, sin motores, para evitar su detección) por el raíl de lanzamiento electromagnético, que las colocó en órbita de tal manera que cubrieran todo el sistema.

Ahora sólo quedaba esperar antes de actuar.

* * *

Al no poder utilizar sensores activos, que descubrirían la posición de la Acoma, debían confiar en sensores pasivos que detectaran radiaciones emitidas por el enemigo, sombras de masa (si el adversario iniciaba un motor de plegado) y detectores de brillo con la estrella.

Si un objeto pasaba por delante de una estrella, esta bajaba su brillo, aún en proporciones ínfimas. Ése objeto podía ser un planeta, un asteroide... O una astronave enemiga.

El Acoma esperó durante cuatro días más hasta que una lectura del detector de brillo dio una lectura extraña. El ordenador tenía un programa que filtraba de manera bastante efectiva las posibles faltas de brillo de una estrella, para así diferenciar las causas naturales de las artificiales. El objeto que producía una falta de brillo daba un resultado de un 77% de probabilidad de ser artificial. Según los archivos de tráfico del crucero, no había ningún satélite registrado en esa órbita.

El capitán del Acoma tomó la decisión de salir del modo silencioso y fijar el posible blanco. Si era el objetivo, no tenía escapatoria. Si no lo era, lo perderían, pero era una lectura muy prometedora.

Se encendieron los sensores activos y en menos de diez minutos el Acoma tuvo confirmación del objetivo: se trataba de una fragata ligera de los rebeldes antarianos. Según la información de inteligencia de la nave, se trataba de la fragata Orgullo de Antares, responsable del ataque y saqueo de multitud de colonias en los últimos diez meses.

Al detectar las emisiones, el Orgullo intentó escabullirse aprovechando el empuje gravitatorio de la órbita, intentando interponer el Sol entre la fragata y el Tacoma.

El crucero de batalla debía actuar antes de que la fragata enemiga se escabulliera. Al estar a una UA de distancia, los láseres no iban a ser útiles, así que el capitán decidió enviar un obús autopropulsado dirigido de larga distancia (comúnmente llamado torpedo interorbital). El obús despegó desde el acelerador lineal central del Acoma para alcanzar la máxima velocidad posible sin que el proyectil tuviese que recurrir al combustible propio. Una vez lanzado, tardaría casi media hora en alcanzar el objetivo, con lo cual el crucero se puso en marcha: al igual que el Orgullo, aprovechó la gravedad de la estrella y conectó los aceleradores de fusión y el motor de plegado. Además lanzó cuatro drones de combate para que se adelantaran, ya que al no estar pilotados por humanos, podían alcanzar aceleraciones superiores y llegar antes que el Acoma.

El combate que siguió fue más una especie de silenciosa y eterna caza del gato y el ratón: el crucero trataba de atrapar y alcanzar a la fragata mientras ésta trataba de compensar su falta de aceleración usando las fuerzas físicas a su favor e intentando interceptar con sus láseres el obús y los cuatro drones que el Acoma le había lanzado.

Interceptar el obús no era tarea fácil: el obús portaba varios sistemas de defensa, como pequeñas cúpulas de láser para interceptar proyectiles sólidos, además de una superficie reflectante para lograr desviar la mayor parte de la energía fotónica de los láseres contrarios. Además, el material exterior del proyectil estaba diseñado para disipar el calor, con lo que el torpedo debía exponerse a un haz de láser mucho más tiempo del habitual hasta ser destruido. Eso sin contar con que el proyectil, una vez que detectaba los primeros haces de láser, comenzaba un baile de maniobras evasivas para evitar que los láseres del enemigo se mantuvieran mucho rato en el mismo punto, lo que sería su perdición.

Aún así, la fragata contaba con suficientes baterías de láser como para derribar con una alta probabilidad el torpedo. De ahí que se hubiesen lanzado los drones.

Los drones eran objetivos difíciles de acertar y bien armados con dos láseres de defensivos y un potente haz ofensivo. Su objetivo era destruir las cúpulas de láser y los lanzadores enemigos para que el torpedo pudiera alcanzar el objetivo. Así, mientras los drones distraían a las baterías enemigas, además éstos se encargaban de dejarlas fuera de combate, aumentando las probabilidades de que el torpedo alcance el objetivo que, en este caso, eran los motores de fusión y de plegado.

Así, los drones consiguieron destruir casi todas las defensas exteriores del Orgullo, aunque uno de ellos quedó fuera de combate por un certero haz que alcanzó el "cerebro" del robot espacial.

Instantes después, la ojiva del torpedo se abrió, dejando visibles cinco pequeños misiles con cargas de fusión ligeras. Los misiles salieron del torpedo a apenas un kilómetro de distancia impactando al instante en los aceleradores de fusión y los motores de plegado, destrozando toda la popa de la nave y parte del negruzco y brillante exterior, lanzando un destello visible desde millones de kilómetros de distancia.

El Orgullo, sin impulsión, pegó un "frenazo" al pasar al espacio real, aunque siguió la trayectoria debido a su inercia. Desesperadamente, la fragata intentó desplegar velas solares como sistema de impulsión de emergencia, pero fueron rápidamente desgarradas por los tres drones restantes.

El Tacoma, diez minutos después, consiguió alcanzar la fragata enemiga e igualó su velocidad, manteniéndose a un kilómetro de distancia. El capitán ya había ordenado a la infantería de marina que se preaparara para un abordaje. Podía haber rematado la nave en ése instante con un dardo del acelerador lineal, pero quería prisioneros.

El abordaje era una de las operaciones más peligrosas que se podían llevar a cabo entre dos naves de batalla. A menos que se consiguiera eliminar las defensas exteriores de la nave enemiga, el abordaje era poco menos que un suicidio. Luego, una vez las tropas entraran en la nave, debían eliminar las defensas una por una. Las naves de guerra diseñaban su interior para ser fortalezas. Cada pasillo y cada habitáculo era una defensa formidable. El objetivo era evitar que el enemigo intentara el abordaje, que éste fuera tan difícil que al final decidiera desistir o bien que las bajas causadas por el abordaje fueran tan cuantiosas que consiguiera una victoria pírrica. En todo caso, para la nave abordaba no había muchas esperanzas a menos que tuviese navíos aliados cerca, ya que no tenía escapatoria.

Para este abordaje, el capitán del Acoma se decidió por la clásica nave de asalto con una escolta de infantería pesada y drones a su alrededor. La nave de asalto, que portaba un pelotón de 30 infantes y 12 drones de combate de 0G, intentaría acoplarse a una zona de la nave que fuera ventajosa para el asalto, como el centro, aunque a veces se prefería una escotilla para entrar con mayor rapidez (sin embargo, solían estar mejor defendidas). Una vez acoplada, la nave tardaría unos 10 minutos en crear una abertura artificial por el que los infantes y los drones de combate pudieran entrar. En esos 10 minutos podían ocurrir muchas cosas. Esa es la razón de que la nave de abordaje estuviera escoltada por una escuadrón de infantería pesada.

La infantería pesada llevaba un exoesqueleto blindado con armas pesadas que permitía enfrentarse a casi cualquier enemigo, tanto en el espacio exterior, como en tierra (o incluso bajo el mar, a profundidades moderadas). Para abordajes, solían llevar el llamado lanzador de pies. Éste era un acelerador lineal tremendamente largo con un escudo blindado desplegable en la punta. En el espacio, ponían los pies sobre el escudo, de tal manera manera que atacaban al objetivo "cayendo de pie" mientras disparaban. Esto ofrecía menos silueta para acertar a la infantería pesada y aumentaba su blindaje. Una vez llegaban a la superficie de la nave enemiga, activaban las suelas magnéticas de su armadura, cogían el lanzador a la manera de un rifle y replegaban el escudo para aumentar su visibilidad, creando un perímetro de seguridad alrededor de la nave de abordaje y vigilando especialmente las escotillas enemigas, por donde pueden salir nuevos enemigos, además de ojo avizor a torretas ocultas que pueden aparecer de improviso de la nave enemiga. Las torretas ocultas eran la causa de baja más común en estas tropas en los abordajes, así que tenían mucho cuidado con ellas.

Tal y como se describió ocurrió la maniobra. La infantería pesada eliminó a unos cuantos infantes enemigos que habían creado fortificaciones de emergencia en la superficie de la nave enemiga y consiguió eliminar dos torretas ocultas, siempre manteniendo la formación con la nave de abordaje. Los tres drones siguieron patrullando la superficie del Orgullo, en busca de adversarios.

La nave de abordaje se acopló a la fragata y en diez minutos consiguió hacer un boquete. Antes de que entraran las tropas, se despejó la habitación con un emisor de microondas que achicharró todo ser vivio y circuito dentro de la habitación, además de disparar varias cargas de fragmentación por si acaso.

Primero entraron los drones rápidamente, flotando. Crearon un perímetro de seguridad por el que los infantes podrían entrar.

Como se esperaba, el capitán enemigo decidió cortar la gravedad artificial de la nave, si no había quedado destruida. Casi todos los abordajes se realizaban en gravedad cero porque para los seres humanos era más complicado luchar así. El interior de la nave estaba lleno de torretas y diseñado para desorientarse sin gravedad, con lo cual el invasor siempre tenía desventaja.

Aún así, era una desventaja superflua para la infantería de marina, que había sido entrenada y equipada para un combate en gravedad cero. Sus armaduras de asalto disponían de pequeños motores de maniobra y habían pasado cientos de horas de entrenamiento en "habitaciones de desorientación". Además, disponían de la ayuda de los drones, que se usaban en las situaciones más arriesgadas y como reconocimiento. Los soldados estaban armados con un lanzador múltiple de asalto, que era en esencia un acelerador lineal de combate con capacidad para lanzar multitud de proyectiles diferentes. En el casco disponían de un láser de corto alcance, que solía utilizarse para eliminar proyectiles que se aproximaran a la armadura, aunque con adversarios poco protegidos servía como arma. Algunos soldados llevaban emisores de microondas para limpiar habitaciones al estilo de los lanzallamas, pero con mucho menos peligro. Otros llevaban escudos de cuerpo entero para hacer de punta de lanza en habitaciones. Cada soldado también llevaban un expendedor de granadas de mano, probablemente el arma más útil en cuerpo a cuerpo. Finalmente, cada soldado llevaba una pistola aceleradora y una espada corta (con más aspecto de machete puntiagudo que otra cosa), por si las moscas. La espada corta acababa siendo usada más veces de lo que aparenta, ya que el interior de las naves es angosto y el cuerpo a cuerpo es una constante.

Una vez en la fragata enemiga, los infantes se dividieron en escuadras de cuatro, cada una de ellas con al menos un emisor de microondas, un escudo y dos drones.

El combate en el interior fue brutal. El objetivo era el puente de mando enemigo, que estaba en el centro exacto de la nave. Los combates se resolvían pasillo por pasillo, habitación por habitación, puerta estanca por puerta estanca. Los drones se destruían con rapidez, los camarotes estallaban en llamas brevemente con cada granada de fusión y los muertos flotaban en los pasillos. Tras media hora de intensos combates, se consiguió entrar en el puente de mando y se capturó a la oficialidad, que ordenó rendirse a toda la resistenciade la nave. La infantería de marina hubo de lamentar tres muertos y ocho heridos, mientras que la tripulación rebelde tuvo decenas de bajas.

Una vez los prisioneros fueron llevados a la nave y toda la información de inteligencia enemiga y equipo de interés fuera capturado, la nave fue abandonada.

La Acoma, entonces, disparó su acelerador lineal principal con un dardo de alta energía hacia el Orgullo de Antares y éste se desintegró en miles de fragmentos, que fueron precipitándose lentamente hacia el sol.

El capitán llamó a su base por medio de comunicación de plegado y puso rumbo a casa.

La tripulación se había ganado el sueldo.

domingo, 15 de noviembre de 2015

A Ciegas

Mientras subía las escaleras de la boca de metro, se lamentó por el tiempo perdido cepillándose el pelo, que ahora se agitaba con descaro delante de su cara, animado por una ráfaga de aire helado. Maldijo para sí, subiendo los últimos peldaños, intentando colocarse bien la melena que asomaba por debajo del gorro de punto. Recorrió los alrededores de la parada con la mirada, esperando que no hubiera llegado antes que ella. Vio a alguien que parecía encajar con la descripción que Nuria le había dado y resopló sintiendo el vuelco del estómago.

Maldijo el frío, los nervios, haber accedido a esa estupidez, maldijo todo lo que le había llevado hasta ahí, pero pidió a algún ente abstracto superior cualquiera que fuera él. Si era él, todo esto podía salir hasta bien. Ignoró el nudo de la boca de su estómago y caminó con decisión hacia el chico.

-Hola.- amplió una sonrisa y él la miró algo sorprendido.- Disculpa, ¿Sergio?

-No, lo siento.

El nudo del estómago reclamó su atención dando un brinco. Lamentó que no fuera él, se sintió aún más estúpida y todo esto acudió sin reparos a su rostro tiñéndolo de rojo, por si no hubiese quedado bastante claro con el gesto lastimero de su expresión. Él le sonrió encogiendo un hombro.

-No, no, disculpa tú.- dijo ella con una leve risa incómoda.

-Tú no eres Clara, tampoco, ¿verdad?

-No, me temo que no.- dijo negando un poco con la cabeza.

Tras un par de segundos en silencio, él le preguntó.

-¿Cita a ciegas?

-Sí… ¿Tanto se ha notado?

-No, es que yo también.- contestó él con cierta timidez, a lo que los dos rieron con el mismo nerviosismo incómodo.

Miraron un poco a su alrededor, buscando a esa otra persona, con el cuerpo algo encogido por el frío.

-¿Ha sido por chat?- preguntó ella, intentando disipar el nerviosismo de la espera.

-Qué va. Lo típico. Una amiga de un amigo, ya sabes. ¿Y tú?

-Mira, pues igual que tú.- dijo alzando una ceja, extrañada porque prevaleciera el estilo tradicional. –Quiero decir, no una amiga de un amigo. Un amigo de una amiga. Vamos, que es un chico.- se corrigió de forma apresurada y acabó tomando aire y dejándolo escapar en un resoplido. –Perdona, son los nervios… No tendría que haberle dicho que sí a la loca de mi amiga.

Él rio para sí, negando un poco.

-No te preocupes, mujer. Te entiendo. Yo también tenía mis reservas, la verdad.

-No sé la tuya, pero de momento, mi cita llega algo tarde, así es que no empezamos muy bien.

-Sí, parece que la puntualidad no es algo a valorar cuando un colega te busca pareja.

Se miraron el reloj y el móvil, comprobando que, efectivamente, sus respectivos llegaban tarde. Observaron a la gente pasar durante un rato, apoyados en el barrote de metal de la boca de metro, separados por el hueco donde podría caber otra persona.

-¿Qué pinta se supone que tiene?- preguntó ella, distraída mientras miraba pasar a la gente.

-Sólo sé que lleva un abrigo verde.- contestó él, no muy contento con la escasa información. –¿El tuyo se parece a mí o algo?

-Bueno, sé que es moreno, con el pelo ondulado y la barba corta… Se parece a ti y a veinte tíos que han pasado de largo, de momento.

Los dos rieron, recolocando la postura, notando el entumecimiento de las rodillas.

-Tampoco ha sido muy inteligente quedar en la calle en pleno invierno.- se lamentó ella, calentándose las manos con el aliento.

-Estas cosas son las que nos tendrían que haber advertido nuestros amigos. “Quedad directamente en el bar. Va a llegar tarde”

-Empiezo a pensar que nuestros amigos nos aprecian lo justo.

Él asintió con pesar, varias veces.

-La verdad es que, si llegan y estamos aquí hablando, no van a reparar en nosotros.- dijo ella pensativa, mirando hacia atrás.

-Si quieres… Bueno, podemos alejarnos un poco.- dijo él, señalando hacia un lado vagamente, con la mano.

-No, no, para nada. Si a lo mejor nos viene hasta bien. Así podemos verlos antes de que nos vean y analizamos la situación con algo de margen.

Él rio volviendo a meter la mano en el bolsillo del abrigo.

-La verdad es que a mí no me está viniendo mal hablar con una desconocida. Se me han quitado un poco los nervios de enfrentarme a la situación de no saber qué decir.

-No me has parecido nada nervioso en ningún momento.- lo miró con media sonrisa. –Pero tienes razón, yo también estoy algo más tranquila.

-Entonces me alegro. Tú sí parecías al borde del ataque.- rieron con una carcajada desenfadada y ella no pudo más que asentir, reconociendo el pecado.

-Bueno, pues ya que estamos, ¿a qué te dedicas?- preguntó ella con la curiosidad aflorando en la mirada.

-Trabajo en una librería.

-Vaya, ¿y va bien el negocio?

-Pues no va mal… Suerte que mi jefa es una crack de la informática. Ha puesto tienda online, también vende versiones digitales y ha promocionado mucho a la librería por el barrio, y la verdad es que se ha salvado por eso.

-Es una suerte, tal y como están las cosas…

-¿Y tú?- dijo él, mirándola con la misma curiosidad.

-Yo…- dudó un instante, antes de contestar con cierto recelo. -Bueno, soy guardia de seguridad…- dijo, no muy convencida de que la creyera.

Él se quedó mirándola con los ojos abiertos de par en par.

-Estás de coña…

-No, no, en serio.- rio entre dientes, con timidez. -Cuando acabé el grado superior de administrativo, miré de meterme en la Policía. Mientras me preparaba las pruebas físicas me puse a trabajar en el sector privado y ya me quedé ahí… Con eso me valió.

-Joder… Nunca lo habría dicho.- murmuró él, entre admirado y sorprendido.

-Ya. Suele pasar.- amplió una sonrisa resignada.

-¿Y dónde trabajas?

-Por las mañanas en una caja de ahorros y tres tardes a la semana en un supermercado.

Él bajó las comisuras de la boca asintiendo, con el gesto aun sorprendido.

-Y a ti, ¿cómo te dio por ser librero?

-Pues por gusto, la verdad. Me puse a trabajar en la librería de una amiga de mi madre, mientras estudiaba filología inglesa, y ahí sigo, ya habiendo acabado la carrera.

Ella sacó la mano del bolsillo para tirarle un poco de la manga mientras apuntaba con la cabeza hacia delante.

-¿Es ese tu abrigo verde?

Una chica, con un llamativo abrigo verde lima, cruzaba la calle hacia la parada de metro, corriendo mientras el semáforo se ponía en rojo. Él se quedó mirándola con un gesto de contrariedad petrificado en su rostro.

-Mierda… espero que no…- dijo mientras la seguía con la mirada y comprobaba que, efectivamente, se quedaba parada delante de las escaleras, mirando a su alrededor con nerviosismo.

Él bajó la cabeza con un resoplido, acercándose más a la guardia de seguridad, como si eso fuera a salvarle. Ella dejó escapar una carcajada entre dientes que rápidamente hizo esfuerzos por ahogar.

-Perdona.- dijo intentando no reírse. –No te va a comer, hombre.

-Joder, pero es que no me pega ¡nada! El capullo de Nacho parece que no me conozca desde hace diez años… ¿Cómo coño se le ha ocurrido que podría gustarme alguien así?

-Bueno, bueno, que no cunda el pánico... ¿Qué vas a hacer?

-No lo sé.- no sabía cómo mirar a la chica del abrigo sin revelar que era a él a quien buscaba con la mirada.- ¿Qué hago?... Llamo a mi amigo y… Joder. Le digo que se me ha jodido la lavadora, que tengo la cocina llena de agua y que no puedo ir a la cita.

-¿No tienes el teléfono de ella?

-Qué va. Ni he querido ver fotos suyas ni saber nada para no hacerme una idea previa y llevarme un chasco después. No quería que me diera su número, que saliera mal y tenerlo ahí… Vamos que prefiero que, si sale bien, nos demos los teléfonos nosotros.

-Sí, yo pensé lo mismo. De todas formas, si llamas a tu amigo, se va a oír el ruido del tráfico.

-Mierda… Es verdad. Se lo digo por WhatsApp.- decidió, sacando el móvil.

Ella lo miró un momento, no muy convencida.

-Pero, hombre, ya que ha venido, no la dejes ahí. Habla con ella.

Él dejó de escribir, levantando la mirada hacia ella, reflexionando un instante. Le echó una ojeada rápida al abrigo verde, que deambulaba algo nervioso por los alrededores.

-Ya… Tienes razón…- dijo, pensativo.

Tras un momento de duda, acabó hinchando el pecho y se recolocó el abrigo.

-Va, voy a hablar con ella.

-Sí, mejor.- dijo ella, riendo un poco y dándole una palmada en el brazo. –Suerte.

-Gracias.- le sonrió con nerviosismo y se aproximó a la chica.

El nudo de su estómago volvió a bailar en su pecho. Los miró a ambos hablando a unos metros, sin poder oír lo que decían. Volvió a mirar a su alrededor, buscando que algún tipo se acercara a la parada de metro, con pinta de llegar muy tarde, pero no vio a nadie. Se sorprendió cuando el librero habló de nuevo, a su lado.

-Bueno, ya está.- dijo, con aire de haberse quitado parte de un peso de encima, pero no del todo.

Lo miró sorprendida y buscó a la chica del abrigo verde con la mirada.

-¿Cómo que ya está? ¿Dónde está tu cita?

Él negó antes de contestar.

-Se ha ido. Le he dicho que sentía haberle hecho venir, que Nacho casi me obligó a quedar con ella, pero que yo no estaba buscando nada ahora y no estoy en mi mejor momento para estas cosas ahora mismo.- lo dijo con cierto lamento, sintiendo la incomodidad de la excusa.

-Joder.- lo miró sin poder evitar ponerse en el pellejo de la chica. -¿Y cómo se lo ha tomado?

-Bueno, no creo que le haya hecho mucha gracia, pero ha sido maja.

-Cuánta diplomacia...- dijo ella, algo sorprendida por el tono sosegado que había resultado tomar la situación. –Si no te importa, me lo voy a apuntar para cuando venga el mío. Si es que viene, un día de estos.

-Sí que tarda, sí.

Ella se encogió un poco dentro del abrigo, haciendo el enésimo recorrido de los alrededores con la mirada, y empezó a sentirse mal porque él estuviera ahí todavía. Así es que intentó darle pie a que se marchara si quería.

-Bueno, pues siento que te haya salido mal la jugada. Suerte para la próxima.

-Pues sí, ya hablaré con mi amigo para que afine el ojo.- dijo, mirando a su alrededor. -¿Quieres que me quede para darte apoyo por si te pasa lo mismo?

-No, hombre, no. No te preocupes. Me sabe mal que sigas aquí aguantando el frío cuando ya no tienes por qué.

-No pasa nada, no tengo mucho más que hacer. Pero si quieres que me vaya, me voy.

Lo miró un segundo, dubitativa.

-Mira, si no viene en cinco minutos, la que se va soy yo, ¿vale?

-Me parece un margen razonable.- dijo riendo y volviéndose a apoyar de espaldas, en el medio muro de cemento de la boca de metro.

Se quedaron en silencio. No fue un silencio incómodo, simplemente no dijeron nada durante un rato. Entonces, el solo de guitarra que sonó en el móvil de ella, era de una de las canciones favoritas de él. Cuando lo reconoció, amplió una sonrisa divertida, observándola mientras ella rebuscaba en su bolso.

-Dime, Nuria… Sí, claro. Desde hace ya rato... ¿Cómo?... – alzó las cejas y rio con sarcasmo.- ¿En serio?... Venga, hombre, no me jodas… No, no, da igual, si no es culpa tuya, mujer… Ya bueno, no pasa nada… Ah, no. De eso nada. Paso de movidas. Bastante tengo ya con mis cosas como para aguantar líos de otros… Que no, que no. Que paso… Venga, guapa, cuídate. Gracias, de todas formas… Hasta luego.

Colgó con un resoplido de cabreo.

-¡Alucino! La gente es la hostia.

-¿Qué ha pasado?

-Pues que el señor no puede venir. Que resulta que se ha presentado su ex en su casa, diciendo no sé qué de que quiere llevarse un mueble, así es que no puede venir.

-Uf… Pues sí, suena a lío gordo.

-Madre mía, de la que me he librado. Un tío con problemas con su ex es lo peor que le puede pasar a la confianza de una. Y más así, empezando. Quita, quita. Casi mejor que ni aparezca.

Se guardó el móvil en el bolso de nuevo, negando con la cabeza y murmurando maldiciones.

-Vaya mañana desastre que hemos tenido.- dijo él, ampliando una sonrisa, intentando tranquilizarla.

-Pues sí. Un poco catastrófica sí que ha sido.- dijo ella, acabando por reír. –En fin... Muchas gracias por quedarte. Bueno, y por el rato.

-Gracias a ti también. Ha sido la espera más divertida que he tenido.

-La verdad es que sí.- rio entre dientes, bajando la vista con nerviosismo. -Bueno, pues… hasta luego.

-Sí… cuídate.

Los gestos fueron algo atropellados. Se miraron un segundo, perdidos, sin saber muy bien si darse la mano, los dos besos de rigor, levantar la mano a modo de despedida simple, o qué. Después de dos o tres ademanes torpes de cada posibilidad, todo acabó con un par de cabeceos, unas sonrisas amables, y se giraron para caminar en direcciones opuestas.

No llegó a dar un paso y se detuvo para girarse.

-Oye…- dijo ella, esperando a que se girara para preguntarle. -No te apetecerá un café, ¿no?

Éste asintió riendo entre dientes.

-Pues sí. La verdad es que no me vendría mal.

-Me llamo Mireia, por cierto.

-Ah, sí. Yo Ernesto.

Se dieron los dos besos de rigor, como recién conocidos que eran, y empezaron a caminar hacia la misma cafetería.

martes, 11 de agosto de 2015

Reencuentro

Una ráfaga de aire helado se coló por el interior de la capucha de terciopelo forrada con piel de marta blanca que le cubría la cabeza. Se arrebujó en la capa con la compañía del sonido de sus tacones, dirigiéndose hacia la callejuela que la alejaba de los muelles, rodeada por ese olor a humedad salada que adoraba y la hacía sentirse en casa. El mercenario apostado en la esquina del callejón siguió sus pasos con la mirada sin mover un músculo, con las manos apoyadas cómodamente sobre las empuñaduras de las armas bajo la capa. Las luces y sombras de la antorcha colgada de la pared del edificio desdibujaban caprichosamente su figura y si la semielfa no hubiera sabido que estaba allí, probablemente no lo habría visto. La penumbra que tapaba su rostro se disipó un instante cuando levantó la vista hacia él y sus labios dibujaron una sonrisa dulce que el carmín hizo destacar sobre su piel pálida. El hombre le hizo eco a sus labios, ladeando la suya propia aun sin moverse y la dejó pasar, atento al taconeo que se alejaba con pasos decididos pero sin prisa.

Las calles empezaron a ensancharse a la par que se adentraba en la zona más enriquecida de la ciudad. Los setos desprendían sus sedosos olores y el relente de la noche los transportaba con mimo, anunciando su delicadeza y lo exquisito del lugar. Rebuscó entre los bolsillos interiores de la capa y sacó la pesada llave de hierro pero, al mirar hacia delante de nuevo, detuvo sus pasos en seco. Estudió la figura de la otra mujer que le era terriblemente familiar. El pelo ondulado recogido en una coleta algo ladeada y descuidada, que despuntaba reflejos castaños, la capa de tela gruesa que no debía abrigar demasiado, el tintineo del metal amortiguado conforme la chica iba caminando, recorriendo la puerta de un lado a otro, como una fiera que, irónicamente, quiere entrar en su jaula y no puede. Tomó aire en profundidad, apretó las mandíbulas y empezó a caminar hacia ella tragando saliva.

La vio acercarse. El tintineo se detuvo con sus pasos y se quedó petrificada mientras los tacones de Adhara se acercaban. La semielfa se quitó la capucha, alisándose los pocos cabellos que habían podido despeinarse, y se retiró un mechón cobrizo del rostro, colocándolo con un gesto elegante detrás de la oreja puntiaguda. Sonrió a la chica con una mezcla de ternura y tristeza mientras ésta le clavaba los ojos color miel como hierros candentes, deseando realmente que le quemaran hasta hacerla gritar.

-Dioses, Reggi. Qué alegría verte. ¡Cuánto tiempo!- Amplió la sonrisa dejando escapar una leve risa de alivio al verla. Abrió los brazos para acogerla entre ellos pero la mujer dio un paso atrás, rígida y frunciendo el ceño.

-Tres años.- Contestó Reggina con la voz temblorosa. –Y dos meses…- Añadió apartando la mirada de ella con una mueca de dolor. Ese dolor que oprime el corazón y aprieta la garganta hasta quebrarte la voz.

Adhara asintió un poco y la observó con pesar.

-Anda, entra… Hace un frío horrible, cielo.

Abrió la verja, que rechinó con un lamento, y ambas recorrieron el pequeño camino de piedras planas bordeado de rosales. Cruzaron el jardín y la puerta principal del edificio se abrió despacio. El palacete de piedra gris claro tenía dos alturas y se extendía hacia la derecha majestuoso, con grandes ventanales que daban al jardín, cubiertos por gruesas cortinas bordadas en el interior. Reggina observó el lugar con la ira reflejada en el rostro, imaginando lo espléndido que debía ser todo aquello con la luz del sol. Se permitió la leve satisfacción de pensar que el sol no salía mucho por esas tierras. La sirvienta que había abierto la puerta recogió la capa de la semielfa y le pidió la suya a Reggina, que se quedó mirándola con aspecto ofendido, pero terminó por quitársela y se la entregó, dejándola caer sobre sus manos con un gesto brusco. Adhara suspiró resignada y disculpó el gesto de la chica con un leve asentimiento al ver la perplejidad reflejada en la expresión de la sirvienta.
-Dile a Evelin que nos sirva un poco de ron en la salita azul- Adhara le habló con dulzura mientras se quitaba los guantes.

-Pero… Madame…- La sirvienta la miró con los ojos abiertos de par en par cuando Reggina, agarrándose el faldón y dejando que las monedillas del pañuelo atado a su cadera resonaran con gracia, empezó a subir las escaleras con prisa.

Adhara negó un poco y sonrió a la sirvienta, indicándole que todo estaba bien, y ésta se retiró a hacer lo que se le había pedido.

-Reggi, cariño… ¿Buscas algo?

-Vives en un puto palacio, zorra.- Su voz resonó entre las paredes de mármol, que suavizaron el látigo de su tono.

-Bueno… No me quejo. No me ha ido del todo mal.

Adhara oyó el eco del refunfuño de la mujer, que bajaba de nuevo y buscaba un pasillo por el que meterse. Mientras dejaba que curioseara, abriendo puertas, cajones y armarios, se recolocó el corpiño verde oscuro de terciopelo, alisándose la falda con tranquilidad. No se molestó en seguirla, podía oír su tintineo y sus murmullos enfadados por las habitaciones. Caminó por los pasillos, entrando a la salita azul y dejando las puertas abiertas. Las paredes estaban revestidas de seda de un azul pastel con flores brocadas que la luz de los candelabros no hacía justicia. Evelin estaba allí sirviendo el ron y sonrió a la semielfa con alegría. Le dio las buenas noches y Adhara le apoyó una mano en el hombro dándole las gracias para que se retirara.

Reggina irrumpió en la salita, a punto de chocarse con Evelin en la puerta.

-¿Cuántas sirvientas tienes?- Dijo mirándola con reproche.

-Varias.- Contestó sin más, intentando mantener la sonrisa amable, haciendo acopio de paciencia. –Por favor, siéntate. Ponte cómoda.

Con un resoplido, la mujer se acercó a una de los butacones y se dejó caer con el canto de su ropa, elevando una ráfaga de aroma a romero a su alrededor.

-La última vez que te vi, vivías por los muelles, en un cuartucho de una posada asquerosa, porque las cuatro maderas bajo las que vivías se habían caído con la última tormenta.

Adhara amplió media sonrisa melancólica, asintiendo. Se acomodó en la silla de al lado, cogiendo su vasito de ron y mirándolo pensativa. No supo el tiempo que se quedaron las dos en silencio pero finalmente levantó la mirada hacia la chica. La mejilla de piel morena estaba surcada por una discreta lágrima. No sollozó ni emitió sonido alguno. La semielfa sacó un pañuelo de su manga y se lo ofreció a la chica, que lo cogió y se secó esa única lágrima, devolviéndoselo sin mirarla.

-Le quería…- Susurró con los ojos fijos en el vaso.

-Lo sé, cielo. Pero era un cerdo.- La semielfa encogió un hombro y Reggina lanzó la vista hacia ella con rabia.

-Eso ya lo sabía. No hacía falta que me salvaras, gracias.- Espetó las palabras cargadas de desprecio.

Reggina conocía bien a esa semielfa. Seguramente fuera la persona que mejor la conocía en el mundo, cosa que no dejaba de inquietar a Adhara. Era un poder que había permitido tener a muy pocos, y a ella se lo concedió casi sin darse cuenta. Compartieron los momentos difíciles que te hacen necesitar a alguien a tu lado, ese hermanamiento lleno de confidencias, confesiones, secretos, anhelos y sueños de momentos mejores que quieres gritar al mundo. Reggina la observaba con la admiración de una hermana pequeña por esos entonces, creciendo a su lado y haciéndose una mujer. Fue entonces cuando descubrió que no eran iguales. Adhara era toda sonrisas para todo el mundo, encantadora, dulce e inteligente, con todo el peligro que ello conllevaba cuando se combina con una conciencia distraída. Conseguía lo que deseaba sin darse apenas cuenta de lo sencillo que le resultaba muchas veces. No era consciente del dolor que podía causar a la gente, no prestaba demasiada atención a las consecuencias y se centraba más en sus objetivos que en lo que pasaba alrededor de sus logros. Al principio, Reggina le apuntaba varias de esas consecuencias. La tía de Robert ha tenido que irse de la ciudad después de lo que dijiste en el mercado y él se hace cargo de sus dos hijas ahora. ¿De verdad no lo pensaste? Adhara se la quedaba mirando sorprendida y negaba un poco, bajando la mirada. No… La verdad es que no, contestaba algo confusa. Pero enseguida encontraba un argumento que compensara el mal causado. Robert y su mujer llevan años queriendo tener niños, cielo, al menos ahora pueden ser una familia feliz. Reggina entonces lo veía. Maldita sea, tiene razón. Míralos a los cuatro jugando con el agua de la fuente. Las niñas ríen, tienen padres que las quieren y son felices, joder. Con el tiempo, su sensatez fue acallando los argumentos que le valían a la semielfa, pero el amor que le tenía a su hermana por elección propia, le hacía disculparla y sólo veía una inocencia irresponsable en ella.

El amor de hermana pequeña se transformó en un amor protector. Le daba miedo que esa irresponsabilidad se tornara en su contra y acabara dañándola, cosa que sería de lo más natural, a su entender. La defendía, la ayudaba, incluso trataba de desenredar los entuertos de la semielfa, prestando ayuda a los perjudicados. Adhara estaba encantada con el papel que ella desempeñaba, suavizaba el terreno, se evitaba conflictos y adoraba que esa hermanita pequeña, a la que por supuesto quería tanto como Reggina la quería a ella misma, estuviera siempre cerca. Muchas veces se dejaba guiar por ella, al menos en parte, contagiándose de la sabiduría de sus consejos. Las cosas solían ser más difíciles cuando las hacía al estilo de Reggina y también implicaban algunos sacrificios molestos, pero esa carita morena de felicidad y alivio cuando Adhara le hacía caso, no tenía precio.

-No sé cómo no me di cuenta. Qué ciega estaba…- Reggina negó con resignación y le dio un sorbo al ron. El maldito ron era de los buenos, cómo no.

-Yo no quise hacerte daño, Reggi.- Su voz no sonó arrepentida ni afectada. Lo dijo con suavidad y con certeza.

-He oído esa frase demasiadas veces, Adhara. Hace tiempo que perdió su sentido.

Y en efecto, Adhara había pronunciado esa frase muchas veces delante de ella. Lo decía completamente en serio y nunca había podido ser más cierto que ahora. Se lo había dicho a muchas de sus amigas comunes. Los rasgos finos y élficos de la mujer no pasaban desapercibidos y ella se dejaba mirar, admirar y todo lo demás. Si me empieza a hacer caso a mí, es que no debe quererla tanto. Ella se merece algo mejor, alguien que no vaya piropeando a la primera semielfa que se le cruza en el camino. Y conforme los piropos se complicaban con conversaciones a media tarde en el muelle, paseos por el bosque y lo siguiente, en el fondo les estaba haciendo un favor. Te cuento esto porque soy tu amiga, te quiero y no quiero hacerte daño. Confesaba su pecado con el amado de la susodicha y los lloros salían de dentro con la amargura de la pobre chica. De lo que te has librado, cariño. Vincent se moría de celos cada vez que os veía juntos y ese sí que es un buen chico. A lo mejor deberías hablar con él.

Por eso, cuando Reggina descubrió al hombre que amaba dedicar una mirada furtiva a Adhara, el corazón le dio un vuelco. No será capaz, se dijo. No a su Reggi. Habló con ella, le hizo jurar y perjurar que no le dedicaría ni un ápice de su atención a ese hombre que era suyo. Adhara la había tranquilizado, con palabras dulces, con caricias y con abrazos. Ni lo miraría, ni le hablaría ni nada de nada. Por desgracia, efectivamente, él era un cerdo. Se escabullía, la seguía hasta que se quedaba sola y lo peor es que era elocuente, inteligente, ácido, le arrancaba una risa sincera con descaro cuando ella menos lo esperaba. Era un cerdo y maldijo a ese cerdo por hacer que lo deseara tanto. Y como con tantos otros, compartieron susurros, jadeos y placer unas cuantas veces hasta que los dos se cansaron. Sin dramas, sin echarse más de menos ni nada significativo. Únicamente, que había perdido una hermana, y lo supo antes de contárselo. Su Reggi no la perdonaría esta vez, pero se había estado haciendo a la idea desde hacía ya tiempo.

La luz trémula de los candelabros hacía que los reflejos dorados del ron jugaran sobre la tela gruesa y desgastada color crema del corpiño de Reggina. Los ojos verdes de Adhara la observaban con tranquilidad, dándole tiempo, no queriendo perturbar sus silencios. Finalmente, Reggina levantó la mirada a los ojos verde oscuros de la semielfa.

-No tengo donde ir. Acabo de llegar a la ciudad con una caravana. No estaba dispuesta a pagarles lo que me pidieron por darme alojamiento en el carro…

La sombra que cruzó el rostro de la mujer hizo saber a Adhara que no era ningún metal lo que le habían pedido.

-Estás en tu casa, cariño.


lunes, 13 de julio de 2015

La infancia infinita

 (Publicado originalmente en el nosequé mensual)

Tenía hambre y no se podía mover. Estaba malita y no podía andar bien sola. Si no ya habría ido a la alacena y habría cogido algo. Aún así tenía que tener cuidado. Su hermano podía pillarla y era un chivato. A su madre no le gustaba que cogiera cosas de la alacena cuando aún no era la hora de comer.

Era un aburrimiento de casa. Era tan aburrida, que se pasaba casi todo el tiempo durmiendo, ya que no se podía levantar. Tenía ganas de jugar, pero todos los niños estaban en la calle. Ninguno quería estar con una niña que no puede correr.

"Espera, ¿seguro que no puedo correr?", pensaba. No recordaba que su madre le dijera que no se levantara. De hecho, no sabía por qué estaba echada. Quería salir afuera, a jugar con sus hermanos y los demás niños del pueblo.

Intentó levantarse. Le sorprendió que le costara tanto. No era normal. Pasaba algo raro.

-¡Mamá!-gritó-¡Mamá!

Apareció de repente una persona que no conocía. Era una mujer, no mayor de treinta y cinco años de edad.

-Vamos, vuelve a la cama y estate quieta. -Dijo la misteriosa mujer- ¿Quieres que te ponga la tele?

Empezó a tener miedo. No conocía a esa mujer. ¿Qué hacía en su casa?

-¿Dondé está mi mamá? ¡Quiero a mi mamá!-chilló sin poder contenerse del miedo.

-Ya sabes que lleva años muerta, mamá. No empieces como ayer. -replicó la misteriosa mujer- Los vecinos se van a acabar creyendo que te hacemos algo.

Se vio las manos. Vio que estaban arrugadas y manchadas. Todo su cuerpo. Su madre estaba muerta. Ahora recordaba. Y sus hermanos. Y sus amigos. Ella era vieja. Y la misteriosa mujer era su hija.

Tuvo ganas de llorar.

-¡Déjame dormir!- dijo sólamente, volviendo la cabeza hacia la almohada para que no la vieran llorar.

-¿No quieres compañía, mamá? -dijo su hija- Llevas mucho tiempo encerrada...

-No. Déjame en paz.

-Vaya humor, mamá. Leches. Sólo quiero ayudar. -Dijo poniendo cara de haberse molestado.- De acuerdo, me voy. Llámame si quieres algo.

Ella, siendo anciana, lloró un poco y luego se durmió. Durmió con ganas porque sabía que al despertar sería una niña de nuevo.